Los Otros

Mis días de cineDiana Miriam Alcántara Meléndez

Los Otros

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Escrito por Diana Miriam Alcántara Meléndez 24 de octubre de 2019
The Others, Los otros, Cine
Los Otros

¿Puede alguien creer tan ciegamente en algo, que le obstaculice ver la verdad, a la que entonces esconde tras los matices de sus ideas? ¿Puede la culpa cegar a alguien?

Hay una diferencia entre no darse cuenta de las cosas y cerrarse a ver la realidad. La verdad y lo que se acepta como verdad pueden no siempre coincidir y eso llega a ser tan bueno como malo, según las circunstancias. En realidad los hechos suceden en la naturaleza y en las relaciones humanas, pero la forma cómo entendemos, cómo asumimos y cómo comunicamos lo que percibimos está marcado por la propia formación cultural, ideológica y religiosa. Lo verdaderamente importante, en todo caso, es entender el por qué sucede, qué lleva a una persona a no descubrir (a negar, dudar, ignorar o esconder) la evidencia que tiene enfrente.

En la película Los Otros (España, 2001), ese es el escenario que enfrenta su protagonista, Grace Stewart, una mujer por demás sobreprotectora con sus hijos, y apegada sobremanera a su fe y lo que cree correcto y cierto, a tal grado que no se da cuenta de sus propios errores, culpas y mentiras. Escrita y dirigida por Alejandro Amenábar, la cinta está protagonizada por Nicole Kidman, Fionnula Flanagan, Christopher Eccleston, Elaine Cassidy, Eric Sykes, Alakina Mann y James Bentley.

Ambientada en 1945, tras la guerra, en una isla en el canal de la Mancha, viven, aislados del mundo, Grace y sus dos hijos, Anne y Nicholas, quienes la madre asegura son fotosensibles y, por tanto, mantiene encerrados todo el día, estudiando las enseñanzas de la Biblia. Sin contacto alguno con el exterior, no tienen ni radio ni teléfono ni visitantes, no saben del mundo social prevaleciente ni, por consiguiente, de puntos de referencia para guiar su comportamiento o para superar la aparente enfermedad que los obliga a permanecer ajenos al mundo natural que les rodea. En estas circunstancias llegan a la casa en busca de trabajo tres nuevos empleados domésticos, generando una interacción que altera la continuidad y monotonía de la vida familiar.

Anne, la hija, afirma que en la casa hay presencias que habitan también la vivienda, aunque está segura que no son fantasmas porque ‘no están cubiertos de sábanas blancas ni tienen cadenas’, como ‘se sabe’, ella sabe, lucen los espectros. Grace justifica las palabras de su hija como cuentos inventados en la imaginación, y que Nicholas repite, porque Anne repite. No obstante, extraños ruidos y voces se han vuelto constantes y aunque Grace primero lo adjudica a sus nuevos empleados, no tarda en darse cuenta que Anne puede no estarse inventando nada. El problema es que Grace, su madre, no está dispuesta a creer en algo que no considera posible, esencialmente porque la fe con la que se ha formado y que le dicta la vida y el presente, conforme a su religión, está trazada de una forma que un supuesto fantasma, un alma en pena, desafiaría todo lo que considera correcto, pues significa culpa y pecado.

Durante una lección de estudios en que leen la Biblia, que habla de no negar a Jesucristo a pesar de por ello enfrentarse a la muerte, Anne dice que ella, en esa posición, habría mentido y habría negado sus creencias en público, aunque no en privado, con tal de salvar su vida. Grace la regaña porque para ella eso significaría no sólo mentir, sino ganarse un castigo en consecuencia, sufrimiento y dolor por toda una eternidad en el limbo.

Todo ello es en lo que cree Grace, fielmente, tanto, que no concibe ideas diferentes que desafíen sus creencias, como el que, alguien criado bajo esos mismos lineamientos de fe, deliberadamente fuera en contra de lo que se le ha inculcado. Sin embargo Anne, principalmente, no está completamente convencida, tanto porque su mente decide cuestionar su entorno, como porque lo que ve, la evidencia que vive y presencia, en casa, en su madre, en los ‘otros’ habitantes que dice existen, desafían ese imposible que le inculcaron, y no puede sino dudar de esas ideas que lee y su madre le repite.

Grace ve la vida de la manera más simple y por tanto limitada, pero Anne no. “[Mi madre] dice que todas esas cosas de los fantasmas son tonterías, y luego espera que creamos todo lo que está escrito en la Biblia. Pero, por ejemplo, no creo que Dios haya hecho el mundo en siete días. Y no creo que Noé haya metido a todos esos animales en un arca, ni que el Espíritu Santo sea una paloma”, dice la niña, quien nota imposibilidades, contradicciones, un análisis lógico frente a pensamiento mágico, historia probable frente a historia imaginada, y entonces descubre una nueva perspectiva de lo que le sucede, y que choca con lo que le enseñan.

“Mis hijos a veces tienen ideas extrañas. Pero no debe prestarles atención. Los niños son niños”, le dice Grace a Bertha, una de sus nuevas empleadas domésticas. O, por ejemplo, dice a sus hijos: “Si ven un fantasma, salúdenlo y sigan estudiando”, cuando Nicholas no quiere que los separen, porque Anne insiste que hay alguien más viviendo en la casa y las palabras asustan a su hermano, quien no sabe si creer o no, si convencerse que la otra bromea, o habla en serio.

“Hay cosas que tu madre no quiere oír. Sólo cree en lo que le enseñaron”, dice Bertha a Anne, cuando la niña ya está enfadada, asustada, preocupada y estresada porque sabe lo que ve y cree en lo que ve, porque lo ve, pero su madre le sigue diciendo que sólo inventa historias. Lo que sucede no es un problema sólo de fe, o específicamente no recae en ello, en la religión, sino en que esa misma creencia, cualquiera que sea pero tan aferrada que se ha aprendido como absoluta verdad, condicionante, ha encerrado a Grace en su propio mundo, y lo mismo pretende hacer ella con sus hijos.

“No siempre hay una respuesta para todo”, asegura Bertha, y eso es importante, entender que no siempre se puede explicar todo con la información que se tiene a la mano, con el conocimiento aprendido o las creencias que se inculcaron. Entonces no se puede voltear la cara a lo que no se entiende, a lo que se desconoce, pero peor es ni siquiera buscar las respuestas que lo expliquen. En los hechos la curiosidad es la fuente de la investigación, dudar permite hacer preguntas, preguntar orienta a formular hipótesis o a construir teorías para encontrar el hilo a las contradicciones y complejidades de hechos y fenómenos. El pensamiento mágico limita todo ello. De ahí la importancia de la actitud de Anne, quien se niega a ignorar lo que percibe, a dudar de lo que le explican, justamente porque no satisface sus preocupaciones.

Para Grace la realidad es difícil de comprender porque la confronta con sus creencias, ya que significaría que ella misma hizo algo que profesa no se debe hacer, y la culpa es muy grande, y por tanto, suficiente para cerrarla a aceptar una verdad que la persigue y, por consiguiente, la castiga: la muerte de su familia, de sus hijos, que ella misma provocó.

Lo sucedido es de un impacto tan grande, que una vez que tuvo que afrontarlo, huyó, se aisló, y siguió su vida como si nada, esperando tapar el sol con un dedo, negando la realidad, creando un mundo imaginario en donde la muerte no existió; de ahí que tras los asesinatos y suicidio siguiera con su rutina ordinaria, sin darse cuenta que eran ellos los fantasmas, los extraños, los otros habitando la casa. Negar la verdad, negar aquello en lo que se cree, con tal de salvar su conciencia, que es lo que Grace reclama a sus hijos en el relato de la Biblia en el que los personajes, decía Anne, bien podían elegir negar a Cristo para poder salvar sus vida, es lo que termina haciendo la misma Grace, lo cual la coloca en situación vulnerable respecto a la fuerza de su fe.

La familia vive en el estancamiento, en medio de la rutina, en la mediocridad, en la obscuridad, por negar una verdad, que de todas formas encuentra su camino hacia la luz. “Lo único que se mueve aquí es la luz. Pero lo cambia todo”, explica incluso Grace al inicio de la película, frase simbólica que al momento ella usa refiriéndose a las cortinas que se cierran y se abren constantemente para que los niños, a quienes supuestamente no les puede dar directamente la luz del sol, puedan moverse de una a otra habitación de la casa, cuyo panorama, en efecto, cambia radicalmente cuando está iluminado respecto a cuando está en penumbras.

Pero la frase y la idea misma tienen también su eco en otro concepto: luz y oscuridad, simbólica y literal, en este caso, en relación al conocimiento y a la verdad, referencia directa al Oscurantismo (una época marcada por la restricción del conocimiento) confrontada históricamente por los filósofos de la Ilustración (corriente intelectual y cultural que creía que el conocimiento combatía la ignorancia y la superstición), quienes convertían a la razón lógica en la fuerza vital para combatir a los conservadores religiosos (específicamente cristianos) y, por ende, todos sus ideales basados en lo sobrenatural, lo tradicional, la fe.

Ficha técnica: Los otros - The Others

The Others, Los otros, Cine, 725 lecturas.

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