Las niñas bien

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Las niñas bien

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Escrito por Diana Miriam Alcántara Meléndez 07 de octubre de 2021
Cine, Las niñas bien
Las niñas bien

En el lenguaje coloquial del México moderno, las ‘niñas bien’ en un término con el que se refiere a aquellas personas, mujeres jóvenes, de la clase alta, que socializan exclusivamente en su mismo círculo, donde no resuena quiénes son o qué habilidades tienen, según su propia esfera las ha educado, sino qué contactos están a su alcance y las posibilidades de su estilo de vida exclusivo, educadas en las escuelas de más renombre, vistiendo sólo ropa de marca, frecuentando los lugares de moda, ‘casaderas’ con hombres de su misma situación (o mejor posición) socioeconómica, guiadas por el decoro y los buenos modales, además de la ambición, anhelo y convicción de mantener su legado, su apellido y la ‘cuna’ de donde provienen, en lo alto de la escala social.

Escrita y dirigida por Alejandra Márquez Abella, Las niñas bien (México, 2018) es una película basada en los personajes creados por Guadalupe Loaeza para su libro homónimo, lanzado en 1987. Protagonizada por Ilse Salas, Flavio Medina, Cassandra Ciangherotti, Paulina Gaitán y Johanna Murillo, la cinta habla de la presunción y la envidia en una sociedad que no escatima en la opulencia y el derroche como medida de éxito, que pelea discreta pero vilmente para pasar por encima del otro y ser mejor en el juego de la competitividad desleal, donde no se tienen amigos sino aliados que se pactan según favores mutuos, donde las personas pretenden felicidad antes que revelar la verdadera naturaleza de su vulnerabilidad y donde, generación tras generación, se recrea esa misma burbuja de cristal caracterizada por la falta de contacto con la realidad, que vuelve incapaces a estas personas de ver más allá de sus pretensiones o entender las contradicciones de su sociedad.

Con sus personajes principales, Sofía, Alejandra, Ana Paula e Inés, la historia retrata a un grupo de familias acostumbradas a su esfera privilegiada, caídas en desgracia producto de la crisis económica que se vivió en México en 1982 (con la devaluación del peso). Sofía, el personaje principal, hará todo por mantener su estatus, a través de una actitud arrogante y superior que usa como careta para esconder la realidad de vida que atraviesa, con su grado de frustración, desilusión y egoísmo, presentes incluso antes de la crisis.

Su situación no es fácil, la envidia y la rivalidad son parte de la dinámica de cada día, así que si no conoce más que el deseo de querer sentirse por encima de sus ‘amigos’, con más autos, ropa, opulencia y lujos que presumir, es porque está educada, acostumbrada, a esa forma de existencia social en donde sólo debe preocuparse por las apariencias, la imagen y las poses, hasta que el individualismo exacerbado sea la única columna vertebral que la sostiene.

Su familia tampoco es fuente de confianza; su madre es distante, casi inexistente en su vida; y su esposo peca de haragán y débil de carácter, nada apto para el esfuerzo, compromiso, dedicación y hasta capacidad que se requiere para dirigir una empresa, ahora que su socio encargado ha decidido retirarse, especialmente en un escenario de crisis económica que no margina, pero que sí encierra una lucha más encarnizada por la búsqueda de ganancia, afectando más al menos astuto, sobre todo en el ambiente del mundo de los negocios.

Una vez que le sucede a Inés, el declive económico camino a la bancarrota, la convierte en el primer impacto, o ejemplo, de que esta ilusión de ‘vida perfecta’ puede romperse en cualquier momento. Sofía comienza entonces a sentir la presión por el cuidado excesivo de su imagen pública, bajo una lógica, algo infantil y algo absurda –pero comprensible en el mundo dominante de las apariencias-, de que mientras peor estén las cosas, mejor debe parecer que le va a ella. Es como si para Sofía no importara tanto la crisis en sí o cómo es que le afecta, sino el mantener una apariencia de estabilidad y progreso, para no ser ‘menos’ que las demás.

La mayoría en este grupo de amigas parece optar por una postura similar; sólo Inés apela por una introspectiva crítica sobre los cambios sociales que se viven, quizá porque una vez que los problemas económicos afectan directamente su vida, la perspectiva con que valora y observa la vida se modifica de inmediato. Su voz, sin embargo, se pierde en el vacío de un grupo de mujeres que la escuchan incomodas y fingen no oír, o entender, lo que sucede, pues esconden su preocupación o falta de interés mientras no se vean ellas afectadas en persona.

Sólo cuando la ilusión se rompe, Inés entiende que sus prioridades, la pretensión, las salidas al club, las comidas en los restaurantes más caros y la competencia entre ella y sus amigas por la ropa de diseñador más exclusiva, son insignificantes comparadas con la realidad, que en el fondo significa mucho más que perder todo el dinero y las cuentas del banco; es no poder pagar la comida del día, tener tantas deudas acumuladas producto de la adquisición de bienes materiales innecesarios, que no hay forma de saldar los números rojos, es, en su caso también, la muerte de su esposo, quebrantado y derribado por el fracaso, al punto que en la derrota prefiere la muerte antes que el esfuerzo de tener que salir adelante.

Pero para Sofía la realidad no se asume así. Una vez que se da cuenta que la economía familiar tambalea, en lugar de afrontarlo, lo niega, esconde y rechaza, luchando en todo lo posible por aparentar que todo está bien, para no convertirse en la burla u objeto de chisme de sus amigas, como sucedió con Inés. Antes que ser blanco de críticas o de la pena ajena, Sofía prefiere actuar en sentido contrario, optando por reforzar su actitud altanera, arrogante, de superioridad, que en el fondo utiliza como un escudo protector para rechazar todo acercamiento, para prevenir que sus “amigas” la menosprecien, la reten, la compadezcan o la critiquen, especialmente si se trata de Ana Paula, la ‘nueva rica’, a quien ella considera indigna de su círculo social.

Ana Paula va escalando en sociedad no por el legado de un apellido, herencia o fortuna, sino el creciente éxito del negocio de su esposo, lo que le abre puertas en un mundo que valora a las personas por su dinero, por el valor de la fortuna acumulada. A Ana Paula la desprecian al punto que, en su momento, la acusaron (según ‘dicen’ los chismes) de buscar por conveniencia a, el ahora, su esposo (una cazafortunas, la califican).

Ante el progreso de Ana Paula y la caída de Inés, en paralelo, Sofía no puede sino alarmarse, compararse y competir, todo con tal de no perder lo que tiene, especialmente ante alguien a quien considera inferior, sin su misma educación, modales y ‘gusto’; alguien a quien discrimina y detesta por su estatus social de origen humilde, o por la capacidad, adquirida y no heredada, de tener lo que ella tiene: Ana Paula, a la que Sofía convierte en una especie de rival pero trata, con humillaciones y desprecio, como si en lugar de envidiarla las cosas fueran al revés. Y en cierto punto lo son, porque Ana Paula quizá no anhele específicamente la vida de Sofía, pero sí la de la mujer joven, rica, a la moda, conocedora, popular y admirada, en breve, anhela ser la ‘niña bien’.

“Todas queremos ser princesas. No sólo ustedes”, le dice Ana Paula a Sofía, recalcando así la idea que permite reflexionar sobre cómo ese sueño idealizado y el anhelo de sentirse especial y pudiente, es de todos, no importa la clase social de la que provengan, porque se le relaciona no sólo con un poder de adquisición privilegiado, sino con todo lo que ello aparentemente implica: una vida sofisticada, relajada, despreocupada y sin contratiempos, donde todo sea no más que preocuparse por hacer algarabía y ostentación de lo que se tiene, como forma de posicionamiento y reconocimiento social. Lo cual, por cierto, forma parte del discurso de la ideología dominante que predica la posibilidad de ascenso en la escala social si se tiene la suficiente audacia y energía para acumular riqueza, al margen de principios morales.

Sofía, en efecto, vive pensando en cómo ofrecer la mejor fiesta en comparación con las de sus amigas, o qué elección de vestido es mejor para generar alabanzas, llevándola hacia una actitud clasista y malinchista que, refleja la película, se volvió característica de esta era marcada por la idea de que lo extranjero es mejor que lo nacional, ya sea el dinero que llega a su bolsillo en dólares, la ropa que compra en Nueva York y no en México o el campamento de verano en Canadá al que envía a sus hijos.

Un personaje como Ana Paula expone el rechazo hacia la clase trabajadora que alcanza una posición social más alta pero no proviene del círculo exclusivo de la clase privilegiada (el de abajo sólo quiere llegar arriba, pero el de arriba no quiere compartir su posición). Un personaje como Inés demuestra la soledad y el aislamiento de la persona rechazada al perder su estatus social, víctima de las circunstancias socioeconómicas, pero además negada y apartada por aquellos que ya no ven en la relación una conveniencia. Alejandra finalmente es ese personaje que refleja una personalidad ambulante, desinteresada, que acepta a quien empata con su estilo de vida y desecha a quien no, por un mero narcisismo palpable, que avanza por inercia, que se impone por costumbre y se sostiene en la riqueza.

Todas son además mujeres moldeadas por la tragedia del ambiente en el que existen, por la crisis económica de un gobierno que no sabe gobernar, pero también por una educación inculcada que las convierte en ‘muñecas’, en objetos decorativos a las que no se les enseña nada más que convertirse en una figura casi ornamental, obligada a la ‘perfección’, quienes, por lo mismo, no saben enfrentar retos ni lidiar con fracasos, y que, en su propio orgullo marcado por la soberbia, esa pretensión y competitividad es la única forma de vida y de felicidad. Educación, por lo demás, producto tanto del machismo, autoritarismo y estereotipos de la sociedad conservadora en la que viven, como por la clase social de la que provienen. Pero si su vida es ir de compras y acudir al club deportivo-social para hablar entre ellas de ese mismo círculo vicioso temático, ¿cómo pueden crecer intelectual, emocional y humanamente? Si el mundo en el que viven es machista y discriminador, si sólo existen para mantener su estatus social, ¿cómo podrían no reprimir lo que en realidad son?, ¿por qué no luchar por aferrarse a lo único que las hace sentir algo?

La película refleja una clase social (alta) que colapsa, tan cegada por la banalidad de su ser que la caída es más dura, sea lenta o precipitada, una vez que su sueño se derrumba y su única solución, al ver lo que conocen desmoronarse, es sostener las piezas lo más posible, esperando que nadie se fije en el detalle o que las cosas que resuelvan solas. Situación no exclusiva de las “niñas bien”, sino de sus maridos, también incapaces de enfrentar la ruina económica, sorprendidos de que sus propias “amistades” les nieguen respaldo financiero y carentes de imaginación y audacia para trabajar en actividades verdaderamente productivas, acostumbrados como están a ser dirigentes o administradores de sus propias empresas.

Para Sofía, como para el resto de estas personas, la vida es tenerlo todo sin tener nada, porque los autos de lujo, las mansiones, la membresía exclusiva, las joyas y las grandes fiestas, todo lo efímero, no llenan el vacío de su existencia; pero dejar de poseerlo, los deja absolutamente en la nada, porque pierden aquello que más valoran: el reconocimiento social, la aceptación del otro.

Si para este grupo de mujeres todo son apariencias, la realidad es soñar despierto; esta es la crítica de la película hacia esa sociedad privilegiada, desconectada del mundo en el que vive, indiferente y desinteresada, criticona, ambiciosa, clasista, discriminadora y falsa, para quienes, propone la narrativa, peor que caer en desgracia, es que la gente al lado se dé cuenta de esto. Sofía sólo afronta la realidad una vez que se mira a sí misma en la desesperación, más humillada que con la frente en alto, en un intento por seguir manteniendo la fachada, hasta caer en cuenta que ya no es posible esconderse.

Lo interesante entonces, como lección importante que deja la cinta, es mirar hacia ese pasado de hace más de 30 años, reconocer cómo este escenario ha evolucionado y se ha adaptado al nuevo siglo, cómo aún hay círculos y personas más interesadas por la pretensión, la superficialidad y la aceptación de una apariencia que en la realidad en sí, escondida detrás de filtros, en donde la falsa idea que se tiene del derecho a la libertad se confunde con hacer lo que se quiere sin respeto al prójimo, como las ‘niñas bien’ creían, y que en realidad esconde ese anhelo por ser reconocido y venerado, porque la sociedad sigue estando marcada por el ‘complejo aspiracional’, por el deseo de ser superior, de querer pertenecer al club exclusivo y excluyente. Además de que, así como existe el que se aferra a no salir de ese círculo, también está el que aparenta estar dentro, porque, al final, el auto-engaño, el espejismo y la auto-mentira son mecanismos que hacen sentir al individuo que es algo más; son la aceptación del mundo de las apariencias, son el auto-convencimiento de que “puedo ser”, son, en suma, la enajenación de una población, ignorante de las circunstancias socioeconómicas que determinan su ubicación social y nivel de bienestar. La protagonista al final lo vive, pero no lo sabe.

Ficha técnica: Las niñas bien

Cine, Las niñas bien, 701 lecturas.

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