La barrera

Rollos RotosCésar Garza

La barrera

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Escrito por César Garza 10 de julio de 2020
Quintana Roo, Sargazo, Rollos Rotos

“Un suave corazón, una premonición, dibujan llagas en las manos” de Corazón Delator

Ricardo Cerati

 

Para Mr. M.

   El Sargazo en el Caribe mexicano existe, es cierto, su arribo se ha incrementado los últimos años, también es cierto, todo parece indicar que el impacto de las actividades del hombre ha provocado que el fenómeno de la macroalga siga creciendo.

   Las noticias sobre el tema casi siempre son escandalosas, es lo que vende, lo que atrae a las personas, por lo mismo, cuando del Sargazo en nuestras costas se habla, de inmediato surgen las fotografías más dramáticas del tema, ¨Un mar de sargazo arriba a las playas mexicanas¨ dicen los titulares y las fotografías que los acompañan son las que mejor reflejen esa nota, lo que no dicen, es que muchas de nuestras playas son, a pesar de esa circunstancia, increíblemente hermosas porque las personas, los ciudadanos, las limpiamos.

   El gobierno federal declaró que el Sargazo no era un problema, y tienen razón, en su realidad, cuando el alga se pudre, su pestilencia no llega a los aposentos del Palacio Nacional.

   Vengo de una reunión con el comité que se supone coordinará las medidas preventivas, representantes de la Secretaría de Marina llevan la reunión, las soluciones que exponen se quedan ridículamente cortas, da tristeza ver como se minimizan los problemas, ello conlleva a soluciones pobres para un pobre pueblo.

   Nos juntamos nosotros, si, los hoteleros y restauranteros, vamos a poner nuestras barreras, haremos lo necesario para limpiar nuestras playas, para asegurar nuestro sustento, ese que se ha visto afectado entre otras cosas por el COVID y que ha parado la actividad económica, necesitamos que vengan turistas. Decidimos hacer el trabajo nosotros, como siempre lo hemos hecho, juntamos dinero para comprar cuerda y tela mosquitera, armamos los equipos, se suman meseros, masajistas, garroteros, aunque las aguas son poco profundas, necesitamos que los voluntarios sepan nadar, hay algunos tramos que así lo exigen. Yo me anoto, comenzamos mañana temprano.

   Son las seis y media, apenas amanece, los muchachos están listos, algunos acarrean palos, otros los entierran en la arena, a ti te toca buscar amarrar con la soga la tela mosquitera, hay que hacerlo de manera que sobresalga unos treinta centímetros del nivel del agua, se hacen cuatro o cinco amarres por cada palo de manera que tres o cuatro necesariamente están debajo del agua, de vez en vez ajustas tu máscara, el snorkel te facilita la actividad, ya llevas tres o cuatro horas trabajando, estás cansado, tus manos desde hace rato tomaron la textura que tienen las de los hombres sabios.

   El sol es fuerte en esta época del año, el agua está tibia, eso la hace adorable, sobre todo para los europeos, estás trabajando en modo automático, te has topado con pequeños peces y cangrejos toda la jornada, también sientes las algas que te rodean, en ocasiones tocan tu espalda o cuello, tu nuca está lastimada por el sol, ni el paliacate ni el bloqueador son suficientes, son muchas horas, te encuentras haciendo un amarre en la parte inferior del poste, practicas tus ejercicios de apnea para optimizar el trabajo, concentrado. Ya mero acaban, es el último nudo, sientes un cosquilleo en uno de tus oídos, es tiempo de salir.

   Llegas a casa, traes una molestia en el oído, supones te entró agua, inclinas la cabeza hacia un lado mientras con la palma das algunos golpecitos en el parietal esperando que la fuerza de gravedad haga lo suyo, no funciona; eso ya te había pasado otra ocasión, en esta, la sensación es diferente, ahora no sientes tanto la sordera, son como pequeños ruiditos que solo tú escuchas, como aquel Corazón Delator de Edgar Allan Poe, es desquiciante, sientes cómo si algo subiera y bajara por todo tu canal auditivo hasta llegar a la cavidad timpánica, te comienza a invadir una malsana ansiedad, buscas el alcohol, te recuestas de lado y viertes un poco en el oído lastimado, esperas, sientes que algo se mueve, dentro de ti, busca la superficie como si quisiera escapar, si, está trepando, está vivo, quemándose, quiere salir, por fin lo hace, te sientes aliviado mientras un pequeño cangrejo baja por tus hombros, huyendo.

Quintana Roo, Sargazo, Rollos Rotos, 469 lecturas.

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