A cambio de un sueño

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A cambio de un sueño

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Escrito por Alfonso Villalva P. 01 de septiembre de 2016
A cambio de un sueño

A cambio de un sueño

 Alfonso Villalva P.

 De manera por demás casual, mi mirada se encontró con tu expresión explosiva y elocuente. Descendías mecánicamente las escalerillas del microbús amarillo que se detuvo a bajar pasaje exactamente frente al taxi en el que yo esperaba, impaciente, la luz verde que me sacara de la locura del tráfico matinal de la Ciudad de Santiago.

Angosto camellón mediante, pude ver tu rostro a tan solo unos cuantos metros, dos quizá. Tu mirada firme profería inenarrables mensajes hacia la inequívoca dirección de un esbelto y juvenil trasero cuya propietaria intentaba, sin mucho éxito, recuperar del suelo un puñado de monedas que saltaron a la banqueta justo cuando dio un brinco desde el último escalón.

Sin decir palabra al taxista, invoqué al azar para que detuviera la marcha de los relojes y suspendiera, acaso un instante más, la irremediable extinción del rojo que, finalmente, indicaría al conductor pisar fuerte el acelerador y seguir nuestro camino. Sí, perdí por un momento la prisa y la desesperación por llegar tarde a una reunión de trabajo, asombrado por la avalancha interminable de sentimientos y mensajes que comunicaba una simple mirada, fija en el posterior de una muchacha flaca, desaliñada y jovial.

Poco relevante me parecía, a esas alturas, reparar en otros detalles que, unos segundos después, ante la sorpresa del arranque inesperado de mi vehículo, pude captar en instantánea, ya alrededor de tus ojos, entre tu nariz y tu cuello, en el discreto brillo del carmín de tus labios, en tu sencillo pero provocativo escote en redondo que revelaba, imagino yo, mucho más de lo apenas recomendable en los apretujones propios de una mañana común y rutinaria de transporte público citadino.

Intenté girar aún más la cabeza para tomar algún dato adicional, pero solamente pude captar la reciprocidad de la mirada, con una intensidad similar, que desde la orilla de la banqueta te obsequió la muchacha de las monedas desparramadas.

Mientras el taxista aceleraba, intentando inútilmente ocupar espacios de avance significativo, comprendí que esas miradas que atestigüé, simplemente representaban un alarido de amor pasional, de sentimientos desbordados, de complicidad y comprensión, probablemente, más allá de mi muy precaria imaginación de hombre.

En un santiamén, vino a mi mente el entendimiento abstracto de un simple y mundano cruce de miradas que acababa de presenciar, en el que fui testigo presencial de una forma diferente de amar, a partir de tus muy exuberantes y femeninas formas y con destinataria de lujo que seguramente, mucho más que cualquier hombre corriente, podría acariciar tu alma, de vez en vez, en la oscuridad de la noche, precisamente donde tu libertad, y la de ella, de elegir una forma distinta de querer, no sería censurada ni, probablemente, perseguida por una sociedad cuya evolución es simplemente divergente a tus sentimientos y preferencias.

Y, desde luego, me quedó muy claro, que la discusión continúa estúpidamente centrada en una conquista aspiracional que más cara tiene de lucha sindical, en movimientos radicales que, durante manifestaciones públicas, apelan a lo grotesco para vengarse de un establishment muy distinto a la naturalidad con la que tú puedes sentir, de forma diferente, felicidad en unos brazos femeninos, por oposición a otra distinta que, quizá en tu caso, nunca provino de brazos masculinos.

No sé, y para el caso ya no importa, si acaso tú decidiste, informada y responsablemente respecto de tus preferencias, o fue la vida la que te orilló a la circunstancia. Lo cierto es que, después de haber visto esa mirada, me parece apenas lógico pensar que sí eres diferente, que sigue siendo tan absurdo discutir respecto de cómo parejas homosexuales adoptarán las formas de los heterosexuales –con derecho a hijos y tal-, como absurdo resulta que aún queden feministas dispersas en el mundo, luchando por ser iguales a los hombres. ¡Coño! Qué no podremos, alguna maldita vez, encontrar la esencia de la discusión y entender que las diferencias existen, nos guste o no, y por ello debemos tener sitio cada cual a su aire, con sus gustos y disgustos, pero precisamente atendiendo a que, en todo caso, las circunstancias nunca podrán igualar, emparejar, pues son simplemente distintas. El destino es diferente para todos, y solamente resta elegir.

De cualquier modo me alejé poco a poco, hasta el punto en el que desaparecieron del limitado horizonte que ofrecía el congestionamiento vial. Tú nunca me viste, ni sabrás de mí. Yo, probablemente te olvidaré, pero era preciso hacer patente que, de cualquier forma, bajo cualquier circunstancia, la reconozca el tamiz de la censura social o no, siempre es admirable una gran capacidad de amar y de entregar, aún hasta la vergüenza y la ignominia social, a cambio de un sueño. 

Twitter: @avillalva_

 

[email protected]

 

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