Los mariachis callaron

El Diván del DihabloEduardo Sepúlveda

Los mariachis callaron

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Escrito por Eduardo Sepúlveda 29 de marzo de 2020
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Los mariachis callaron

Es sábado en la Comarca, la noche apenas comienza. Después de un recorrido por la ciudad, a punto de ir a casa, en medio de una contingencia sanitaria que ningún humano vivo había atestiguado, una imagen me hace parar: cerca de 10 mariachis completos, vestidos y alborotados, están varados a la espera del primer cliente de la pandemia.

“De esto vivimos, no hacemos otra cosa, anótale”, me dicen. “También nosotros cumplimos con las normas de salubridad, nos desinfectamos y todo”.

El reloj apenas rebasa las 20:00 horas. El ‘mall’ de Independencia y Cuauhtémoc ya cerró sus puertas. Y justo a la vuelta, frente a un conocido súper mercado (que todavía da bolsas de plástico a sus clientes), se encuentran los intérpretes de la música tradicional mexicana.

Que nos ayuden”, claman al gobernador. “Estamos limpios y queremos trabajar, nosotros nos quedamos abajo, ya que desde el balcón, nos avienten el dinero”.

Y mientras esperan la primera tanda, en la capital del país han dado el anuncio: será un mes más (por lo menos) de “aislamiento social”. Así que el mariachi tendrá que seguir esperando; no se avizoran grandes reuniones en fechas cercanas. “¿Pero ni un borrachín que quiera contentar a la novia se ha acercado?”, les preguntó. “Nada”.

Hugo López-Gatell, subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, vocero de la 4T en esta pandemia, ha sentenciado: el encierro debe continuar (ya de manera formal). “Quédate en casa, es muy simple el mensaje […] Hacemos un llamado enérgico, enfático, inconfundible, a quedarnos en casa, todos y todas. Es la mejor vía…”.

El vendedor ambulante parece estar al tanto. “Un mes más, hermano, hasta el 28 de abril volverá a tener vida esto. Ahorita no hay nada, solo el recuento de los daños”, dice mientras busca algún rincón para ofrecer su mercancía por la solitaria Morelos. La vida se ha detenido. La calle de los bares está oscura. Abandonada. La única luz encendida es la de la morgue, que por años ha estado ahí, sobreviviendo al estruendo de las noches de juerga; la muerte sigue en labores.

Un par de cafeterías abrieron sus puertas, sin mucha clientela por atender. Una taquería. Un restaurant bar. Unos hot dogs y la señora de los burritos afuera de la tienda de conveniencia. No hay más. Ni siquiera potenciales clientes. La Plaza Mayor apenas y recibe algunos visitantes. “Está muerto, hermano, a donde vayas”, insiste el vendedor de chucherías en un segundo encuentro.

El principal centro comercial tampoco recibió demasiados visitantes, y no es la primera vez que sucede desde que la alerta se encendió. En los súper mercados, aplican medidas de prevención, como apuntar con una pistola que mide la temperatura corporal (parece ser que siempre da 32 grados centígrados) u obligar a ponerse gel en las manos. Adentro, los pasillos lucen casi desiertos, aunque la mayoría de los clientes lleva bolsas de carbón en sus carritos.

Las calles tampoco son muy transitadas, como se esperaría en un sábado por la noche. Los camiones de ruta siguen su… ruta. Hasta se amontonan en ocasiones, pero a bordo no habitan demasiados pasajeros. ¡Ni siquiera hay retenes policiacos ya! ¡Alcoholímetros! ¿Qué caso tiene? No hay bares abiertos.

Eso sí, la vigilancia sigue al pie de la batalla. Y Vialidad cumple con buscar a quién multar.

Los tacos de tripas, inmutables. El despachador porta un cubreboca y por aquí, no ha pasado nada. A su alrededor, en una ciudad semidesierta, se siguen moviendo ciclistas, motociclistas y conductores de las diferentes aplicaciones de comida a domicilio; ellos parecen ser los “ganones” en la situación. Por lo menos, están vigentes.

No hay cines, no hay teatros. La actividad comercial está más que limitada. Llevamos días así, encerrados, unos más que otros; hay que salir a buscar el pan de cada día. “O nos morimos por coronavirus o nos morimos de hambre”, dice el vendedor. “Pero pues si hemos salido de otras peores…”.

La presencia de algunas patrullas ya resulta inquietante. Es como si se prepararan para el toque de queda. Por mi casa, los inspectores del municipio llegaron a revisar un establecimiento el jueves, antes de las 11:00 de la noche, y ya no volvió a abrir. La cosa es seria.

Los mariachis callaron, no tienen a quién tocarle sus canciones. La vida se detuvo en la Comarca, en el país, en el mundo. Aguardamos por noticias nuevas, esperamos el verdadero impacto. Comenzamos a sufrir con anticipación, porque en México, hasta las enfermedades llegan tarde.

Y sí, la ciudad luce tranquila… solo le hace falta algo de vida.

                                                                                                                      *Tomado del Muy Nuevo Libro de las Revelaciones según el Dihablo.

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