Espías, escuchas y otras perversiones

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Espías, escuchas y otras perversiones

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Escrito por Alfonso Villalva P. 29 de junio de 2017
Espías, escuchas y otras perversiones

Espías, escuchas y otras perversiones

Alfonso Villalva P.

Voyerista, lo que se dice voyerista, pues creo que de eso, todos tenemos un poco. El diccionario de la Real Academia de la Lengua reconoce el término como una alternativa al galicismo crudo voyeur ("persona que disfruta contemplando actitudes íntimas o eróticas de otros").

Por donde lo quieras ver, de manera incipiente o ya como una obsesión por todo lo alto, compulsiva, retorcida o libidinosa, esta patología tiene derivaciones que redundan no sólo en el placer carnal del sujeto activo del voyerismo, sino algunas acaso más prácticas, más útiles, más rentables, pues.

Por interés comercial, unos; otros por interés político, otros más por control, celos, o supuesta supervisión patronal, la gama y cantidad de voyeristas se incrementa a ritmo galopante, proporcionalmente al avance de las tecnologías espías, su disponibilidad y reducción de precios en el mercado, y su sofisticación de mayor precisión, alcance y cualidades para ser prácticamente imperceptibles.

Existen teorías proclamadas por quienes dicen saber del tema, que un individuo promedio, un ciudadano normal y ordinario, digamos como tú o como yo, deja un rastro perfectamente reconstruible de su deambular por el mundo desde que dios amanece hasta que se va a dormir.

La estación de radio mientras te duchas, los likes que disparas en las fotos y las noticias de Facebook, el mensaje a tu amante, novio o quelite –léase “peoresnada”-, la cámara de seguridad de la esquina de tu casa, la compra en el Oxxo de café, donas Bimbo y condones Sico, los cambios de antena en las que se va colgando la señal de tu celular en tu trayecto al trabajo o la escuela, tus pagos bancarios, la cámara del segundo piso, del metro, de la parada del micro; la entrada a tu oficina, los pasillos que conducen al baño al que vas tantas veces al día, la tortería, el restaurante, el bar, el antro, el motel de cinco letras, la taquería de madrugada…, el dron que todo lo observa.

Y voilà, ¡allí lo tienes!, en el apetito de las empresas concentradoras y sistematizadoras de datos, cada día les proporcionas material valioso para vender a quienes te tienen como su objetivo comercial, para acercarte la moda vanguardista de zapatos, sandalias o chanclas para el verano, remedios para perder peso, respuestas espirituales para llenar los vacíos que te ha dejado la ignorancia, la soledad, los fracasos sentimentales o la infancia ruda y violenta; las noticias que erigen a las izquierdas como soluciones milagrosas justo a la medida por tu odio al establishment, los mensajes derechistas, feministas, animalistas, en fin, las llamadas de tu candidato o no, al teléfono privado que ni a tu madre has dado.

Tanta coincidencia que no comprendes por qué llega a tu vida a través de tu teléfono, ordenador, o las búsquedas que haces en la internet...

Oficinas de gobierno, organizaciones fuera del gobierno, bandas disfrazadas de gobierno, que te analizan en cada pago que realizas, cada mensaje que envías, cada reunión que tienes, cada sesión amorosa o de sexting con tu esposo, tu novio o amigo especial. Tus gastos, tus ingresos, tus miedos y tus manías.

Todo, puesto en charola de plata voluntaria e involuntariamente a cualquiera que con una mediana inversión decida hacerse de tu perfil consumista, tu media filiación, tu cúmulo de secretos. Sí, los tuyos, estudiante, periodista, secretaria, ejecutivo, empresario, escritor, movie maker, cantante de trova, rock u opereta, repartidor de pizzas a domicilio, despachador de tortas de huevo con chorizo. Te observan no solamente a través de los artilugios que plantan subrepticiamente en esos mensajes que abres por curiosidad malsana y que contienen el proverbial spyware, el phishing, el Randsomeware.

Te observan por toda la información que voluntaria y cándidamente pones a su disposición todos los días, todas las noches, esa información que también a ti te gusta observar en los demás mientras haces el proverbial “stalkeo” en el perfil de tu compañera de trabajo, en las fotos de la chava bikinuda que te gusta, en los logros supuestos o reales de aquellos a quienes envidias.

Esa misma información que tú obtienes espiando, observando o beneficiándote de otros que espían y que alimenta tu morbo, tu caudal para la sesión del chisme con los amigos y parientes, tu canal de Youtube, tu noticiero, tus ocho columnas que redactas. Esa información que cuando llega a tus manos violando la privacidad de otros se vuelve primicia, noticia, oro molido para denostar, para comercializar, chantajear, pero que paradójicamente, cuando te incluye como el sujeto espiado, te genera convulsiones dramáticas para inmolarte en nombre del artículo dieciséis constitucional.

El deporte de ver, de espiar, de escuchar lo que no está dirigido a ti, destinado para tu conocimiento o tu disfrute. La muerte de la privacidad y el anonimato, para bien, para mal, para peor…, con reglas y sin ellas, para el abuso, el morbo, el descontón, la intimidación o el chantaje. La privacidad evaporada de tus fotos íntimas, tus reflexiones personales, tus hijos, tus padres, tu cónyuge, tu amante, tus muertos, tus enfermos, tus largas horas en el baño.

Voyeristas que se convierten en víctimas cuando son el objeto de la observación. Diversión que termina cuando el sujeto del bullying terminas siendo tú. Como dijo mi general Francisco Villa: “A puñaladas iguales, llorar es de cobardes…”

 Twitter: @avillalva_

Facebook: Alfonso Villalva P.

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