Democracia del barrio

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Escrito por Alfonso Villalva P. 13 de octubre de 2016
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Alfonso Villalva P.

Seguramente ella dedicaba, al menos, dos horas diarias de su particular vida en una sala de belleza con nombre artificialmente afrancesado, con el exclusivo objeto de lucir, ante cualquier circunstancia, incluso en el mercado sobre ruedas o en la panadería local, eso que ella seguramente llamaría “aspecto radiante”. Estéticamente hablando, yo tengo serias dudas respecto de las habilidades creativas de su peinador o estilista y, sobre todo, de que ella estuviese consciente de que, por lo que le hacían a diario en la cabeza, el pago no podía ser menos que una estafa.

De cualquier manera, ella estaba segura de que proyectaba un aspecto, decía, radiante. Eso, y las probables tres horas y media de rigor entre pilates, banda caminadora y una versión decadente del box diseñada para las audaces señoras de hoy. Ella, con la seguridad que brinda la ignorancia más abyecta, se puso de pie y tomó la palabra. Fue una cantaleta ordinaria, de esas tan cotidianas, compuesta de frases sin sentido, palabras desapegadas de su significado real, lugares comunes, atentados terroristas al castellano, barbarismos y conclusiones desprovistas de premisa mayor.

Dijo ser condómina (sin acreditarlo). –Olvidaba decir que me encontraba en plena asamblea anual del condominio que en el que habito-. Ella comenzó a arengar, cada vez más enardecida, respecto de los detalles cotidianos que se viven en esa comunidad. Claro, después precisó que no residía allí desde hacía mucho tiempo, pero que de cualquier manera era propietaria de su correspondiente proindiviso y estaba preocupada por el camión de la basura, los perros escandalosos, los niños jugando, aquella mano de pintura tan necesaria que la barda del frente parecía extrañar y, sobre todo, los hijos adolecentes de la casa de al lado que eran objeto de todas sus sospechas con base en los tatuajes y aretes que portaban.

Uno de los temas centrales de la asamblea era la elección de la mesa directiva –cargo de muy dudoso atractivo pues, además de ser honorario, implica el involucramiento diario en todos los problemas de vecindad-. El actual presidente –un anciano que no se enteraba de nada-, ha ocupado el cargo por muchos periodos sucesivos ya –curiosamente, porque desde que se creó el condominio, nadie, pero nadie, se ha postulado para tan apreciado puesto-.

No obstante, en esta ocasión sí se presentó una planilla alterna cuyo candidato a presidente, en el momento decisivo, declinó porque se divulgó que, ya borracho, acostumbraba amedrentar a sus vecinos con los guaruras de sus invitados y que, por si fuera poco, regaba todos los días el jardín en calzoncillos. Rápidamente, un individuo que preparó un discurso de toma de posesión sobre las rodillas, y que a todas luces simpatizaba con el liderazgo de la condómina oradora, se postuló aclarando que el cambio de candidato tenía que ver más con el entusiasmo que con cualquier asunto vergonzoso.

Replicando modelos de la vida política nacional ya por todos conocidos, la condómina de peinado de salón exigió que la votación del nuevo presidente se hiciera de manera secreta, para ocultar el destino del voto de cada quien, y evitar situaciones embarazosas. Por allí alguien sacó la ley de condominios y dilucidó que muchos condóminos estaban ilegalmente representados, y que por eso su voto no debía contar, pero que la convocatoria y algunas otras particularidades, a pesar de que también violaban la ley, se podían subsanar pues el ambiente debía ser de camaradería.

Una señora jóven, de peinados similares a los de la compañera condómina, y con una vestimenta que cualquier bailarina exótica hubiese envidiado, se levantó y habló del cambio necesario, y la democracia, las culpas del PRI y de la izquierda, la devaluación del peso, de todo lo que lee en el portal de Aristegui, y de una supuesta confabulación del viejito que actualmente ocupa la mesa directiva y no se entera de nada, para descalificar de la contienda a cualquier corriente renovadora que buscara colaborar con el bienestar común –¿suena  familiar?-.

Claro, de inmediato puso en evidencia que sus ideas eran inversamente proporcionales al tamaño de su escote, y comenzó a explicar que, bueno, ella se uniría también a la planilla, sobre todo porque quería estar presente en la votación de aplicación de las cuotas de mantenimiento, para arreglar de una vez por todas los setos que estaban frente a su casa y de plano no lucían nada lindos.

Por otro lado, surgieron más simpatizantes de la condómina quien, a pesar de tratar inutilmente de adornar su precario castellano, demostraba con transparencia absoluta que en su casa, seguramente, los problemas se dirimían a madrazo limpio o, al menos, mediante sonoras mentadas de madre. Entonces, pues, los simpatizantes volvieron a leer una ley, probablemente derogada, y exigieron que se llevara a cabo la votación, pero rapidito porque se perdía el tiempo. Y entonces, entre contradicciones, epítetos enardecidos y palabras sin sentido, se condujo la votación, en la que exigieron se contara voto por voto porque seguramente los escrutadores –otros vecinos cualquiera-, estaban amañados con el presidente actual. Al final, una contundente mayoría votó nuevamente por el viejito. La planilla nueva perdió la voz alta, pero susurró que garantizaba el fracaso de la mesa directiva, y que, por no ser ellos los elegidos, el deterioro nos llevaría, a todos, directamente a la mierda.

La condómina calló al fin, porque los votos visibles para todos no pudieron ser impugnados por nadie más. Era final. Matemática y democráticamente la mayoría rechazó sus formas altaneras y agresivas, compartidas por sus compañeros de arenga.

Nadie salió contento. No existió convencimiento de nadie respecto de la legalidad, porque la mayoría ignoraba la ley, y los que contaban con un ejemplar, no estaban seguros de que los textos coincidieran entre sí. Hubo pocas ideas, muchas groserías, y ausencia de voz de una mayoría sin nombre. La condómina resopló y salió estripitosamente del recinto, seguida por la propietaria del gigantesco escote que taconeaba mientras insultaba al viejito ganador. Como la hubiese dibujado Abel Quezada, la democracia del barrio…

 

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