El señor de las moscas

Mis días de cineDiana Miriam Alcántara Meléndez

El señor de las moscas

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Escrito por Diana Miriam Alcántara Meléndez 16 de julio de 2020
Cine, El señor de las moscas, Lord of the Flies
El señor de las moscas

Si sobrevivir es perdurar a pesar de las condiciones adversas (no morir en el intento), cómo se logra esto es la esencia del proceso, pues expresa las capacidades adaptativas del sujeto. ¿Qué se necesita entonces cuando hablamos de una sociedad? ¿Orden, comunicación, reglas, colaboración, armonía, autoridad o algo más? ¿Sobrevivir implica aprender a vivir con el otro, al lado del otro o por encima del otro?

Cuando además las circunstancias colocan a las personas en forma imprevista o inesperada en condiciones adversas, enfrentadas a una realidad desconocida que pone en riesgo su vida, su reacción, individual y grupal, expone sus conocimientos y habilidades para sobrevivir, al mismo tiempo que su fortaleza o debilidad de carácter. ¿Qué lleva a las personas a actuar como lo hacen? ¿Qué las conduce a ayudar y a expresar solidaridad?, o por el contrario, ¿por qué pueden mostrar conductas irracionales, egoístas y violentas, hasta el grado de llegar al asesinato de sus semejantes para asegurar su supervivencia? ¿Cómo deciden la forma de tomar decisiones? ¿De qué manera pueden organizarse? ¿Con base a qué criterios definir lo que es correcto hacer? ¿Se sigue siempre a un líder, se valora su perspectiva frente a la propia?, ¿o se busca instintivamente el beneficio propio antes que el de los demás?

En un dilema de esta naturaleza se encuentran los protagonistas de la película El señor de las moscas (EUA, 1990), dirigida por Harry Hook y escrita por Jay Presson Allen (bajo el pseudónimo Sarah Schiff), a partir del libro homónimo de 1954 de William Golding. Protagonizada por Balthazar Getty, Chris Furrh, Danuel Pipoly y James Badge Dale, entre otros, la historia se centra en un grupo de niños, ninguno mayor a los 13 años, cuyo avión cae en el océano y ellos, a la deriva, llegan a una isla desierta. Para organizarse, el grupo acepta a Ralph, el de más alto rango en la escuela militar en la que se educan, como líder. Ralph propone reglas y obligaciones para asegurar el bienestar del grupo, ya sea, por ejemplo, mantener encendida una fogata en lo alto de una colina, como señal de rescate, o la división de tareas para juntar y repartir la comida.

Los primeros días los niños se acoplan sin mayor inconveniente, si bien algunos, como Simon, el más independiente, asumen el accidente con mejor valoración respecto a la gravedad del asunto, que lo mantiene en alerta y en búsqueda de respuestas. Sin embargo, Jack, el niño de mayor edad, y por tanto de más fuerza física, comienza a rivalizar con Ralph y usa su naturaleza dominante para imponerse ante los demás, que automáticamente lo siguen.

Poco a poco y ante las fricciones por las diferentes ideologías y perspectivas, se forman dos grupos: el de Ralph, quien busca trabajar en conjunto para ayudarse entre todos, impulsando a los chicos a una actitud activa y pensante, y el de Jack, quien opta por el libertinaje (todo el día es jugar) y la violencia, canalizada en principio hacia la caza y pesca de animales para poder comer y sentirse ‘niños grandes’.

Si bien el escenario ofrece una mirada concreta sobre las diferentes personalidades humanas, actuando unas en contra de otras en una realidad extrema como esta, de supervivencia, aislamiento y descontrol, es también importante notar que los niños, por su edad, asumen la realidad que viven de manera diferente que un adulto. ¿Qué haría realmente un grupo de niños al encontrarse solos en una isla? ¿Cuál sería su primer impulso, sino jugar y renegar de las obligaciones? Quizá los niños no hagan lo más correcto, pero es porque no pueden dimensionar la realidad en la que se encuentran varados, dada la poca experiencia de vida que tienen. Ralph apela por el orden porque asume una responsabilidad y actúa con mayor madurez, en atención al papel que juega al frente de los demás, derivado de su rango formal y la función de líder que en principio el grupo le reconoce, pero la mayoría de los otros niños no son conscientes de la gravedad del asunto y reaccionan con el comportamiento más propio de su edad, el juego, la aventura. Si todos siguen a quien toma la batuta, indistintamente, es lógico, conforme a su forma de sentir, seguir a quien les ofrece ser y hacer todo lo que quieran, sin consecuencias ni restricciones.

El resultado es que el orden y la civilidad pronto se van por la borda, dado que no hay límites ni responsabilidades. ¿Entienden realmente lo que significa estar en una isla, solos, a la espera de la posibilidad, o no, de ser rescatados? ¿Entienden lo que significa esto a corto, mediano y largo plazo? Pareciera que la mayoría no, pues para muchos se trata sólo de una situación temporal, sin fecha de caducidad, en la que no hay más preocupación que la de pasar los días. ¿Por qué preocuparse cuando es más fácil estar despreocupado? ¿Por qué hacer lo correcto cuando no hacerlo no implica castigos ni consecuencias? Los niños actúan sin madurez, pero quizá, en gran medida, actúan así porque la madurez del mundo en el que viven también es incierta. En paralelo, ¿qué haría un grupo de adultos en este mismo escenario? ¿Trabajar conjuntamente o terminar confrontados entre sí?

Jack entiende a medias, conforme pueda sacar provecho de ello. De alguna manera pelea por el liderazgo, pero no porque crea que puede ser un mejor ejemplo, ni porque busque lo mejor para el grupo que lo sigue, sino porque quiere el poder, el control y la última palabra; quiere ser venerado y se da cuenta que su ventaja, su edad, hace a los demás presa fácil de sus palabras, ya que al ser el mayor, automáticamente es percibido como alguien más ‘experimentado’. Esa es su ventaja y sabe cómo manejarla, manipulando a los otros niños, a quienes conoce débiles de carácter, sumisos y, por tanto, a los que puede obligar a hacer lo que él quiere. Se autonombra la autoridad, se presenta como guerrero experimentado y se rodea de otros igual de fuertes o similares a su edad, antes que alguien más lo haga, sabiendo que esa es su ventaja; les infunde miedo a los otros desde los primeros días, cuando cuenta historias de terror; y luego aprovecha la ocasión cuando alguien se adentra en una cueva y encuentra al piloto del avión malherido, para esparcir la historia de que hay un monstruo en la isla.

Para entonces la dinámica pasa de ser de juegos y chistes, a convertirse en sometimiento, hostilidad y confrontación, por el puro de deseo de poder hacerlo y hasta disfrutar haciéndolo. Las personalidades en el grupo son vastas, más allá de los papeles clave que hay en Ralph y Jack; también está el burlón, el violento, el temeroso, el que no opina, los inseguros, quienes se dejan llevar, los indiferentes o convenencieros, el observador crítico pero pasivo, y demás expresiones de la personalidad humana; y todos participan, directa o indirectamente, en lo que sucede en la isla.

La combinación entre ausencia de normas, de autoridad o liderazgo real, libertad desmedida, abandono, miedo, confusión, hambre y desamparo, abren la oportunidad para jugar con las debilidades de los demás; su cobardía, irresponsabilidad, inmadurez, rencor, su indiferencia y necesidad de protección, por ejemplo, son todos factores que coadyuvan a la desintegración grupal y al surgimiento del liderazgo más primitivo, el afianzado en la violencia, el temor y la ley del más fuerte. Pero ese no es el mayor problema, sino que nadie hace nada por detenerlos, y quien lo intenta, es pisoteado por aquellos que han dejado de pensar racionalmente y actúan repitiendo o imitando a lo que hacen otros, conformando una mayoría temerosa, insegura y proclive a la violencia.

Sin más habilidades de liderazgo que la mano dura a través del abuso, las burlas, el bullying y los castigos, lo que Jack comienza a hacer es pisotear al otro, callarlo si cuestiona, señalarlo si destaca, desacreditarlo si tiene razón o confrontarlo si piensa. Los niños harán lo que Jack diga y él dirá aquello con lo que pueda mantenerse en la cima de la cadena alimenticia. El medio que encuentran más efectivo para lograrlo es la violencia y los castigos, la autoridad coercitiva que dicta frente al grupo que, sin saber cómo actuar, sólo lo sigue. No tarda para que se note que no cuenta con la suficiente experiencia para proveer, así que comienza a tomar de los demás. Cuando no sabe cómo encender una fogata, por ejemplo, roba los lentes de Piggy, el amigo de Ralph, porque es como vieron que Ralph creó fuego. También roban el cuchillo del grupo y luego excusan que les pertenece por el simple hecho de proclamarse el ‘verdadero campamento’. Jack da lo que los demás piden, consiguiéndolo de la manera más deshonesta, porque así puede exigir a cambio que la mayoría se siga manteniendo pasiva. Entonces, ¿por qué los niños no hacen lo que Ralph dice? Tal vez porque cuando cuestionaron su capacidad como líder no supo cómo defenderse o porque sus ideas de armonía y colaboración, suenan menos atractivas que las otras, de libertinaje. De esta forma, Ralph mismo queda aislado y, por tanto, sin un grupo al que liderar. Pero no todo es culpa de Jack, ¿qué hay de los otros niños?

Además del miedo y el rumor, la imaginación y la fantasía, del culto a la violencia, lo que pesa es la falta de madurez de los niños para entender las consecuencias de sus actos, la incapacidad para asumir que convertir a sus compañeros en enemigos y objetos de violencia al final puede dañar a todos. Creen que hay un monstruo y matan a la primera persona que ‘imaginan’ es el monstruo, en este caso Simon. Pero incluso entonces, siguen diciendo que hay un monstruo en la isla. ¿Por qué? Porque les conviene más creer que hay un ser desconocido, responsable de todo lo malo que sucede, a darse cuenta de la verdad y asumir su responsabilidad.

¿Quién es realmente el monstruo, sino el humano que encuentra el pretexto para actuar de la manera más salvaje, inhumana, visceral y cruel, por el simple hecho de no entender, o negarse a entender, la realidad? ¿Cómo no llamar monstruo a alguien cuya actitud pasa de la cordialidad al salvajismo, a la barbarie, sin el mínimo remordimiento de conciencia, porque no hay nadie a su alrededor que pueda o se atreva a contradecirlo?

¿Son el miedo, la violencia y la crueldad parte innata en la naturaleza del hombre? “Hicimos todo como es debido. ¿Por qué no funcionó?”, se pregunta Piggy cuando el grupo entero ha cedido a la barbarie. ¿Cuáles son las más grandes fallas de la sociedad, cómo reconocerlas y cómo cambiarlas?, sería importante también reflexionar. A veces, en efecto, se hace todo de la manera que creemos más correcta, e incluso así, el resultado no es el esperado. No hace falta estar en una isla para notar que esto sucede todos los días, en las situaciones más cotidianas de la vida. ¿Cómo salir vivo, sin contrariar los propios principios, cuando esa isla desierta y desalmada, es el mundo en que se vive?

Ficha técnica: El señor de las moscas - Lord of the Flies

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