Morgan

Mis días de cineDiana Miriam Alcántara Meléndez

Morgan

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Escrito por Diana Miriam Alcántara Meléndez 25 de marzo de 2021
Cine, Morgan
Morgan

Es significativo que el hombre se pregunte qué lo hace humano, porque en ello aprende a reconocerse y evolucionar. No es sólo su capacidad para aprender y cambiar, de crecer y sentir; no es tampoco que se humaniza al desarrollar su capacidad de organización y socialización, creatividad y habilidad para resolver problemas; pensar y deducir, recordar y tener emociones. Es todo eso y mucho más, pues el hombre se realiza, sobrevive y se reproduce siempre en relación con el otro, con su prójimo. Los hombres se convierten en humanos a través de un largo proceso histórico que pasa por el desarrollo de habilidades de supervivencia, de hábitos y costumbres, de normas de conducta, de comunicación y de lenguaje común, que implica construcción de ideas, conceptos y valores morales, es decir, implica la generación y aceptación de una cultura. ¿Qué sucede entonces cuando se programa genéticamente en un ser vivo la habilidad para repetir o reproducir todo esto? ¿Es viable reproducir factores culturales mediante inteligencia artificial? ¿Se pueden prevenir y controlar todas las variables?

En Morgan (Reino Unido-Estados Unidos, 2016), la protagonista es un ‘organismo biológico híbrido capaz de tomar decisiones autónomas y con emociones complejas’. Creada en un laboratorio a partir de avances científicos en bioingeniería, con los que es posible convertir material sintético en un ser vivo suficientemente parecido al humano; el condicionamiento de su comportamiento no puede ser simplificado, ni medido, limitado o controlado, pues como persona pensante Morgan también aprende a interpretar e improvisar, según parámetros sociales que copia o deduce, adaptando a sus necesidades y programación básica. ¿Es Morgan un individuo independiente y autónomo, o un organismo parecido, pero nunca idéntico al hombre, que copia e imita, pero que no es?

Escrita por Seth Owen, dirigida por Luke Scott y protagonizada por Kate Mara, Anya Taylor-Joy, Toby Jones, Rose Leslie, Paul Giamatti, Jennifer Jason Leigh, Michelle Yeoh y Boyd Holbrook, la historia plantea cuestionar las implicaciones éticas en el proceso de ‘crear vida’ de manera ‘no natural’, a partir, además, de una iniciativa que responde a intereses tecnológicos y empresariales, pues en el fondo Morgan es producto de un proyecto financiado por una compañía privada que busca hacerse de un prototipo de arma. Doble problema de origen: primero se pretende crear un arma “humana”, letal, con el conflicto ético que encierra para el “ser” creado artificialmente y, segundo, el interés más que científico es económico, la búsqueda de beneficios, por lo que el resultado se valorará más en función de ello que de las implicaciones éticas en su aplicación social.

Encerrados en instalaciones aisladas, el equipo que monitorea a Morgan y lleva cinco años conviviendo con ella, la mira como ‘parte de la familia’, como un “individuo” más, en lugar de un producto comercial del cual se espera al final una ganancia. Entre ellos hay quienes la valoran porque es muestra tangible de la capacidad humana para lograr con éxito crear vida, también humana, a partir de la biogenética, mientras que otros la asumen en su trato casi como una hija, en lugar de un objeto de estudio, a la que enseñar emociones y conductas, socialización y conocimiento, como harían cualquier otro niño pequeño. El problema es que Morgan no es ni una ni otra, no es un humano, es una cosa, un objeto que reacciona acorde al motivo por el que existe y no bajo conductas estrictamente racionales, o humanas, sino programadas.

Un reciente incidente violento en que Morgan atacó a una de las doctoras del equipo, resulta en que la empresa envíe a su empleada Lee Weathers a evaluar el ‘producto’ y decidir si es conveniente proceder con el experimento o terminarlo. Su misión como encargada de gestión de riesgos es analizar si el potencial de ganancia estimada vale la pena respecto a la inversión en ella; para lo que necesita ser concreta, no emotiva, llevando la ventaja de no conocer a nadie y, por lo tanto, no sentir compromiso o apego, estimación o consideración especial ni con Morgan ni con nadie del equipo.

La misión de los encargados no es sólo desarrollar el prototipo siguiendo protocolos, sino, como parte de esto, enseñar a Morgan su lado ‘humano’; pero si la joven puede aprender de amor y tristeza, también lo puede hacer sobre odio e ira, porque así está programada. ¿Qué tan humana entonces es Morgan? Su mente aún no procesa a fondo la diferencia entre correcto e incorrecto, entre el bien y el mal, su organismo no desarrolla una capacidad de interpretación moral y esto entra en conflicto con quienes convive, dada su reacción violenta y sanguinaria; no olvidar que es, antes que cualquier otra cosa, un arma. Sensaciones desconocidas, dudas sobre su existencia y sobre las consecuencias no previstas en relación a sus actos son un haz difuso que está intentando entender, para usar a su favor, a partir, en parte, de ensayo y error. Morgan, por ejemplo, se disculpa por lo que hizo, invocando un error de juicio para prevenir más reprimendas, más que por entender el principio moral involucrado. Pero, la evaluación psicológica que se le pide a un asesor externo realizar, busca determinar si Morgan se disculpa porque reacciona exclusivamente por inercia, o porque de verdad siente arrepentimiento por lo que hizo. Algo que indicaría, en efecto, el perfil humano, sensible o cruel, de su esencia o naturaleza.

Si Morgan está en el proceso de aprender a reconocerse a sí misma y descubrir su identidad, es lógico que entre en conflicto consigo misma y con el propósito para el que fue creada, es decir, se le capacita para asesinar al mismo tiempo que se pretende desarrolle sentimientos afectivos hacia los humanos que la rodean. El problema es que la identidad es un proceso sociocultural histórico, que “ella” no atraviesa, por su acelerado ritmo de crecimiento. Su objetivo básico de arma mortal está siendo suprimido, o al menos contrarrestado, por un grupo de personas (su supuesta familia artificial) que le enseña a ser todo lo contrario, resaltando ideas como amar y empatizar, en lugar de, estratégicamente, cultivar con discreción la función para lo que fue creada. Cuando es visceral es mal visto, porque el objetivo es hacer a Morgan ‘más humana’; pero al hacerla más consciente, ¿no entra esto en conflicto con el objetivo inicial para el que fue creada? En todo caso, si se espera que sea un arma, ¿qué tan humana tiene que ser, o aparentar ser? Cuidadosa, resolutiva y obediente, esperan que sea, pero entonces también implica que actúe condicionada a acatar, no a pensar ni a cuestionar sobre la bondad de sus acciones.

La paradoja aplica sin duda al conjunto social de la milicia, en donde se capacita a los humanos en acciones destructivas, se les reconoce por sus virtudes asesinas hacia los otros, los considerados enemigos, pero se les sanciona cuando se comportan con violencia y agresividad en el interior de su propia sociedad. En este caso, el proyecto está destinado a fallar, porque Morgan está enfocada en aprender a ser ‘demasiado humana’, lo que entra en conflicto con la tarea para la que fue diseñada; porque hacerla más humana, no empatará con su funcionalidad de uso. Incluso, más allá de ello, el problema no resuelto es cómo hacerla humana sin insertar en su programa el “sentido ético” de la vida.

Lee insiste en llamarla ‘cosa’ (prototipo, objeto, arma), no ‘ella’ (persona, humana, individuo), pero se encuentra con científicos que cometen el error de dejarse llevar por sus propias emociones. ¿Quién tiene la razón, el que marca su distancia porque Morgan no deja de ser un ‘mecanismo creado’, no un humano nacido; o el que valora la vida dada y creada, que ‘merece’ ser reconocida como tal, en tanto reclama los mismos derechos que una persona cualquiera, que vive y respira igual que ella?

Morgan no es una niña indefensa y víctima, por mucho que físicamente lo aparente, es sólo que el equipo la asume como ‘suya’, porque la ha visto crecer y ayudado a desarrollarse. ¿Es ético crear a un humano, modificando su ADN para convertirlo en un arma? ¿Es ético modificar el ADN para ‘mejorar’ al hombre, cuando es imposible medir las consecuencias que estas alteraciones traigan consigo? Morgan habla, piensa, razona y siente; en términos generales, todo esto la hace humana, pero sus intenciones no lo son, pues su proceder obedece a reacciones químicas, de una forma natural e instintiva, que lucha para vivir, pero nada más.

Aquello que la hace diferente, la hace peligrosa, porque como arma, Morgan no sólo está programada para ser fuerte, ágil y violenta, sino también concreta, distante y manipuladora. Cuando se topa con un venado herido, lo mata para terminar con su sufrimiento. Pero cuando le niegan salir a pasear al lago, ataca en venganza. Para “ella” el dolor y la muerte no significan nada, le son ajenos como conceptos emotivos. Su razonamiento podría ser explicado como infantil, pues no mide ni sus capacidades ni las consecuencias de sus actos (después de todo tiene 5 años y su mente es como la de un niño pequeño que aún no dimensiona al cien por ciento su mundo); pero quizá Morgan actúa de forma salvaje y primitiva precisamente por una falta de evolución en su proceso de crecimiento. Si en sólo meses ya parece una niña y luego de unos años parece ya una adolescente, su proceso natural de crecimiento se ha visto alterado notablemente, siempre, además, bajo lineamientos específicos que no priorizan la ‘humanidad’ dentro de ella, sino la practicidad como instrumento de ataque y defensa, su valor de uso como medio de destrucción.

Encerrada, con contacto humano limitado, sabiéndose creada en un laboratorio y aprendiendo sobre sensibilidad humana, sin verdadero ejemplo de vida a tomar como referencia, razona acartonadamente porque no tiene un patrón específico a seguir, más allá de lo que le dicen, lee, escucha o deduce; mirada simplista, aleatoria y reducida de un mundo más grande que desconoce. Aprende de música, vida, arte y ciencia, pero la información sólo se le avienta como si se tratara de una computadora recibiendo datos indistintamente; pero si vive en una jaula de cristal, siempre vigilada y detrás de una barrera que la diferencia, es evidente que cuestione su entorno, su función, su perspectiva a futuro y su ideal de libertad.

¿Sería Morgan diferente de haber sido colocada en un hogar tradicional luego de haberla creado en un laboratorio? ¿Sería diferente de no saberse un experimento? ¿Podría algún día con éxito emular a la perfección al humano, en su actuar, sentir, razonar, adaptarse y decidir? Cuando ataca y mata, el grupo la protege, asumiéndola como una niña que ha cometido una equivocación quizá inocente, pero, si no la hubieran visto nacer y crecer, si no tuvieran simpatía hacia ella, porque ‘la conocen’, ¿no condenarían su actuar violento y asesino?, ¿no dirían que por naturaleza es peligrosa y que por ello no hay forma de incorporarla a un entorno social libre?

El éxito del experimento no sólo significa que Morgan aprenda a ser letal en cuestiones de fuerza y agilidad física, sino que sepa también relacionarse y camuflarse para disimular convincentemente su naturaleza, completando órdenes sin ser percibida por aquello que la diferencia. Precisión y disciplina, que la haría algo más cercano a un soldado robot que a un humano, siguiendo directrices, acomodándose a las necesidades del escenario y priorizando no su persona, o a los otros a su alrededor, sino el objetivo que se la ha dado a cumplir.

“Previmos que al desarrollar un modelo más consciente de sí mismo, más autónomo y más humano, podríamos enseñarle a ser lo mejor de nosotros. La intención era demostrar que es posible una forma de vida sintética más refinada y pacífica”, dice la doctora Cheng, una de las científicas participando en el prototipo. Según explica, la idea de fondo era mantener la iniciativa del producto, recubriendo con un halo humano, más libre, más evolucionado. Pero lo que no previeron realmente es que la propuesta parecería imposible desde un principio, porque la iniciativa chocaba ya con la función principal programada, que es convertirla en asesina sigilosa, espía suspicaz y observadora calculadora, que sopese la misión frente al fracaso y priorice cumplir la tarea asignada.

“No ha podido ir más allá de sus parámetros de diseño como arma”, agrega Cheng, una vez que ha entendido el fallo del experimento y ordena que procedan para terminarlo definitivamente como propone Lee. Para entonces Morgan ya es el resultado de órdenes y enseñanzas contradictorias que no sabe cómo organizar, por lo que entra en conflicto cuando el intento por matarla lo asume como una traición y engaño (darle vida y enseñar a valorarla, para luego quitársela), porque en el fondo, Morgan responde al principio básico que mueve a cualquier ser, incluido el ser humano: sobrevivir.

Ficha técnica: Morgan

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