Portadores

Mis días de cineDiana Miriam Alcántara Meléndez

Portadores

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Escrito por Diana Miriam Alcántara Meléndez 01 de octubre de 2020
Cine, Portadores, Carriers
Portadores

Las reglas son normas establecidas por un grupo social, una comunidad; son fundamentos acordados a favor del colectivo, que dictan el modo establecido para actuar, proceder, decidir y mejor ejecutar acciones, según el contexto del que se trate. Las reglas existen para salvaguardar la convivencia y la armonía y, para fines prácticos, deben seguirse porque mantienen el orden y la cohesión del grupo. Esto no significa que los lineamientos sean inflexibles, pues quienes las establecen igual pueden modificarlas, o llegar a nuevos ordenamientos, pero, porque responden a favor del conjunto, según sus necesidades y la realidad de vida existente a su alrededor, seguir normas implica la responsabilidad de aceptar y respetar la organización social en que se vive, implícito en ello un código de honor, valores sociales, moral, identidad, visión del mundo y hasta comprensión del pasado y anhelo de futuro.

En Portadores (EUA, 2009), película coescrita y codirigida por Àlex y David Pastor, protagonizada por Chris Pine, Piper Perabo, Lou Taylor Pucci, Emily VanCamp, Christopher Meloni y Kiernan Shipka, los personajes principales son 4 jóvenes viviendo en un mundo en el que un virus se ha esparcido y matado a la mayoría de la población. Coincidiendo en tiempo y espacio, para sobrevivir emprenden un viaje para alejarse del peligro, siendo necesario definir reglas de conducta que aseguren su supervivencia e incluso un transcurrir armonioso.

Brian y Danny, hermano mayor y menor respectivamente, viajan en carretera por Estados Unidos junto con Bobby, la novia de Brian, y Kate, una chica que conocieron en el camino. Sabiendo que una cura para el virus es improbable, que la posibilidad de infección es alta, lo mismo que la letalidad, y que no existe ya ninguna forma de gobierno que les dé esperanza de salvación, los 4 se dirigen hacia una playa de Los Ángeles, que los hermanos visitaban con su madre cuando eran niños y donde esperan, idílicamente, establecerse para vivir.

Dadas las condiciones de peligro en las que el mundo se encuentra, donde la carretera es una tierra de nadie, los saqueadores y oportunistas abusan de los más débiles y la solidaridad es lo último que pasa por la mente de las personas, porque esto los hace presa fácil, Brian ha trazado una serie de reglas que guían al grupo en su viaje. La primera es evitar a toda costa a los enfermos, dada la facilidad de contagio y porque el virus mata con rapidez; la segunda es desinfectarlo todo, especialmente aquello con que los enfermos pudieran entrar en contacto; y la tercera, tal vez la más importante por el sentido de renuncia o desprendimiento que conlleva, es hacerse a la idea, tener bien claro, que alguien infectado es alguien ya muerto, en el sentido de que entrando el virus a su cuerpo, no puede hacerse nada por ayudarlos.

La filosofía que guía la vida de estos chicos demuestra que mantenerse al margen del otro y velar por sí mismos responde a una inquietante lógica y natural: su supervivencia. La pregunta es a qué precio. Visto desde la perspectiva práctica, fría pero realista, el bienestar personal siempre está por encima del colectivo, porque el trabajo en conjunto a favor de la mayoría, aquí simplemente ya no existe, dado que ya no hay una sociedad como la conocemos, sino islas de sobrevivientes peleando los unos contra los otros por los recursos que quedan para vivir al día. Una parábola del devenir humano, grupos de individuos luchando en contra de otros por territorios y bienes.

El punto de vista cambia, evidentemente, según la realidad y condiciones en las que cada grupo se encuentre. Los cuatro protagonistas han sabido sobrevivir hasta ahora dando la espalda a quien lo necesita cuando no hay nada que el otro les ofrezca a cambio, tomando las medidas de precaución necesarias aunque parezcan exageradas, como es alejarse de todo y de todos para no destacar, llamar la atención o hacerse notar, en cualquier sentido de la palabra, ya sea como el altruista solidario que se vuelve blanco de ataques o el aislado indiferente que provoca el recelo y odio de los demás por su actitud individualista.

Su opinión respecto al panorama se forja según la fortuna, o mala fortuna, como les vaya en su andar. Cuando su vehículo se descompone y deben pedir ayuda a un hombre que viaja con su hija pequeña, a quienes les negaron compartir gasolina cuando aquellos se la pidieron, los chicos saben que necesitan cambiar de estrategia y adaptarse, según las nuevas circunstancias. Proponen un trato que encuentre un punto en común que les beneficie a ambas partes, acuerdo no motivado por la solidaridad hacia el otro, sino más bien por el qué tanto pueden comprometerse, conforme a lo que necesitan de lo que el otro tiene.

Para Frank, que transporta a su hija Jodie hacia una base militar donde escuchó que médicos encontraron una vacuna, la única cosa importante es salvarla a ella, quien está enferma; no le interesa cómo o qué tanto le cueste lograrlo. Su prioridad no es él, sino su hija, y sus reglas no van a favor de lo que pueda beneficiarle a él o a la comunidad, sino a Jodie.

Las ideas de Frank y Brian chocan por una diferencia de opinión bien marcada, según cada uno ve la situación y, más que nada, según la vive. En un mundo donde aplica la ley de la ‘supervivencia del más fuerte’, las preguntas de quién vive, quién muere, quién se infecta o quién sobrevive, se vuelven un tema controversial del que nadie tiene respuesta clara, si bien todos tienen algo qué decir.

Brian cuestiona en un punto si la enfermedad es un castigo de Dios, si la enfermedad está afectando a aquellos ‘que lo merecen’ o si la enfermedad no está simplemente fungiendo como una ‘selección natural’, propia del ciclo de la vida. Frank evidentemente difiere, porque no encuentra una explicación convincente del por qué su hija pequeña, inocente, amada y con todo el futuro por delante, pueda ser víctima de una realidad como la que vive, causada por un virus desconocido del que nunca se encontró ni el origen ni la cura y que mata indistintamente, sin importar clases sociales, religión, sexo, raza o demás. ¿Por qué castigaría Dios a un inocente? ¿Por qué ‘merece’ un niño morir, cuando gente cruel y abusiva transita por el mundo con toda libertad y sin preocupaciones? ¿Por qué existe el virus?

Las preguntas no tienen respuestas, porque a veces las cosas simplemente suceden; es la naturaleza encontrando su camino o es la humanidad sucumbiendo ante sus errores; nadie lo sabe. No sirve de nada encontrar culpables, porque no los hay. Aun así, y tal vez por esa necesidad del ser de encontrarle respuestas a sus preguntas, culpables a sus problemas y venganza a sus pesares, los protagonistas se topan con varios ejemplos de crueldad y violencia, castigando al prójimo para sacar esa ira interna y dejando así salir sus miedos y sus frustraciones.

En un mundo donde la suerte se la construye cada persona, ¿a qué pueden aferrarse los que aún quedan vivos? Frank ansía que el rumor de una cura sea la salvación para su hija y se aferra ello; la esperanza es significativa para un padre cuyo mundo entero es su hija, mientras que esa misma esperanza les es indiferente a los demás, porque no es una preocupación en sus vidas, sino hasta que el primero de ellos cae enfermo.

La perspectiva en efecto cambia de manera radical, especialmente para Brian, cuando Bobby enferma y, de paso, se lo oculta. Todo aquello que pensaba y creía, profesaba y defendía, se desmorona frente a sus ojos. Resiente la mentira de Bobby, quien no dice que se ha infectado precisamente por el miedo a ser rechazada y abandonada, que es lo que finalmente sucede; pero, en especial para Brian, lo que pesa es que tener cerca a un infectado representa la posibilidad de no alcanzar esa meta que se ha trazado: salvar a su hermano menor.

Frank no duda en hacer todo lo posible por salvar a su hija, pero Brian no actúa de la misma manera con Bobby cuando se presenta el caso. En el entendido de que la enfermedad se puede contagiar igual que un resfriado, Brian y los demás se alejan de Bobby para no tener ni siquiera que tocarla. En el espectro opuesto, Frank no duda en abrazar a su hija cuando la niña requiere de ese apoyo humano y emocional de su padre, no importando si el padre se infecta en el proceso. La diferencia de la relación entre Frank y Jodie es abismal en comparación a la de Brian y Bobby, no sólo porque Jodie es una niña que depende del adulto, sino porque Brian debe preguntarse qué tanto haría por su novia y si es ella más importante que su hermano.

Bobby hará lo que sea por sobrevivir, como cualquier otra persona en su posición haría, incluso si esto representa poner en riesgo a otros a los que ama. Para ponerlo más en perspectiva, Bobby se infecta por querer ayudar a Jodie cuando la niña se sofocaba. La película en sí no dice que no es bueno ayudar a otros, sólo plantea cómo la realidad del contexto, el virus en este caso, deshumaniza al ser por las circunstancias en que posiciona a las personas en relación con sus semejantes (un virus que se contagia como un resfriado, es un virus que provoca que las personas se alejen, se aíslen y se distancien). El acto de bondad de Bobby termina siendo su condena y lo que el resto de los personajes debe aprender con la lección es no a dar la espalda al más necesitado, sino a actuar con inteligencia, sin bajar nunca la guardia. Bobby pudo haber ayudado a Jodie y no contagiarse, de haber sido más precavida, (usar el cubrebocas que tenía a la mano, tranquilizar a la niña hablando, abrir el espacio aislado con precaución, desinfectando y evitando el contacto físico con ella), de actuar con más astucia, más raciocinio y menos impulsividad.

Eventualmente, ante un latente foco de contagio dentro de su propio círculo, es Kate quien insiste a Danny que tener a Bobby cerca es un peligro para los cuatro. Brian toma la iniciativa de dejarla atrás pese a ser alguien cercano a él, una decisión dura pero necesaria; más importante, una decisión que alguien tiene que tomar, con suficiente carácter para decidir y tomar acción, proceder y mantenerse firme ante las reglas previamente establecidas.

La situación vuelve a ser diferente cuando es Brian quien enferma, porque ni él tiene el coraje suficiente para alejarse y darle a su hermano y a Kate una mayor probabilidad de sobrevivir, ni Danny tiene tampoco el suficiente carácter para tomar el camino necesario, hacer lo que se debe hacer y dejar a Brian morir solo.

En un nivel lógico-racional, Brian haría lo correcto alejándose por cuenta propia y Danny dejando a su hermano para enfrentar en solitario su destino, pero la relación emocional es más fuerte y lo que sienten pesa más que lo que la lógica dicta. Así mismo, el hermano mayor se aprovecha de la debilidad del otro, sabiendo que no hay material de liderazgo en su hermano como para tener firmeza y convicción cuando la situación se lo exige. Brian no se va, al contrario, esconde las llaves del auto, porque espera que, ahora sí, porque le conviene, el lado humano de solidaridad y caridad de Danny lo acoja en un momento en el que todo ya está perdido; su prioridad es vivir en compañía sus últimos días, evitar ser abandonado. Esa es la humanidad que Frank daba a su hija y que Brian siempre criticó.

Al final es Kate, quien en un principio parecía el eslabón más débil, la que sobrevive con más facilidad de adaptación, en esencia porque nunca creó una dependencia emocional hacia otros, precisamente porque nunca formó parte de esta ‘familia’ que la acogió, ni entabló relación estrecha con ellos. Esa ausencia de lazos afectivos le permite ejercer capacidad de desapego emocional. Kate sabe mantenerse independiente, debido a las circunstancias, hasta entender que hay momentos en los que, para sobrevivir, lo que debe importarle por sobre todos los demás es ella misma. Inicialmente se aferra a encontrar un teléfono para contactar con su familia, pero Bobby le dice que sus esperanzas son vacías. Cuando Kate entiende el trasfondo de la idea, que está sola porque en este mundo todos, a fin de cuentas también lo están, la chica dimensiona la realidad, ayudando cuando tiene que ayudar, manteniéndose al margen cuando es lo más prudente que puede hacer, en lugar de exponerse o hacerse el héroe, cuando esto implique mayor riesgo para su propia vida.

En algún punto de la historia el grupo se pregunta si la única verdadera esperanza que queda es esperar a que el virus muera, se extinga en forma natural, o a que la gente lo haga primero. Cada grupo tiene sus reglas, cada persona tiene sus prioridades y el panorama es un mundo hostil al que no queda más que adaptarse.

Bobby, Kate, Danny y Brian no aspiran más que a la posibilidad de un nuevo día; su plan no es un plan verdadero, sino sólo la espera de que el mañana aún exista; distraen su mente con entretenimiento pasajero, ven transitar los días sin el más mínimo interés, toman del más débil y les quitan a los que intentan quitarles primero, porque saben que de lo contrario, alguien hará lo mismo con ellos. Viven en una realidad en la que el ser humano ha perdido su humanidad y sólo ven desmoronarse frente a sus ojos al mundo en el que crecieron.

No son científicos que puedan trabajar en una cura, no son líderes que puedan reorganizar a lo que queda de la sociedad, son más bien personas comunes y corrientes, preguntándose el porqué del mundo en el que viven. ¿Qué pueden hacer para adaptarse? ¿Qué por cambiar el mundo? ¿Qué hacer para combatir el virus? ¿Qué pueden hacer en general? Establecer y seguir los parámetros con los cuales asegurar su supervivencia; mantenerse firmes y honrar las normas sociales con un código propio de responsabilidad. Al final la historia demuestra que el cómo actúa cada persona, apegándose a su propio código ético y moral, es realmente como el mundo vive, sobrevive y funciona, pues conforme como cada individuo actúa, se va creando el contexto de vida que hace al conjunto social.

Ficha técnica: Portadores - Carriers

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