Un despertar glorioso

Mis días de cineDiana Miriam Alcántara Meléndez

Un despertar glorioso

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Escrito por Diana Miriam Alcántara Meléndez 16 de mayo de 2019
Cine, Un despertar glorioso, Morning Glory
Un despertar glorioso

La actitud es la forma como se afronta una situación o problema, y según se elija actuar, de una u otra manera, cambia la perspectiva como se observa tal escenario, incluso la forma como se asimila y asume el acontecimiento (hechos o procesos). La actitud es entonces el comportamiento de la persona frente a un contexto cualquiera, ya sea positivo o negativo, por ejemplo, un problema o una celebración de logros. Estas expresiones de conducta dicen mucho de la persona en sí, pues es reflejo de su forma de ver, ser, pensar y vivir.

En la película Un despertar glorioso (EUA, 2010), la actitud cómo su protagonista asume sus responsabilidades es importante para su desarrollo, porque la identifica al aprender a utilizarla en su favor. Escrita por Aline Brosh McKenna y dirigida por Roger Michell, la cinta está protagonizada por Rachel McAdams, Harrison Ford, Diane Keaton, Patrick Wilson y Jeff Goldblum. La historia sigue a Becky Fuller, una productora de un programa matutino de televisión en Nueva Jersey que por recortes de personal y presupuesto es despedida. Decidida a no querer ver el hecho como un tropiezo o fracaso, sino como una oportunidad, no tarda para buscar insistentemente un nuevo empleo en otro sitio. Eventualmente le dan una oportunidad en una cadena de Nueva York, donde la ponen a cargo de DayBreak, un programa también matutino pero que está decayendo y necesita desesperadamente un cambio de ruta.

Becky tiene toda la intención de triunfar gracias a que decide comprometerse con lo que hace, además de estar preparada para el reto con herramientas de conocimiento, habilidad, agilidad mental y audacia, sin embargo, encuentra un desorden tras bambalinas tan grande que descubre que se necesita una completa reconstrucción. Entonces despide al pedante e irresponsable co-conductor del programa, lo que la obliga a buscar un reemplazo, si bien con ello logra ganarse el respeto y admiración de buena parte del personal, excepto que el ejecutivo de la cadena le dice que como el show va en declive y cuentan con un presupuesto limitado, contratar a un nuevo conductor es imposible, a menos que consiga a alguien sin erogar un solo dólar. Por tanto, lo que Becky hace es buscar entre el talento en nómina de la cadena, y termina eligiendo a Mike Pomeroy, un legendario periodista que se ve obligado, por las condiciones de su contrato, a aceptar la propuesta.

Pomeroy no obstante se niega a cubrir al aire eventos de entretenimiento, ya que los considera una humillación para su carrera profesional. Su motivación tiene lógica en su razonamiento y manera de pensar, porque va más allá del egocentrismo que le caracteriza, y es que Pomeroy pone sobre la mesa aquel debate entre entretenimiento y contenido, entre la superficialidad y la noticia. El programa matutino debe ser una combinación entre ambos, sin embargo, la audiencia parece más interesada en la nota distractora y pasajera que en la noticiosa informativa. Esto se demuestra por ejemplo, cuando los raitings del programa comienzan a mejorar una vez que la pelea de egos entre Pomeroy y la otra conductora del show, Collen Peck, se convierte en un espectáculo, casi literal, en pantalla. Un sensacionalismo convertido en diversión por la mera exhibición teatral de los involucrados.

La enemistad entre ellos parece inicialmente para Becky una situación crítica, pues su tarea es mejorar el número de audiencia si es que quiere evitar que el programa sea cancelado. Revitalizar el show significa muchas cosas, entre ellas poner orden en la producción, ya sea la forma de trabajo o el contenido de las notas y esto implica, tanto el cómo se aborda una idea de reportaje al presentarla en pantalla, como promover la solidaridad de trabajo en las relaciones y dinámica entre el personal.

Al darse cuenta que la apatía de Pomeroy repercute para alcanzar esa meta, Becky decide confrontarlo, apelando a que ‘es su trabajo’, en efecto, cubrir todo tipo de eventos, por muy mundano que parezca el tópico, así como tener que hacerlo con profesionalismo. Entran así en juego conceptos tales como la ética profesional, pero también el compromiso laboral. Tal vez Pomeroy no quiera cubrir noticias de entretenimiento que considera triviales porque no ve en ellas algo que ofrezca a las personas una forma de crecimiento y conocimiento, pero debe entender que tampoco puede llenar a su audiencia de reportajes totalmente informativos vinculados con economía y política, porque esa misma seriedad extrema podría terminar por repeler al público.

¿Cuál sería un verdadero profesionalismo, dar al público lo que quiere o darle lo que necesita? Más aún, ¿Quién determina lo que la audiencia realmente necesita? La clave es encontrar un balance entre ambos y corresponder así tanto a valores y convicciones propios como a la responsabilidad que tiene la persona con su empleo mismo y hasta con sus compañeros de trabajo (casi sobra decir que también con su público). Pomeroy dice que ellos como periodistas deben confiar en que la audiencia sea lo suficientemente inteligente como para diferenciar entre un tipo de contenido y otro, y asumirlos como lo que son, a veces información, otras veces más bien distracción, pero él también debe entender que hay un camino que recorrer para lograr esto.

Es entonces que se vuelve importante el reto que enfrenta Becky, pues no puede salvar a un programa en decadencia y que necesita más audiencia, si no puede darle a su público el tipo de contenido que esperan de ellos. No se trata, cabe señalar, sólo de ofrecer un tipo de programa que aborde temáticas de entretenimiento que a la gente le interese, sino hacerlo con un halo o enfoque atractivo, interesante, novedoso y diferente en relación con la competencia, lo que requiere originalidad, ingenio, creatividad y vivacidad. ¿Vale sacrificar un poco el grado de periodismo con que se aborda el tipo de información con tal de salvar el programa, y por ende los empleos de todos los involucrados? ¿Puede cambiar el periodista su estilo y contenido de trabajo para empatar con el enfoque y la esencia del programa sin renunciar a la calidad informativa, para mantener el interés de la audiencia y eventualmente cambiar sus gustos y preferencia? Puede, pero para eso se requiere a veces exigir y en otras ocasiones ceder. Se requiere compromiso, profesionalismo y actitud propositiva para innovar.

“Haz lo que sea necesario, pero sube los raitings”, le dice su jefe a Becky, y tal vez ese es el problema, porque la orden no supone mejorar el tipo de contenido, sino sacrificarlo. Si entretenimiento y noticias pelean por la atención del público, cuando el factor dinero entra en la ecuación, la lucha se vuelve aún más difícil, porque entonces a la cadena productora y a los dueños de la empresa no les interesará ni el entretenimiento ni la noticia, ni la innovación, ni la creatividad, sino sólo el dinero, y, por tanto, aquello que representa una ganancia, sea lo que esto sea, y lo explotará todo lo que sea necesario, sin importar que al extremo pierda todo valor positivo que haya podido tener. Después de todo, esa es la característica esencial del mercado de los medios masivos de comunicación: manejar el flujo y contenido de la información para mantener e incentivar el interés del público en aquellos rubros que se traducen en máxima ganancia.

Lo que Becky descubre que necesita es arriesgarse, porque ya no hay nada que perder, porque el programa está en una situación tan preocupante que no hay hacia dónde ir, porque para retomar impulso hacia arriba es necesario tomar medidas extremas. Así decide que cada reportaje deba ser entretenimiento único; no reportar la apertura de una montaña rusa, sino subirse a ella, no invitar a un cantante a aparecer en el programa, sino cantar con él frente a la cámara, por ejemplo; todo bajo la idea de atraer con ello una energía diferente que los haga distintivos de entre la demás oferta. Becky como productora hace lo que es necesario para sobrevivir y por lograr que al menos haya un espacio al aire aún existente que, tal vez, después pueda eventualmente abrir camino a otro tipo de propuestas informativas.

El compromiso de esta mujer se divide en dos, el que tiene con la empresa, con su empleo y con su lugar de trabajo, pero también el que tiene con ella misma. Ama su trabajo y persigue una meta profesional específica, pero en ello cruza esa línea en la que su esfuerzo la absorbe al cien por ciento, hasta perderse en él, olvidándose de otras facetas de su vida. “Dormirías en la oficina si pudieras”, le dice Pomeroy, ejemplificando, con su propia experiencia de vida, ese desvivirse por un empleo que, no obstante lo que haga, siempre se estará en movimiento, porque siempre habrá una nueva noticia, una nueva moda, una nueva tendencia y una nueva forma de abordar todo ello. El compromiso debe ser real, pero no puede serlo todo, especialmente en el mundo del entretenimiento y el espectáculo, en el que todo se renueva, se repite y se reinicia tan constantemente. Como con la información noticiosa, seriedad pero con flexibilidad amena es la combinación ideal, si bien difícil de lograr.

Es entonces que Becky decide reevaluar y asumir con una misma actitud emprendedora, pero con una nueva perspectiva, su vida, que es finalmente eso mismo que hizo con el programa una vez que toma las riendas de la producción. ¿Puede hacerse lo mismo con el contenido periodístico? ¿Puede hacerse igual con la vida misma? La idea sugerida, al menos en la película, es que sí.

Ficha técnica: Un despertar glorioso - Morning Glory

Cine, Un despertar glorioso, Morning Glory, 648 lecturas.

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