A ganar

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Escrito por Alfonso Villalva P. 20 de diciembre de 2018
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Alfonso Villalva P.

Lo sé. Unos nacieron así, pero qué le vamos a hacer. Quizá fue parte de su educación o abandono, quizá producto de su sufrimiento como víctimas de bullying, no sé, su personalidad. Lo que está claro es que ese resentimiento social rabioso y corrosivo, esa necesidad de sentir placer por la desgracia de otros -aunque en la desgracia ajena muchas veces vayan ellos incluidos-. ¡Que se frieguen todos! “¡Manque nos lleven los pingos!”

Prefieren que todos pierdan por encima de que alguien gane. La felicidad ajena, el éxito de un colega, las ganas de progresar y de crear ideas, los hijos o el amor de los otros, el valor, la bonhomía, la simpatía. Parece ser que para muchos colegas por allí es la peor afrenta que sus entrañas colapsan. La celebración del fracaso colectivo, la negación del IQ de quien promueve, exige en realidad, ese fracaso colectivo como consuelo pírrico a su propia inutilidad social. Que fracase el nuevo gobierno, a la diestra; todos ganemos una miseria, a la siniestra; que se jodan los inversores de Texcoco, a la siniestra nuevamente; que la tomen doblada los intelectuales que disientan de mí ..., qué vergüenza.

Tomando valor del anonimato de la masa, de su supuesto derecho inalienable de vociferar en las redes sociales o de esta nueva era democrática que por arrastrar, arrastró al poder también a esos conciudadanos que les parece siniestro y pecaminoso el hecho de que alguien sea más listo que ellos, que tenga la posibilidad de vivir mejor, de crear riqueza, tener hijos que querer, industria, empleos, un propósito de vida, en fin. El veneno chorreando de sus fauces sedientas de revancha.

Toman ese valor ahora con sus nuevos fueros y funciones para vengar -a grito pelado y con un lamentable y raquítico castellano, solo proporcional a su coeficiente intelectual- la injusticia (su injusticia), su ostentosa incapacidad de comprender siquiera a su líder, a sus promotores o explotadores, según el caso, y su terrible e inmanejable ira, en contra de una civilidad a la que acusan de condenarles a ser los desgraciados, aunque su ceguera y odio les impida reconocer que se han marginado a sí mismos merced a su resentimiento, mediocridad e incapacidad. Epítetos contra todos y contra todo. Descalificación, gritos y señalamientos interminables. ¡Sea mediocre! ¡Pague menos! ¡No aspire a progresar! ¡Jódase por un peor mañana...!

Pero también están los otros, los que hayan nacido como sea, hicieron sus estudios, buenos o regulares, o se pegaron al maestro, carpintero o mecánico de la colonia y aprendieron así, líricos, sin instrucción. O los que ya entrados en los golpes callejeros, tomaron una esquina, un cuadrito céntrico de alguna banqueta ocupada para cuidar autos aparcados, para mercar con toda esa serie de productos que no sirven para maldita la cosa, pero tienen que redundar en el financiamiento de un proyecto familiar que responda a las aspiraciones y sueños de hijos, hermanos, abuelitas y cónyuges. !Para vivir mejor, carajo!

Y qué me dice del ejército interminable de seres peculiares que se sientan cada día tras un escritorio oficial, para matar las horas de rigor sellando interminables montañas de papeles que nadie leerá, que a nadie importará, a menos que el empleado de la oficina auxiliar de la subdirección correspondiente, adscrita a la jefatura pertinente, reciba la instrucción precisa del jefe de ayudantes del particular, del oficial mayor que, atendiendo un llamado del secretario técnico del vice ministro, ordene la fatídica inspección, auditoria, valoración o verificación del contribuyente, ciudadano o solicitante que, seguramente, merced al genial diseño de la burocracia, tendrá algún pecado que lamentar. Pero que, por encima de todas las cosas, y en una significativa mayoría, mantienen operando a un país que, gracias a su conocimiento y especialidad, es hora que no colapsa.

Y los demás..., y los artistas, y las mujeres que se inyectan los senos para conseguir un estelar de nueve a diez, y los jovenazos que se inyectan también dosis de silicona en los pómulos y el trasero para luego ser hasta diputados y encargados de una cultura que ni siquiera han visto pasar; y los vocalistas, y los mariachones que se congelan en las madrugadas para poderle cantar al oficinista enamorado; y los policías, y las madres de familia, los abogados, y los paramédicos que se juegan el pellejo sin mirar atrás; y los futbolistas, y los que superan una enfermedad, y los obreros y campesinos, y los ejecutivos y empresarios. Tantos así...

Juntos o revueltos. Colegas, compatriotas, rotos, fifí, raza, pomadosos, chairos, chilangos, charolastras. Sudorosos en el microbús, alevosos en la fila de las tortillas, perfumados en las cenas de navidad. Ciento veinte millones de almas circunscritas a esta República. Una realidad aplastante que aglutina, apeñusca, retaca, a esos individuos, como ya se los imaginó: soñando, anhelando progresar, prosperar, ser felices una vez más y no ser limitados por una mente mezquina e inferior, sino alentados por un liderazgo y un compañerismo ciudadano a ser más, a hacer mucho más.

Así que, este año, este mes, este día, todos por igual, al unísono con su pavito y romeritos, su bacalao legítimo del Lago de Texcoco -que nuestro experto de Comunicaciones de verdad cree que es natural-; sus frijoles, chilaquiles, tamales, pollos rostizados, cheves, curaditos y destiladitos. Su cierre de año religioso, festivo, consumible, piense en esos otros 120 que demandan ganar, por una maldita vez ganar el partido de la vida mexicana, levantar esa copa social llena de agua potable, energía eléctrica, vestuario, calzado de goma, entradas al teatro, plateas para el juego de fútbol, pinos navideños, programas de cómputo, cuadernos, chiles de Clemente Jacques, tortas de jamón, viajes y un poco de frivolidad en televisión nacional, de cliché o de pose en el Netflix, en el Prime. Una copa llena de dignidad y orgullo.

Réstele a los maloras que se regodean con el fracaso de los demás y que quieren convencerle de que todos se vuelvan pobres en vez de abatir la pobreza definitivamente. Reste a esa manifestación nociva de la fibra social (sean tuiteros, senadores, secretarios de estado o supuestos intelectuales o líderes de opinión) y piense en estas fiestas que son ciento veinte millones que viven y vibran, y ríen y lloran como cualquier otro mortal. Y entierran a sus madres y a sus hijos, o les cuidan en el hospital. Lo mismo aquellos que viajan en sus bemeuves blindados, escoltados por otros que solamente se acercan la ilusión, y los que se arrempujan en la central camionera de Guadalajara, o de León, o en el calor infrahumano en algún mercado en Yucatán. Son más, en fin, somos muchos más quienes hoy y siempre trabajamos para que después de todo, cada uno pueda por fin ganar... 

Twitter: @avillalva_

 Facebook: Alfonso Villalva P.

 

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