El diablo viste a la moda

Mis días de cineDiana Miriam Alcántara Meléndez

El diablo viste a la moda

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Escrito por Diana Miriam Alcántara Meléndez 25 de abril de 2019
Cine, El diablo viste a la moda, The Devil Wears Prada
El diablo viste a la moda

Competencia laboral es la capacidad de una persona para cubrir los estándares profesionales de su medio de trabajo; significa demostrar el conocimiento y la habilidad para realizar las actividades que su empleo le demanda, e implícitamente mezcla capacidad de adaptación con compromiso. ¿Cómo puede un individuo no perder de vista la línea que divide su lealtad profesional con su identidad personal, para que su deber y obligaciones no choquen con sus propios principios e integridad?

En busca de ese punto medio se encuentra Andy Sachs, protagonista de la película El diablo viste a la moda (EUA), dirigida por David Frankel y escrita por Aline Brosh McKenna, quien basa su argumento en el libro homónimo de Lauren Weisberger. Con Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt, Stanley Tucci, Adrian Grenier y Simon Baker en los papeles estelares, la cinta recibió dos nominaciones al Oscar: mejor diseño de vestuario y mejor actriz, para Streep. La historia trata de una joven periodista recién graduada que, en busca de oportunidades de trabajo, acude a una entrevista para el empleo de segunda asistente de Miranda Priestly, la editora en jefe de una importante revista de moda. Sin verdadero conocimiento de los pormenores y el tras bambalinas de esta industria, Andy ofrece su capacidad de aprendizaje y compromiso para realizar lo que se le pida como habilidades destacadas que aporten a la revista, y es por esto que es contratada. Pero pronto descubre que hacer su trabajo no significa sólo cumplir, sino que implica también un esfuerzo por sobresalir, para que al hacerlo ella, también lo haga la empresa para la que trabaja. Y así, poco a poco, adentrándose más en su papel dentro de la revista, su función y sus responsabilidades, Andy va perdiendo visión de la persona que quiere ser frente a la que se está convirtiendo.

Si tal vez al principio Andy sólo se dignaba hacer su trabajo, como se lo hace notar uno de sus compañeros y coeditor de la revista, al final la joven está tan volcada en lo que hace para con su empleo (y no siempre a favor de ella misma), que se ha vuelto presa del mundo del que inicialmente renegaba; y si bien encuentra aspectos de este ambiente que puedan hacerla crecer y madurar, para hallar su voz interior, para adquirir confianza, para ir descubriendo o potenciando sus capacidades y habilidades, eventualmente se ve consumida por ese halo de banalidad y superficialidad omnipresente en la fachada de apariencias de esta industria. Es sólo hasta que descubre que este camino puede llevarla, y lo está haciendo, a una dinámica de engaños y estrategias que no comparte, donde entran en juego conveniencias y traiciones, que eventualmente se da cuenta que va camino a convertirse en alguien que no quiere ser.

Parte del compromiso laboral implica entender la dinámica que mantiene el barco a flote, conocer las reglas, conocer el lenguaje y conocer las metas del mundo en el que una persona planea desenvolverse. Si Andy no conoce mucho de moda (nombres de diseñadores, tendencias en los escaparates, estrategias de mercadeo, influencia en la cadena económica o forma como se trazan acuerdos de colaboración entre las cabezas que manejan esta industria), su trabajo es ahondar en cómo es el funcionamiento del mundo en el que entra a laborar. Si se tratara, por ejemplo, de una revista de autos, no tendría que obligarse a amar al automovilismo, pero debería aprender y conocer del tema. Si trabajara en una revista sobre jardinería, tendría que aprender sobre plantas y decoración por ejemplo, porque esa es parte del compromiso que aceptó en el momento en que fue contratada.

Existe sin embargo una diferencia importante entre cumplir con un deber y el que esa lealtad se convierta en un ansia por la aprobación. La persona debe esforzarse para con su empleo, porque mientras haga bien su trabajo, y todos los demás hagan lo mismo, la empresa, compañía y/o empleador que contrata también saldrá adelante, pero esto no significa desvivirse ciegamente por ese algo, por ese éxito. Hay dos puntos interesantes respecto a este tema. Uno, el punto de vista del empleador, o de la empresa, a quienes en efectivo les interesa que los trabajadores se ‘pongan la camiseta’ lo más y más arraigadamente posible. El motivo es que para ellos lo importante no es lo que pueden ofrecer al empleado para ayudarle en su desarrollo (experiencia laboral, un sueldo estable, prestaciones para tener una mejor calidad de vida, etcétera), sino lo que el trabajador tiene para ofrecerles a ellos. Y es su excesivo compromiso lo que muchas veces más valoran, gente que acepte trabajar tiempo extra, pero sin pago extra, personas que se sacrifiquen y sacrifiquen su persona, su individualidad (salud, vida, derecho al tiempo de ocio, entre otros factores), porque el sacrificio no le cuesta a la empresa o negocio.

Para la esfera en lo más alto de la cadena de poder, esta sobre explotación puede significar un punto favorable a su favor, sin embargo, no siempre lo es para el empleado (y de ahí la búsqueda por ‘premiar’ ese compromiso laboral, bonos extra para las personas que tengan un registro excelente en su hora de entrada, por ejemplo, o un pago extraordinario a aquellos que trabajan los días de descanso obligatorio). Andy lo vive de una forma diferente, ella no recibe estímulos evidentes y es verse inmersa en este mundo glamuroso lo que la hace sentirse realizada. Ropa de moda, productos y bienes materiales que llegan a sus manos aparentemente gratis, o convivencia en un escenario donde la imagen pública y las relaciones sociales con el mundo exclusivo están a la palma de su mano, parecen validar su esfuerzo para con su jefa y con la revista para la que trabaja.

Ello trae consigo el segundo punto relacionado con este tema, la forma como esta sobre explotación disfrazada, o el deber de responsabilidad, choca con los propios valores personales. ¿Si uno no está de acuerdo con el trabajo que tiene, los valores de la empresa para la que labora o la dinámica en la que se vive dentro de su ambiente profesional, debe renunciar a su empleo? La pregunta no es tan sencilla de responder aunque pareciera que la resolución es obvia (o un obvio sí) y es que entran en juego realidades como expectativas de vida, anhelos, oportunidades y necesidades. Qué si ese empleo es la única fuente de ingresos disponible en un mundo competitivo donde las ofertas de trabajo escasean pero la necesidad de pagar por bienes y servicios encarece. Andy había estado buscando un trabajo como periodista en diversas publicaciones ante de llegar a la revista de modas, pero no había encontrado hasta entonces ninguna oportunidad; conseguir la entrevista para sumarse a las filas de una publicación tan grande era su puerta de entrada y primer peldaño para poder realizar sus sueños, al menos en el futuro a largo plazo.

La oportunidad para ella recae no en convertirse en segunda asistente de una de las personalidades más importantes del mundo de la moda, sino en hacerse de una experiencia laboral al lado de gente de la que puede aprender; en breve, un currículum que eventualmente la haga destacar. Pero Andy no sólo deja de escribir y comienza a verse inmersa en otros intereses, sino que su meta prevista se desdibuja y termina por alejarse, no porque esté más lejos de sus capacidades (al contrario, lo aprendido la hace más competente y hábil en lo que potencialmente quiere hacer), sino que ella misma la va empujando hasta perderla de vista, precisamente porque ha comenzado a priorizar ese otro mundo que valora la belleza física, las relaciones amistosas con personalidades en el ojo público o la imagen exterior (y no es que la gente de ese medio no tenga otras cualidades o habilidades de pensamiento, sino que, al menos en la historia, el primer filtro es el de la imagen externa y superficial). La gente cambia y las metas también pueden evolucionar, el problema para Andy es no haberse dado cuenta de la forma como esa perspectiva de vida está cambiando y cómo eso la aleja del quién en principio es, hasta convertirla en alguien con quien en realidad no está satisfecha.

No es entonces que el mundo de la moda sea mejor o peor, o el mundo de la política, el financiero, el periodístico o cualquier otro, es que esa específica realidad (el mundo de la moda es ante todo uno de negocios, donde la prioridad es la venta y el mercadeo, la creación de necesidades y la glorificación de la banalidad), no es una con la que pueda estar de acuerdo, específicamente el aprovecharse del otro y avanzar, no por su capacidad, conocimiento y habilidad, sino pasando por encima de los otros, que es lo que Miranda hace cuando se entera que quieren reemplazarla como editora y su estrategia es encontrarle a su posible remplazo otro puesto para quitarla como candidata, un puesto además destinado inicialmente para un colaborador cercano a ella, a quien sin consideración sacrifica. Miranda sobrevive porque ese es su trabajo, su sacrificio, su interés primario. Su familia está en segundo término y su vida gira en torno a la revista y la imagen que ha construido. Esa es su elección, pero, ¿es la de Andy?

¿Cómo ser leal a una empresa o a un jefe que no sabe serlo también? ¿Cómo poder trabajar en una empresa cuyos valores no concuerdan con los propios? No se trata de juzgar o descalificar al otro, sino de encontrar armonía, un balance entre lo que se hace y con quienes se convive, a la par de aquello en lo que uno mismo cree. Andy tal vez tampoco podría trabajar, por ejemplo, en una publicación sobre caza de animales si es que viviera bajo una filosofía de vida ambientalista que reprueba la caza de animales. Sus propios principios éticos eventualmente la harían estallar, o cambiarían a un punto tal que tendría que preguntarse si cambió por ella o cambió para los demás. Y entonces Andy tal vez no odie la moda y tal vez aprenda de ella, pero si no concuerda con la imagen que se vive en este ambiente de ‘supervivencia del más fuerte’, no tiene más que alejarse de él y buscar su propio camino. Al final es lo que elige, una decisión que sopesa sus propios valores y ética, tanto para su trabajo como también para consigo misma.

¿Cómo puede entonces un individuo no perder de vista la línea que divide lealtad con identidad (del ser respecto a su medio de trabajo)? Aprendiendo a reconocer que la barrera se cruza cuando el compromiso deja de ser una responsabilidad para convertirse en una obligación. Identificarlo y tomar acción no es sencillo, porque la competencia laboral se ha convertido en rivalidad, antagonismo, competencia despiadada y desplazamiento de otros, complicándose así toda la dinámica laboral y social entre personas de una forma imprevisible, que no siempre puede cambiarse. En el fondo lo importante es que las decisiones nos definen y nos señalan los caminos posibles a seguir. No sólo para las protagonistas, sino para todos los implicados en la historia, tanto la fílmica como la personal, la del espectador.

Ficha ténica:  El diablo viste a la moda - The Devil Wears Prada

Cine, El diablo viste a la moda, The Devil Wears Prada, 853 lecturas.

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