Madonnari

Rollos RotosCésar Garza

Madonnari

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Escrito por César Garza 20 de abril de 2018
Rollos Rotos, Arte efímero, Madonnari, The mirror
Madonnari

“Nada puede existir para siempre.”

Stephen Hawking

   Te llega la convocatoria del Instituto de Cultura del Estado de Durango, este año el Madonnari consistirá en replicar obras realizadas dentro del período comprendido entre el Romanticismo y el Impresionismo, serán trabajos de 2 por 2 metros a realizarse en un par de días, consultas algunos textos y bajas de Google la imagen de “The mirror” que pintó el inglés Frank Bernard Dicksee en 1826; para cumplir con la consigna te ves obligada a recortar la parte izquierda de la obra ya que el espejo de la derecha es fundamental; desde niña te entusiasma pintar, en cualquier superficie, lo has hecho en papel, en tela, en objetos, en muros y pisos, cualquier soporte, cualquier excusa es buena, también has pintado la piel de tu amante.

   El Madonnari es una técnica donde se realizan pinturas sobre el piso utilizando gises para ello, tiene sus orígenes en la Italia del siglo XVI, donde los guerreros, cuentan algunas versiones, en agradecimiento, al regresar de la batalla, pintaban vírgenes o “madonnas” en el suelo.

   Por fortuna, la técnica ha sobrevivido algunos siglos, digamos que es en los últimos tiempos, donde el vivir parece tener prisa, lo que se conjuga con el rompimiento de la idea de realizar obras que perduren en el tiempo como instrumento de trascendencia del ser, ahora, el arte efímero se manifiesta con gran fuerza en el arte urbano, el compromiso del artista de crear por el solo placer de crear, le da a esta tendencia digamos, una pureza de principios.

   Imprimes tu imagen, trazas líneas equidistantes tanto verticales como horizontales, calculas la separación que deberán tener las mismas en el espacio real el día del evento, preparas la ropa que llevarás, un cojín, reglas, hilo, gises, bloqueador solar, un sombrero.

   Durango, hermosa ciudad, te diriges al evento, es en un espacio amplio que será intervenido por alrededor de 50 artistas, se comparte una vibra muy positiva entre los presentes, todas y todos, son amantes del arte en general y de esta técnica en particular.

   La calle tiene una ligera pendiente, los espacios ya están asignados, a ti te tocó el número 18 de tal forma que te pones a trabajar. Comienzas por tender los hilos que emularán la cuadrícula que delimitará el espacio y te facilitará la réplica de esa mujer que se mira en el espejo, que nunca imaginó que el trabajo de Dicksee la inmortalizaría y que tú, como seguramente otros, la seguirían replicando muchos años después; comienzas a realizar los primeros trazos, a dibujar emulando la composición, la cuadrícula cumple su función, lo haces en modo automático, la cabeza, el brazo, la mano sosteniendo el espejo, el vitral, el vestido y una especie de manta que encuadra la obra en su parte inferior.

   Seleccionas los colores, comienzas a aplicarlos, la rugosidad de la superficie dificulta cubrir el negro asfalto, te ayudas de tu palma y tus dedos para esparcir mejor los trozos de gis que van quedando. El sol está fuerte, eventualmente aparece una que otra nube dando un respiro a todos, pero es solo eso, un respiro, a pesar del sombrero sientes tu cabeza y tu nuca calientes, el ardiente asfalto también dificulta el trabajo. A las tres de la tarde es casi imposible seguir, tu cojín por suerte es bastante grueso y te permite apoyar tus rodillas cómodamente. Decides dar por terminada la jornada, no te das cuenta de lo cansada que te encuentras hasta que intentas ponerte de pie, tu mano izquierda, que estuvo soportando tu peso mientras estaban inclinada pintando, te duele en su palma, el borde del meñique y su músculo aductor,  abres y cierras sintiendo un hormigueo un tanto incómodo, cubres el trabajo con un plástico mientras piensas regresar lo más temprano posible al día siguiente, para evitar el calor.

   Amanece, desayunas y te diriges a continuar tu trabajo, ayer fondeaste y hoy te toca trabajar los volúmenes, vas por partes, cuando trabajas el rostro, la rugosidad de la superficie no favorece a la réplica, por esta particularidad la mujer del espejo, en tu versión, se percibe necesariamente de una mayor edad.

   Por fortuna está nublado, trabajas cinco horas sin apenas darte cuenta, disfrutándolas, terminas, sonríes, cansada pero satisfecha, acomodas tu cojín y te sientas encima con una botella de agua, sabes que tu trabajo desaparecerá en uno o dos días, cuando abran la calle y comiencen a circular los autos, percibes algunas gotas de lluvia, sonríes, tal vez no serán los autos quienes finalmente reclamen las obras, muchos corren buscando plásticos para cubrir los espacios intervenidos, lo que comenzó con unas ligeras gotas se convierte en un torrencial aguacero, tu permaneces sentada, te quitas el sombrero y sientes el agua sobre tu rostro, recuerdas la escena de aquella película “Instinct” donde Anthony Hopkins frente a un gorila simplemente decide disfrutar la lluvia, como ahora tú, la pendiente de la calle forma una especie de familia de arroyos, el agua limpia el asfalto incluyendo los colores que lo han teñido estos dos días, ves a la mujer que se observa en el espejo, con el agua la figura parece alargarse, las partículas de color se mueven, desfigurándola; imaginas que el efecto sería parecido al de caer en un agujero negro en el espacio, donde la fuerza de atracción gravitatoria a la que se ven sujetos los cuerpos  es diferente en cada centímetro, en cada milímetro, dando como consecuencia que la materia termine por separarse hasta desaparecer en el negro asfalto.

Rollos Rotos, Arte efímero, Madonnari, The mirror, 806 lecturas.

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