Moxie

Mis días de cineDiana Miriam Alcántara Meléndez

Moxie

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Escrito por Diana Miriam Alcántara Meléndez 13 de mayo de 2021
Cine, Moxie
Moxie

La lucha por la equidad y en contra de todo tipo de discriminación, invita, entre otras cosas, a reflexionar sobre los modelos y patrones de conducta que casi por inercia pasan por alto la forma como se enseña a las personas a aceptar y repetir aquello por lo que se está peleando por eliminar, el sexismo, el machismo y el racismo, entre otros. Es decir, los estereotipos sociales y las conductas que llevan a discriminar a algunos individuos o grupos sociales se generan en el seno mismo de las instituciones en donde son educados los ciudadanos, de ahí la importancia de no callar ante las expresiones de discriminación que cotidianamente se observan, pero que se ignoran porque se consideran normales.

Sin embargo, por mucho que se alce la voz, se inculque una cultura de respeto y se invite a la reflexión, el cambio nunca será totalmente posible si el sistema que rige al colectivo no cambia también; no es suficiente con protestar, dialogar y apoyar, es necesario restructurar, personal y socialmente, incluyendo la política, economía, educación, forma de organización, comunicación y relaciones interpersonales.

La tendencia a ‘cancelar’ aquello ‘incorrecto’ por decreto (misógino, conservador, racista o discriminatorio, por ejemplo) no es forzosamente la mejor repuesta, dado que tiende a ser radical e inmediato, no reflexivo, pues borrar el pasado puede cancelar el futuro, predestinado a repetir los errores que se quieren eliminar, si en lugar de analizarse y dialogar, se les hace desaparecer o se ignora. ¿No es mejor entender qué no funciona y por qué?; para poder criticar, reflexionar y decidir, en lugar de pretender que nunca existió.

Moxie (EUA, 2021) es una película que habla sobre dejar de callar la inconformidad, con una revolución, no revuelta, con miras a abrir un canal de comunicación, dentro de una sociedad, una escuela en este caso, que invite a entender aquello que no favorece al desarrollo humano y la convivencia sana, específicamente aquí, el favoritismo hacia ciertos estudiantes, la cultura sexista en los pasillos, el doble estándar o doble moral dentro de las instalaciones y en las reglas de conducta, la inequidad de género y el desacierto de un sistema que condona y acepta como ‘normal’ la desigualdad.

Dirigida por Amy Poehler y escrita por Tamara Chestna y Dylan Meyer, a partir de la novela literaria de 2015 de Jennifer Mathieu, la película está protagonizada por Hadley Robinson, Alycia Pascual-Peña, Lauren Tsai, Patrick Schwarzenegger, Nico Hiraga, Sydney Park, Josephine Langford, Clark Gregg, Ike Barinholtz, Amy Poehler y Marcia Gay Harden. La historia sigue principalmente a Vivian, una joven de 16 años acostumbrada a la dinámica de su escuela, donde estereotipos son asumidos como una rutina ‘inofensiva’. Excepto que en realidad, la discriminación crea injusticias de las que pocos se atreven a hablar, menos condenar, ni exigir apoyo hacia lo moralmente correcto; en su lugar se elige seguir con el status quo existente.

El comportamiento misógino es ignorado, pero no sólo eso, la discriminación hacia la diversidad étnica y sexual es sólo un ejemplo de las minorías siendo pisoteadas dentro de un sistema que favorece al ‘estudiante modelo’, por inercia, por mera costumbre, arquetipo y percepción social. No se trata del más capaz académicamente, ni del más sobresaliente en actividades extracurriculares, sino del que más se acomoda al modelo socialmente aceptado, una vez que ‘la imagen lo es todo’; y para la directora de esta escuela, la señora Shelly, también interviene la ley del menor esfuerzo, en la que es más fácil repetir que proponer, o ignorar que pensar.

El estudiante modelo es Mitchell, deportista estrella del equipo el fútbol americano, muy valorado en su entorno social, a pesar de que ni él ni su equipo obtienen triunfos deportivos que los respalden. El favoritismo hacia Mitchell es sobreentendido, en una escuela acostumbrada a seguir la corriente, que calla la injusticia, reforzándola por el contrario con etiquetas y estereotipos de los que todos son partícipes, también por inercia, específicamente en este caso, con una lista de superlativos que califica a los estudiantes por sus cualidades físicas y que, así, no celebran realmente a la persona por quien es, sino por lo que la sociedad enseña a valorar: banalidad y superficialidad, encasillando al individuo por lo que se cree que es, reduciéndolo a un rasgo único, como si ello definiera todo lo que representa; resulta así un sentir de humillación y difamación que provoca burlas, agresiones, críticas lascivas, señalamientos que hieren, calificativos que exageran y en suma, discriminación y hostilidad.

La perspectiva de Vivian, que suele mantenerse al margen como escudo de autoprotección, cambia con dos situaciones particulares. La primera, descubrir el pasado rebelde de su propia madre, Lisa, partícipe en protestas públicas en sus años de estudiante, bajo el argumento de la necesidad de exigir un cambio revolucionario para mejorar el contexto; actitud de rebeldía e inconformidad que no imaginaba en su madre y que la motiva a expresar sus propios sentimientos de rechazo al mundo hostil e injusto que percibe en su escuela. La segunda es la llegada de Lucy, una nueva estudiante que, al no permanecer sumisa ante la presencia desafiante de Mitchell, como la mayoría, hombres y mujeres, suelen hacer, es inmediatamente acosada por él. Vivian percibe su actitud como un ejemplo de valor digna de respetar y emular.

Lucy exige reprimendas, dado que el acoso y la intimidación es una conducta ofensiva inapropiada, y lo denuncia con la directora, quien la ignora, replicando que el ‘acoso’ es una acusación que requeriría ‘mucho papeleo’ burocrático, pero además, defendiendo a Mitchell y señalando negativamente a Lucy de ‘reaccionar exageradamente’, desestimando como insignificante la conducta del deportista estrella, algo que es todo lo contrario. Ese es el problema social, marcar con rechazo al que exige justicia, haciéndolo sentir menos o ‘fuera de lugar’, cuando hace lo moral y éticamente correcto. Entonces, conducirse con apego a principios morales, exigir un mínimo de ética en las decisiones de las autoridades, es ignorado y rechazado por la misma autoridad. ¿Cuándo alzar la voz, exigiendo derechos, se convirtió en algo mal visto y castigado?

Vivian intenta ser solidaria, conforme asume lo que hace Mitchell como cotidiano, dado que lo entiende así según su contexto, una sociedad que tiende mejor a aceptarlo, antes que condenarlo, ya sea por un pensamiento machista preponderante o porque históricamente está acostumbrada a que las voces de protesta que se alzan son desafiadas, calladas y presas de represalia. Vivian le aconseja a Lucy no hacer caso a Mitchell, pero la otra insiste que ella no tendría por qué hacer eso, como si lo que pasa no fuera importante, porque al contrario, lo es y debe denunciarse. No es ella la que tiene que voltear la cara, es Mitchell quien debería entender que su actitud dañina y tóxica está mal y no debería comportarse así. Si es él quien debería dejar de acosar a sus compañeras, intimidarlas o humillarlas, ¿por qué es ella la que tiene que cargar con las consecuencias?

Es entonces cuando Vivian, en un acto de coraje y decisión, publica su propia revista de protesta, Moxie, en la que denuncia y expone todos los ejemplos indignantes de trato injusto dentro de su escuela, como por ejemplo de la estudiante que es enviada a casa por llevar puesto un top ‘revelador’, a pesar de que sus compañeros y compañeras no reciben llamados de atención por el equivalente de lo que se le exige a ella, no obstante que todos tienen la obligación de seguir el mismo código de vestimenta. Con ello se hace evidente que si su vestimenta, o su cuerpo, hace a otros sentirse incómodos, la institucional respuesta es hacerla sentir incómoda a ella por ser quien es, poniendo primero la censura y el castigo, antes que la aceptación.

Decirle qué vestir es decidir sobre su persona y sobre su cuerpo, sobre su femineidad, identidad y libertad, pero decirle que está mal, mientras que el de junto está bien, juzgando y diferenciando pese a que son iguales, deja un mensaje que, parece decir, o asumir, que se le trata diferente y/o se le hace menos, simplemente por ser diferente.

Algo parecido le sucede también a Kiera, capitana del equipo de fútbol, quien pierde la oportunidad de ganar una beca porque compite contra Mitchell, que en un discurso de odio, usa el miedo para manipular, para descalificar a su competencia y al grupo que la apoya, aquellos estudiantes que piden nada más que la mujer sea respetada, no sexualizada, ni objetizada o minimizada.

Vivian y sus amigas en esencia reclaman poner fin a un sistema patriarcal que no las mira ni las valora; a una estructura conservadora con una autoridad que dicta pero que no se atreve a tomar postura (análisis y decisión) cuando el debate entre partes demanda reevaluar las reglas, especialmente aquellas más tradicionalistas. El feminismo es un principio de igualdad de derechos para el hombre y para la mujer, no uno por encima del otro. Esto es por lo que pelean estas jóvenes, por crear un ambiente donde todos reciban un trato justo, equitativo, donde no sean encasilladas, sino reconocidas por su individualidad, no la percepción de como otros creen o esperan que sean.

El recorrido para entenderlo no es el mismo para todos, cada quien razona y se da cuenta, o no, según la experiencia que han vivido. Cada quien lucha a su manera y aporta como puede, según sea el ritmo de sus vidas. Claudia, la mejor amiga de Vivian, por ejemplo, lidia con sus propias presiones sociales, como hija de una inmigrante. Cree en el movimiento y lo apoya, pero no puede ir al mismo ritmo que las demás, porque su personalidad busca otros caminos, más seguros y callados, para llegar al mismo objetivo; en lugar de arriesgarse sumándose a la propuesta más osada de sus compañeras, prefiere encontrar otras formas como aportar. Claudia batalla consigo misma cuando no puede unirse a las muestras de protesta pública, porque su contexto no es igual que el de su amiga. No puede arriesgarse igual a romper las normas, cuando teme que ello pueda ocasionar problemas con la autoridad escolar y, por ende, obstaculizar su futuro universitario específico que tiene en mente, y que elige a fin de abrirse oportunidades a largo plazo, algo por lo que su madre se ha sacrificado y por lo que ella misma tiene que pelear más rigurosamente que otros más privilegiados (económica, social y hasta racialmente).

De esta forma la película invita a preguntarse: ¿qué hago yo por promover la equidad?; ¿qué hago yo, directa o indirectamente, que reproduzca esos modelos machistas que propician la inequidad?, o ¿qué puedo hacer yo por cambiar y cambiar aquello que provoca injusticias sociales, para terminar con ellas? No todos pueden ser como Vivian, que inicia no una rebelión (levantamiento contra el orden), sino una revolución (movimiento a favor de un cambio significativo). Algunos pueden ser como Seth, solidarios a la causa en la que creen, demostrando compromiso, con acciones; o como Claudia, dando orden a las ideas cuando éstas parecen perder de vista el enfoque importante de la lucha; o como Lucy, alzando la voz cuando es lo correcto e inspirando a otros a hacer lo mismo; entre otros ejemplos.

Daña tanto la actitud de Mitchell, arrogante y gandalla porque puede, como la de Shelly, distante e inclinada por el camino más fácil, que menos la involucre y que transita eligiendo la desidia y la ignorancia. Igualmente, la revolución es de todos, y se aprecia por igual tanto al que grita alzando la voz para ser escuchado, como al que lo hace con la misma dedicación pero con un enfoque más moderado; o el que simplemente se atreve a dejar de callar, para hablar con la verdad; como Emma, la exnovia de Mitchell, quien ante la iniciativa del grupo Moxie, se atreve a denunciar haber sido violada por él, algo que no había dicho antes por temor a ser ignorada, o peor, señalada y estigmatizada por hablar de un tema muchas veces tabú y que sabe la pone en peligro de convertirse en su etiqueta, que se volverá una marca que dolerá y afectará quizá casi igual que el ataque mismo, injusta y cruelmente, pero que es la verdad que viven muchas personas en la misma posición que ella.

La palabra ‘moxie’ significa algo así como agallas, determinación, vigor o coraje. De eso habla la película, a través de un mensaje sencillo y digerible, pero no menos reflexivo, con énfasis en recordar que no porque algo se repita insistentemente significa que está bien o deba aceptarse sin cuestionar; y que la equidad significa respetar. Exigir aquello a lo que se tiene derecho nunca será incorrecto. También invita a recordar que, lamentablemente, a veces la injusticia y discriminación sucede en los actos más cotidianos de la vida misma, en la casa, el trabajo, los deportes o la escuela, entre muchos otros más. Pero así como en la película la voz de uno puede provocar grandes cambios y un eco que hace que más voces se sumen a continuarlo, así en el mundo real la discriminación, la misoginia o la agresividad, se pueden combatir, sólo hace falta, en efecto, decisión.

Ficha técnica: Moxie

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