Tepexpan

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Escrito por Alfonso Villalva P. 26 de septiembre de 2019
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Alfonso Villalva P.

 Lo conocí hace años en Tepexpan, una fría y nublada mañana de enero. Las hermanas que están al frente del hospital de enfermedades incurables –que realizan una sublime y desinteresada labor- le proporcionaban cariño y buenos cuidados.

Tenía aproximadamente diez años de haber llegado. Lo encontraron atropellado en una carretera obscura, en estado de ebriedad, con la columna vertebral fracturada, hecha trizas; perdió el conocimiento, el habla y quedó cuadripléjico.

Después de que lo operaron en algún hospital de la localidad, lo tuvieron que recibir allí, en Tepexpan, porque nadie lo reclamó. Es cierto, a pesar de los esfuerzos de las voluntarias, nadie fue a decir esta boca es mía: ni hermanos, ni cónyuges, ni concubinas, ni padres, ni nada; pareciera que había salido de la nada, sin vínculos sociales o familiares.

Él debía tener treinta y pocos en ese tiempo. Solamente podía mover los ojos: los abría y los fijaba, penetrantes, tristes, resignados. Solo Dios sabe que pensamientos cruzaban su mente y que fantasmas lo atormentaban por las noches. En Tepexpan lo llamaron Juan; Juanito para los conocidos. Nadie supo cuál fue su historia: pudo haber sido un oficinista, un deportista ejemplar, un jefe de familia responsable.

Quizá Juan pudo haber tenido hijos que seguramente lo habrían extrañado y necesitado más de una vez en todos esos años de ausencia, en los momentos en los que sintieron miedo, en los que sufrieron injusticias, en los que fueron víctimas de un abuso o una enfermedad.

A ella, su compañera, seguramente le hizo mucha falta para afrontar el porvenir y no sentirse derrotada, dejada por un destino traicionero que le arrancó lo único que tenía: su familia. Ella que probablemente aún dormía intranquila y angustiada pues no había visto siquiera el cadáver de su pareja, para creer al menos que había muerto, cuando las sombras de la noche le habían precipitado a un infierno de desconsuelo y penurias económicas.

Que hubiera sido de Juan, de sus hijos –si es que los tenía-, de su probable esposa, si la carretera y el alcohol no se hubieran confabulado arteramente aquella noche de horror y derrota.

Tepexpan tenía una virtud grande: recibir con manos cálidas a los seres más pobres del mundo, a los que ya perdiendo la esperanza. Tepexpan generó para nosotros una lección contundente, que consiste en comprometernos con nuestra gente y en brindarles apoyo, afecto y solidaridad; algo que los mexicanos, cuando nos lo proponemos, sabemos hacer muy bien.

Twitter: @avillalva_

Facebook: Alfonso Villalva P.

 

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