Pequeña Miss Sunshine

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Pequeña Miss Sunshine

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Escrito por Diana Miriam Alcántara Meléndez 01 de julio de 2021
Cine, Pequeña Miss Sunshine, Little Miss Sunshine
Pequeña Miss Sunshine

Un concurso es una competencia donde los participantes, que buscan la misma cosa u objetivo, miden sus habilidades para demostrar que merecen ganar el premio. Como toda competencia implica rivalidad, pues las partes recorren el camino para alcanzar la misma meta, pero competir habla más de contender que de disputar. La diferencia es que en lugar de contrariar al oponente, se dialoga con él; que los participantes den a conocer su punto de vista y perspectiva en lugar de callar al de junto, colocándose al lado del otro y no por encima o debajo de él, para aprender a mejorar, según el nivel de habilidad o conocimiento del de al lado. La idea es evitar descalificar hasta sacar al otro de la jugada, que es la competitividad, esa inequidad donde lo que termina importando no es lo que se sabe, sino la percepción, reconocimiento y obsesión por ‘ser mejor’ que los demás; ideología social marcada por la distinción radical entre ganar o perder, triunfar o fracasar, que se sustenta en la sensación de que estar por encima del promedio es la única señal que refleja valía. No es tanto la necesidad de reconocimiento como de reconocerse por encima del otro, lo que propicia en algún punto una falta de valores, que sustituye por conceptos como el individualismo o la indiferencia.

En la película Pequeña Miss Sunshine (EUA, 2006) se presentan una serie de personajes peculiares que parecen medirse a sí mismos, casi comparativamente, en función a las expectativas del colectivo, creándose metas y anhelos según los parámetros socialmente aceptados y valorados, antes que priorizar un razonamiento más propio de lo que esperan para sí mismos en la vida, según sus propios conceptos de éxito, felicidad, realización y autoestima. Dirigida por Jonathan Dayton y Valerie Faris, a partir del guión escrito por Michael Arndt, la cinta protagonizada por Toni Collette, Greg Kinnear, Steve Carell, Paul Dano, Abigail Breslin y Alan Arkin estuvo nominada a cuatro premios Oscar: mejor película, actriz de reparto (para Bresling), guión original y actor de reparto (para Arkin), ganando en las últimas dos categorías.

Al centro de la historia se encuentra la familia Hoover, un grupo heterogéneo con muchas ideas encontradas pero un punto en común, que finalmente descubren luego de un viaje en carretera hacia un concurso infantil de belleza: la importancia de los lazos de apoyo en el círculo familiar. Richard, el padre, trabaja como motivador profesional y espera construir un negocio lucrativo a partir de ello, sin embargo, el trato que tiene con un empresario para vender su modelo de discurso motivacional no parece estar yendo como esperaba, lo que le resulta frustrante, porque su filosofía de vida es radical y conservadoramente cuadrada; bajo la idea de que en el mundo sólo hay ‘ganadores y perdedores’, Richard no ve el punto medio, ese en que la persona crece al adaptarse y cambiar, al equivocarse o al ser feliz valorando las pequeñas victorias por lo que son, una vía de aprendizaje. Al contrario, para el padre sólo hay dos puntos distantes en la vida, el blanco y el negro; por tanto, su idea de ‘querer es poder’ no es una lección que habla sobre empuje, valor y decisión, sino que se desenvuelve en una inflexibilidad radical donde se gana o no se es nada, descalificando siempre al segundo grupo, al que percibe, sin conocer y sólo por prejuicio, como el débil.

Su propia mentalidad emprendedora le ha llenado de tantas ideas mal entendidas sobre lo que significa el éxito o la realización personal o profesional, que aquello que enseña no es cómo alcanzar ideales, sino idealizar imposibles. Cuando la meta es tan lejana que es imposible lograr, no llegar a ella produce miedo, estancamiento y frustración, que es lo que le sucede a Richard ante la impensable realidad de tropezar en su negocio, su carta de presentación, que creía seguro y del que se enorgullecía. “Corriste un riesgo y se necesita valor para eso”, le dice su padre; algo que Richard no entenderá sino hasta más tarde, cuando su propia hija le demuestre la importancia de aprender a aprender del miedo, porque en la vida las cosas no sólo son en blanco y negro, arriba y abajo, ganar y perder.

Sheryl, por su parte, es una madre de familia ayudando como siente que es mejor, lo que lleva a agobiarla cuando se da cuenta que todos están tan ensimismados y envueltos en sus propios problemas que han olvidado la solidaridad y el trabajo en equipo como forma de superación (personal y de los problemas). Su función es ser el pegamento de apoyo para todos aquellos a su alrededor, pero vive tan temerosa porque todo ‘salga bien’, que no siempre sabe cómo realmente ayudar. El problema es que no ha descubierto cómo contrarrestarlo porque, en efecto, cada miembro de su familia está aislado en su burbuja, flotando tan lejos los unos de los otros, que han dejado de actuar como familia y pasado a ser personas pululando apenas en el mismo espacio y tiempo. Para su sorpresa, el viaje en carretera es la experiencia que hacía falta para entender que no pueden enfrentar ni vivir la vida sino en conjunto, uno al lado del otro, sobreviviendo gracias al apoyo mutuo, porque para eso y de eso se trata la familia.

El tío Frank, el más recién llegado a la casa Hoover, es un catedrático experto en el escritor francés Marcel Proust (1871-1922), filósofo que retoma la importancia de la memoria y la introspección (mirar hacia el interior) como medio hacia el saber y el conocimiento (y entendimiento). Frank es un hombre exitoso y reconocido, quien es rechazado por su pareja, lo que lo lleva a un intento de suicidio, por lo que ahora debe vivir bajo la supervisión de su familia, por recomendación de sus médicos. La relación que plantea la película entre el personaje y el escritor, a forma de guiño casi cómico pero con reflexiones sobre la importancia de, antes que criticar al otro, hacerlo primero hacia uno mismo, se detiene en la idea de una sensibilidad tan viva que termina por cuestionar si ‘amar es sufrir’. La obra más famosa de Proust, cabría mencionar, ‘En busca del tiempo perdido’, habla de las dolencias, pesares, tristeza y angustia que forman y fragmentan al ser, como parte inequívoca de la vida.

En la película, Frank enfrenta con apatía no sólo el rechazo del hombre al que ama, sino el que éste haya iniciado una relación sentimental con su némesis académico, creando un vacío simbólico en el estado anímico de Frank, para quien, al inicio de la historia, todo lo que importa es lamentarse por su fatídico presente, lo que cambia cuando la vida misma toca a su puerta y termina por darse cuenta que hay cosas más trascendentales que el simple lamento. Es entonces que Frank deja atrás la introspección para poner todas aquellas reflexiones en acción, al punto que de alguna forma se cuestiona para qué sirve tanto dolor si no va a convertirse en otra cosa, en una lección de vida, por ejemplo, en un consejo o en un cambio de ruta de su propio destino y fijación.

Algo parecido es lo que le sucede a Dwayne, el hijo adolescente de Sheryl y Richard; un joven crítico e inconforme que mantiene un voto de silencio para que se le permita convertirse en piloto, el único deseo que lo mantiene en pie, algo que en realidad persigue para alejarse de su familia, a la que en silencio considera unos fracasados. Dwayne cree firmemente en educarse y conservar la disciplina, lo que le viene bien para crecer independiente, pero rechaza por ello todo lo que considera una banalidad dentro de su familia: las poses, los sueños idealistas, los anhelos truncados, el caminante merodeador y las falsas expectativas (de su padre, su madre, su tío, su abuelo y su hermana).

A su modo de ver, su objetivo está claro y pelea por ello, una determinación que lo distingue del resto, para que alcanzar algo tan ‘grande’ (convertirse en piloto, ‘lo que siempre quiso’) lo diferencie de los ‘pequeños’ éxitos de la gente a su alrededor. Su mundo se desmorona cuando se entera que no tiene los requisitos para entrar a la academia de aviación y eventualmente se hace a la idea de que ‘odia todo y a todos’, porque no hay nada en ellos que le enseñe o inspire en algo. Es Frank quien le dice que no puede aprender a apreciar los buenos momentos, el éxito y la dicha, si no ha fracasado primero, si no se ha tenido que levantar de una caída o ha vivido el dolor de un mal trago. Algo así como ‘disfrutar y aprender del sufrimiento y del pasado´, según dice Frank, referenciando a Proust. Dwayne finalmente se proclama por luchar contra el orden establecido y crear sus propias reglas, y aunque son más palabras espontáneas que un plan de acción, la idea de fondo es simple, ¿por qué vivir a partir de los parámetros, expectativas y criterio del otro, en lugar de los de uno mismo? ¿Por qué vivir para los demás?

Olive, la hija menor, se ve afectada particularmente a partir de esta idea. Tiene 7 años y está entusiasmada por un concurso de belleza infantil al que asume como un divertimento natural y pasajero; una actividad distractora inofensiva que le ha traído particulares alegrías, específicamente la convivencia con su abuelo. La competencia no es para ella más que simbólica, hasta que su padre la presiona con ganar, no sólo participar. La presión comienza a convertir el concurso en una vía de tensión y ansiedad para Olive, quien sabe que su padre mira el no conseguir el primer lugar en una competencia como un fracaso y, a sus ojos, eso la convertiría en una perdedora, lo que le afecta emocionalmente, pero también en su seguridad y desarrollo, pues tener miedo a defraudar los ideales de su padre, la paraliza.

Su abuelo Edwin, que ha estado instruyéndole en el baile que presentará para la sección de talentos del concurso, le aconseja, sabiamente, no preocuparse, en el sentido de darle al concurso el peso que tiene, como actividad de esparcimiento y recreación, por lo que le pide que se centre en divertirse, y nada más.

Pese a ello, Richard comienza a dejar en Olive la idea de que la imagen lo es todo y el exterior es más importante que el interior. ‘Belleza y éxito’ se vuelven un concepto que marca y confunde a la niña, especialmente cuando, por ejemplo, Richard le aconseja no comer helado, porque ‘el helado engorda y las jóvenes en los concursos de belleza deben ser delgadas’. Olive no puede asimilar todo lo que la frase significa porque no tiene todavía la madurez para entender todo lo que implica, ya sea en cuanto a estándares irreales de belleza, presión social, sexismo, la mujer ‘cosificada’ por el colectivo social e incluso conceptos como aceptación o rechazo, a partir de una discriminación.

Olive se enfrenta a una cruda realidad al llegar al concurso, cuando nota que para el resto de las niñas y sus familias la competencia es algo muy diferente de lo que significa para ella, asumiendo el concurso como una competencia sin sentido, pero vital. Las otras concursantes están sumergidas en una esfera donde la superficialidad y la idea de belleza ‘perfecta’, según los estándares sociales, es lo único que importa. El concurso no juzga realmente hermosura o talento, sino la capacidad para lograr cumplir con las expectativas del público.

En lugar de dar un paso atrás, como Richard y Dwayne sugieren, luego de ver el grado de competitividad y observar cómo organizadores y público presente ‘miden el éxito’ dentro del concurso, Olive, honrando a su abuelo, decide salir y aceptar el consejo que alguna vez le dio: no está ahí para quedarse con el título o la corona, sino para pasarla bien; porque en su mente ‘ganar’ significa salir al escenario y hacer aquello para lo que tanto se preparó: bailar. El momento es clave y catártico el dejar ir las apariencias para cambiarlas por libertad, y la pose y las auto-ataduras para sólo ser, disfrutar y vivir el momento, sin importar lo que otros digan o piensen. Su familia teme que se rían y burlen de ella, pero al final acogen ‘hacer el ridículo’ como algo en positivo; que el baile extravagante sirva para reírse de sí mismos. La idea es ser solidarios con Olive, pero también solidarios el uno con el otro; arriesgarse sin importar el resultado, pero apoyarse sin condiciones. Si el baile de Olive es estrambótico y extravagante, tal cual es la personalidad de Edwin, que se lo enseñó, y quien quizá buscaba divertirse con la idea de romper expectativas y preferir ser espontáneo, gracioso y ocurrente, de una forma ingeniosa e irónica; esa es la lección que al final los Hoover deben aprender: dejar de tomarse tan en serio a sí mismos, todo el tiempo, hasta aprender a reírse de uno mismo antes de que el otro lo haga.

Edwin, veterano de guerra que había sido expulsado del asilo donde vivía por consumir y vender drogas, siempre se caracterizó por la filosofía de que los altos y bajos de la vida te llevan al punto en que dejan de importarte tanto lo que digan de uno. En efecto, es el único, hasta antes del viaje, desinteresado por escuchar la opinión de la gente para, en cambio, vivir a su gusto. Esto lo hace de pronto hablar sin filtro y aparentemente sin juicio, pero también sin remordimientos y, por ende, con sinceridad. Tan directo que a veces es mordaz en su discurso. Su fallecimiento a mitad del viaje deja una importante huella en forma de lección para la familia y el espectador: ser imperfecto no está mal, al contrario, porque nadie es perfecto, exitoso y triunfador todo el tiempo; lo mejor es aceptarlo, acogerlo y crecer con y de ello. “Un perdedor es el que tiene tanto miedo de no ganar, que ni siquiera lo intenta”, dice Edwin; una lección importante que resume además el mensaje de la historia.

Ficha técnica: Pequeña Miss Sunshine - Little Miss Sunshine

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