Días extraños

Mis días de cineDiana Miriam Alcántara Meléndez

Días extraños

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Escrito por Diana Miriam Alcántara Meléndez 27 de febrero de 2020
Cine, Días extraños, Strange Days
Días extraños

La adicción es una dependencia a algo, que como resultado o en consecuencia afecta la salud física o mental. La adicción a la tecnología es conocida como ‘tecnofilia’, que se refiere a la dependencia obsesiva a estar conectado a la red o navegando en internet (y esto incluye todo tipo de contenido en la web, de los videojuegos a las redes sociales). El resultado es una persona que no puede despegarse de su computadora o celular, o algún otro aparato tecnológico similar que los conecte a la ‘nube’, pues hacerlo le provoca ansiedad, angustia, sensación de abandono. ¿Qué pasa entonces, socialmente hablando, cuando las personas dejan de vivir su realidad, para no hacer más que vivir a través de las experiencias de otros? (sean blogs, publicaciones en redes sociales de videos o experiencias compartidas a través de distintas plataformas por internet).

La pregunta es parte fundamental al analizar el contenido de la película Días Extraños (EUA, 1995). Dirigida por Kathryn Bigelow a partir de un guión de James Cameron y Jay Cocks. La cinta, protagonizada por Ralph Fiennes, Angela Bassett, Juliette Lewis, Tom Sizemore, Vincent D'Onofrio y Michael Wincott, se encuentra ambientada en 1999, durante los últimos dos días del año, del milenio.

La historia se centra en Lenny Nero, un ex policía que se dedica al contrabando de un producto ilegal, adictivo y novedoso: grabaciones que permiten experimentar recuerdos, con todo y las sensaciones vividas, de otras personas. Esta tecnología se consigue grabando en una especie de dispositivos mini-disc (discos de almacenamiento y reproducción de video con audio), momentos específicos de la vida de alguien, colocando el aparato (denominado en la película como SQUID) en su cabeza.

Muchas grabaciones se hacen de manera ilegal, a cambio de dinero, lo que implica que el mercado negro, dentro del que se mueve Lenny, trafica con el producto más sensacionalista disponible entre la oferta, incluidas persecuciones policiacas, relaciones sexuales y otras experiencias donde la adrenalina ‘eleve’ la experiencia. El gancho del producto es que, además de poder ver el recuerdo, el cliente también puede vivirlo y sentirlo. Lenny por ejemplo, le graba a un amigo suyo la experiencia de caminar por la playa, para que él, que no tiene piernas, con el SQUID, pueda sentirse ahí, tocando el agua del mar, oliendo la playa, saboreando la brisa, mirando el paisaje y escuchando las olas. La experiencia ‘completa’ se construye activando cada uno de los sentidos, en el entendido de que es más que sólo ver, como lo son por ejemplo las películas, sino también es estar ahí, o más bien, ‘sentir’ que se está ahí.

El atractivo de esta característica del producto motiva a los usuarios a buscar, por consiguiente, vivencias, sensaciones y emociones que, en la cotidianeidad de su vida, no puedan experimentar. Piden algo que anhelan pero que no está a su alcance, porque les resulta imposible alcanzar (como el amigo de Lenny quien nunca podrá caminar de nuevo), o porque se niegan a arriesgarse a buscarlo. El camino más fácil, por miedo, poses sociales o tabúes, no es vivir o intentar ser diferente, sino esperar a que alguien lo sea y haga por ellos, para luego pagar por tener acceso a la experiencia. En suma es vivir a través de otros, de tal suerte que no sólo se induce a desear la experiencia, sino que se inculca el cómo disfrutar ese deseo.

“Se trata de lo que no puedes obtener”, les dice Lenny. Cuando él conoce a un potencial nuevo cliente, le propone por ejemplo la experiencia de una relación sexual, pero le dice al hombre que puede ser lo que él quiera, sin limitaciones; le propone entonces el recuerdo de un hombre teniendo intimidad con una mujer, pero también le ofrecer elegir el recuerdo ‘vivido’ a partir del punto de vista de ella.

Lenny vende y trafica con ‘experiencias de vida’ y esa es la clave de todo; sus clientes son personas que buscan vivir algo que ellos mismos no pueden, o que piensan que no pueden vivir pero que se les induce a desearlo: una caminata en la playa, un enfrentamiento con la policía o una joven duchándose (todos SQUIDS que Lenny trafica). Lo relevante es el trasfondo que se esconde tras el uso de la tecnología inventada, la forma como las personas lo asumen y el papel en la dinámica social que la tecnología tiene al intervenir en las interacciones interpersonales, en este caso a través de un aparato tecnológico que permite a la gente ‘ser otro’. Es querer desconectar con cuerpo y mente para meterse en los de alguien más.

¿Qué empuja a las personas a querer una vida diferente? ¿Monotonía, decepción, curiosidad, insatisfacción con su persona misma, miedo al cambio o a la equivocación, la caída y la adaptación? ¿Cuántos de los clientes de Lenny le piden un paseo por la ciudad o una cita con un enamorado? Pocos quizá (ninguno, al menos se ve en pantalla). Los compradores buscan experiencias que empatan más bien con un comportamiento voyerista; el observador distante que disfruta viendo al otro en su intimidad. Entonces es la curiosa morbosidad, tal vez, la que opera y que el mercado convierte en mercancía de la mano del ex policía.

El SQUID es ilegal precisamente por este tipo de posibilidades. Lenny contrata a personas que aceptan grabar experiencias ‘prohibidas’, más cercanas al morbo, porque pareciera que lo que se hace es explotar, mercantilizar y comercializar la intimidad de las personas (tal y como en la realidad vigente de las redes sociales se hace ostentación de exhibir la vida privada, íntima de las personas que se desnudan, literal y metafóricamente hablando, para obtener ganancias), pese a la posibilidad de ofrecer con la experiencia otro tipo de aprendizaje y crecimiento (véase de nuevo el ejemplo del video que Lenny graba para su amigo discapacitado).

La tecnología misma, existente dentro de una ciencia ficción que quizá conforme pasan los años deja de ser menos ‘ficción’ y más ‘realidad’, también es reflejo de una sociedad en que las personas prefieren las relaciones no personales, no directas, sino que existen sólo con un aparato tecnológico de por medio, porque son incapaces de relacionarse socialmente y terminan siendo distantes. Por ejemplo, un hombre que prefiere no tener que platicar con alguien en un bar, sino que elige que alguien más lo haga por él, para luego sólo ‘revivirlo’, comprando el SQUID.

Al ambientarse al final del siglo XX, la cinta también enfatiza cómo cambia atropelladamente una sociedad plagada de dinámicas sociales disfuncionales, con una tecnología que interfiere en el desarrollo personal del individuo. Un futurismo imaginado que espera, y acierta muchas veces, en lo peor que puede resultar de un mundo consumido por sus tropiezos.

“Lo importante no es estar paranoico, sino si estás lo bastante paranoico”, dice uno de los personajes, en una frase que resume bien aquello de lo que habla la historia, específicamente en cuanto a los cambios sociales, significativos y simbólicos, que representa un fin de siglo, visto como un proceso de cierre de ciclos y la necesidad de adaptarse, en cara a un futuro que continúa (siempre) en desarrollo.

¿Cómo influyen en el desarrollo humano los avances tecnológicos, específicamente hablando de los cambios de finales del siglo XX y principios del XXI?, pregunta le película. ¿Cómo sería el mundo, en efecto, si las personas fueran adictas a vivir experiencias a través de otros y no dentro de su propia realidad? Las reflexiones que se desprenden son relevantes cuando se analizan las relaciones sociales del moderno contemporáneo, donde las personas son cada vez más adictas, conforme avanzan las nuevas tecnologías e interacciones que se siguen modificando por su presencia, a ‘vivir a través de otros’. ¿No es ‘vivir a través del otro’ lo que ofrecen los reality shows, bloggers, youtubers y hasta videojuegos en que el jugador interactúa (con un punto de vista) en primera persona?

La cinta también se adentra en temáticas como la discriminación, el racismo y el abuso de poder, específicamente a través de una conspiración con la que Lenny se topa una vez que una de las mujeres que contrata para grabar experiencias sexuales le entrega un SQUID en que se evidencia el asesinato de dos cantantes afroamericanos conocidos por su denuncia contra un sistema donde el favoritismo deja en desventaja a las minorías, a manos de policías blancos, asesinatos que desatan una serie de revueltas contra la autoridad, contrastando con el aparente mundo en ‘perfecta armonía’, en medio de una celebración: el fin de siglo.

Unión de las masas contra de la opresión del poder o la imposibilidad de reconocer entre la realidad y la realidad virtual (el recuerdo no es creado a partir de un software, como se definiría la Realidad Virtual (RV), pero sí es grabado, con un aparato tecnológico especial, para hacer al usuario sentirse inmerso en la experiencia, que resulta una de las características de la RV), son algunos de los temas que volvieron a Días Extraños una película de culto. Temas que ganan relevancia conforme la tecnología moderna avanza hasta crear su propia versión de lo visto en la historia, incluyendo el cambio de una sociedad que se aísla y se esconde tras sus dispositivos.

Empatía es de alguna forma ‘ponerse en los zapatos del otro’, pero extrañamente, el SQUID tiene el efecto contrario, pese a, literalmente, poner el usuario en el lugar del otro. Aquí esto hace a varios de los personajes adictos a vivir la realidad de alguien más, hasta un punto en esa necesidad de ‘ver’ se vuelve una necesidad más bien de ‘espiar’. ¿No hacen indirectamente esto los hackers que activan cámaras de video en celulares y computadoras a las que tienen acceso, o los asistentes inteligentes que, se sabe, graban las conversaciones en las casas de sus dueños, sin su permiso, incluso cuando se supone que están apagados? A un cuarto de siglo de la grabación de la película, muchos de los efectos perniciosos del desarrollo tecnológico sobre el comportamiento humano parecen reflejar que eliminar la ética de las relaciones humanas y permitir que la búsqueda de la ganancia norme la conducta, no es precisamente el mejor camino para construir un mundo humanizado.

Quizá la pregunta ya no es ‘cómo sería una sociedad adicta a ver, espiar y vivir a través del otro’, sino ¿cómo es la vida, la privacidad, la individualidad, el pudor, la intimidad y la moral en un mundo que ya es adicto a vivir inmerso en la vida de los demás?

Ficha técnica: Días extraños - Strange Days

Cine, Días extraños, Strange Days, 694 lecturas.

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