Frivolidad escalofriante

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Frivolidad escalofriante

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Escrito por Alfonso Villalva P. 27 de septiembre de 2018
Frivolidad escalofriante

Frivolidad escalofriante

Alfonso Villalva P.

Ay del querido Profesor Chávez, me imagino yo. Se bien que antes de abandonar este mundo llegó el punto en el que tantos años de esfuerzo lo obligaron a usar bastón y, aunque siempre había sido rudo, severo, su expresión ya no podía contener el dolor. No es que se hubiese doblegado, verá usted, simplemente la energía cesó de fluir, el cuerpo se erosionó para siempre.

Lo que más le dolía, estoy seguro, no eran sus insufribles reumas, ni las afecciones vesiculares. Lo que dolía profundamente era el fracaso, su orgullo mancillado, el sentimiento de traición; sí, darse cuenta de que su vida entera la había empeñado en una lucha inútil contra el retrógrado sistema educativo nacional que, como aplanadora, seguía tronando los huesos del espíritu vernáculo del progreso.

Ay, profesor Chávez, si él estuviese aún en este mundo, para ver con sus ojitos cansados que todavía se puede poner peor, que cada iniciativa es una locura desinformada que recrudece la putrefacción en las aulas, en las carreras magisteriales, en las vidas fracasadas de estudiantes sin capacidad de competir. Ver a los enemigos del progreso privilegiar movimientos sindicales, abandonar el rigor técnico, poner en manos de abyectos encopetados -tiples de la pantalla chica- cuestiones tan graves como la cultura de una nación entera.

Él se hizo maestro -el Profesor Chávez- en la Normal Superior por vocación. Su mente, por más de cincuenta años, estuvo centrada en dilucidar cómo diablos aprenderían sus alumnos a conjugar verbos, a sumar y dividir con precisión; cómo les explicaría la historia como herramienta fundamental de análisis; cómo les contagiaría el amor por los libros, la pasión por ceñirse a ellos como cimientos de la razón para encontrar respuesta.

También había sido severo, y sin arrepentimientos repartió a diestra y siniestra efectivos correctivos en mandobles con una regla de madera de cincuenta centímetros de longitud. Correctivos disciplinarios que a su juicio eran indispensables para poner las cosas en su sitio. Correctivos que los modernos pedagogos hubieran considerado suficiente causa para enviarlo a la pira y verlo consumirse lentamente en fuego de leña verde.

Pero él sostuvo la idea de que no existía otra forma de preparar a sus alumnos. Su entrega, obcecada en las maneras de antes, no conoció la tregua, a pesar de que como retribución recibió un salario miserable, ofensivo, insultante, de mierda. Pero no importaba, porque después del segundo turno de trabajo, todavía le quedaba tiempo para encontrar en algún parque público ya cerca de casa, un poco de paz para leer a Galdós o a Gutiérrez Nájera, como si fuese la primera vez, como si la vida se tornara suntuosa al contacto con sus libros.

La educación en México se deterioró aún más de lo que calculó el Profesor Chávez. Todos sus esfuerzos y privaciones resultaron estériles por la indolencia de un sistema político que nunca entendió –o no quiso entender-, que solo la educación podría asegurar un mejor futuro para tantos hombres y mujeres que quedaban inermes ante la decadencia gracias a su propia ignorancia. Que no es la dádiva en efectivo a adultos mayores o a jóvenes sin oficio ni beneficio, sino la alimentación de su espíritu y su mente para ser útiles a la sociedad, para generar riqueza, para transformar un destino de pobreza y mediocridad en una luz de prosperidad propia y colectiva.

El pragmatismo que había hecho ya innecesarios a Cervantes, Quevedo, Aristóteles, Cicerón, y a todos los demás.

Ahora los niños sin disciplina se mediatizan delante de un ordenador, un móvil. Son ajenos a un diccionario, a un compás, al lomo duro de un tomo de papel y tinta. La desnutrición intelectual, la pobreza económica y espiritual de un pueblo que jamás se transformará sin educación. Los niños que sueñan con ser sicarios...

Así la vida inútil del Profesor Chávez, al menos en su mente, en su propio juicio final ante el ocaso de su vida, en su impotencia por no haber tenido, durante tantos años, la posibilidad de impedirles a esos jijos de su rejija seguir desgraciando el sistema educativo nacional, con una supina ignorancia y una frivolidad escalofriante solo superadas por su cinismo y voracidad de poder.

Twitter: @avillalva_

Facebook: Alfonso Villalva P.

 

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