Alerta Solar

Mis días de cineDiana Miriam Alcántara Meléndez

Alerta Solar

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Escrito por Diana Miriam Alcántara Meléndez 03 de agosto de 2017
Cine
Alerta Solar

El instinto de supervivencia del hombre es la búsqueda de los elementos, ambientes y circunstancias que mejoren su condición de vida. Es una cualidad innata del ser, pero cómo lo logra es lo que lo diferencia de otras especies. Vivir y sobrevivir se fusionan en la forma de ser y de estar del hombre en el mundo, lo que apunta hacia la reproducción de la especie, en perspectiva de eternidad.

Luchar por existir y trascender es parte de la esencia del individuo, de la especie humana, a diferencia de cualquier otra especie del mundo animal, que no piensa y por tanto no imagina la perpetuidad ni la extinción. Pero, ¿de dónde viene ese impulso y qué lo mueve o qué lo motiva? ¿Tiene un límite y, en todo caso, bajo qué parámetros se traza?

La película Alerta Solar (Reino Unido, 2007) presenta un escenario ficticio en el que la humanidad está a punto de alcanzar su desaparición debido a que el Sol está a punto de extinguirse. Como última esperanza se manda al espacio una nave, hacia la estrella solar, la segunda expedición debido a que la primera tentativa falló en completar su misión: reactivar al astro a través de una bomba nuclear que debe implantarse en su núcleo que se apaga, para reactivar su energía. La película es dirigida por Danny Boyle, escrita por Alex Garland y protagonizada por Cillian Murphy, Rose Byrne, Chris Evans, Michelle Yeoh, Benedict Wong, Troy Garity, Cliff Curtis, Hiroyuki Sanada y Mark Strong.

La nave en la historia se llama Icarus II, en referencia a Ícaro, un personaje de la mitología griega que voló demasiado cerca del Sol y quemó las alas que su padre Dédalo le había fabricado. A Ícaro, su padre le advirtió que las llamas solares derretirían la cera que une las plumas de sus alas si no tenía cuidado con ellas, pero incluso entonces, a pesar de la advertencia, erró y se encontró con la muerte.

El mito invita a reflexionar sobre las decisiones del hombre, sobre las prioridades que establece, sobre los riesgos que se toman y la precaución, o falta de ella, con que se toman, en donde la arrogancia, el miedo, la ira, la soberbia, el sentimiento de superioridad, la confianza excesiva, la duda, la aparente certeza o seguridad van fluyendo en la conducta de los humanos (y de dioses o semidioses en la mitología) conforme las circunstancias se van modificando. El mito también ofrece una mirada de perspectiva en relación directa con la película y la misión de la nave espacial. Al tratarse de una ‘última esperanza’ y considerarse como tal, esto pesa sobre los hombros y la conciencia de los astronautas; el cómo en busca de alcanzar un propósito y objetivo trazado, el juicio puede nublarse por esa misma presión de lograr el cometido, donde temor, incertidumbre, arrogancia, curiosidad o soberbia se convierten en los factores que llevan al individuo a cometer errores de diferentes magnitudes.

Cuando se encuentran volando alrededor de la órbita del planeta Mercurio, Icarus y sus tripulantes detectan el llamado de auxilio de la otra nave espacial que había desaparecido 7 años atrás y cuya misión era exactamente la misma que la de ellos, reactivar al Sol. Las reacciones y opiniones respecto a lo que se debe hacer y cómo se debe proceder difieren entre la tripulación; algunos razonan de acuerdo con una lógica de análisis facto de datos, concluyendo que lo más efectivo sería continuar con la misión porque esa es su prioridad, llegar al Sol, soltar la bomba y reactivar la estrella. Pero otros argumentan su contraparte basados en el enfoque emocional (incluso humanista) y la posibilidad de que los tripulantes de la primera nave sigan vivos y necesiten ayuda.

Finalmente se opta por un punto medio, basado en las probabilidades: que acercarse a la primera nave puede o no ayudar en algo al éxito de su misión. No les hace falta comida ni raciones de oxígeno, pero, si recuperan la bomba que el Icarus I carga, tendrán dos oportunidades de triunfar en su propósito de reactivar al Sol, dos en lugar de una sola.

El problema es que la decisión, más que razonada bajo principios de cálculos de un análisis de datos, se hace más en un plano sentimental, el deseo de triunfar, el que haya dos bombas y, por tanto, dos intentos de éxito, lo cual de suyo implica que no tienen plena confianza en el éxito de la misión.

Las suposiciones hacen parecer que, en el fondo, la tripulación sabe que ganar o perder es una apuesta de 50/50. Esa segunda bomba, o la posibilidad de encontrar a alguien con vida en la otra nave, es la señal que anhelan para sentirse seguros de su misión, para recordar la razón por la que hacen lo que hacen, ayudar a otros con el éxito de su viaje.

Pero las mismas suposiciones, las mismas probabilidades, son una moneda al aire; ellos no saben si llegarán al Sol y no saben tampoco si su carga podrá detonarse o no, o si de hacerlo tendrá el efecto que esperan sobre la masa solar. ¿Por qué tomar el riesgo entonces? Para que así, la posibilidad de ganar crezca en probabilidades. Sigue siendo posible que triunfen o no en su misión, pero con dos bombas, es más probable que lo logren. Lo que no toman en consideración es que, en ello, factores externos podrían aminorar esas probabilidades. El factor incertidumbre crece en importancia ante el cambio de estrategia y la modificación al plan de vuelo original.

Un error se puede prever, pero no siempre se puede adivinar. Es muy posible que algo salga mal, pero esa es parte de la misión y, en corto, esa es también parte de la vida. Es posible que la bomba no sirva, también es posible que un primer intento de detonarla falle, pero que un segundo no, y de la misma forma existe un escenario que desdibuja la posibilidad de que un único intento tenga el éxito esperado. Nadie sabe lo que puede pasar y esa es una incertidumbre que causa caos.

En la película, un error humano es seguido de un segundo, un tercero y un cuarto. Cada decisión abre un nuevo camino con sus propias variantes de frente, pero esa es una realidad que se vive todos los días. El subirse a un autobús o no hacerlo, el hacer una llamada o postergarla, el tomar siempre un mismo camino a casa o tomar uno diferente, todas son decisiones que cambian el futuro, y las posibilidades dentro de él.

“Es diferente, temer que no vas a volver a casa y luego saber que no vas a volver”, dice una de las astronautas al momento de enfrentar la realidad, pues en favor de completar su misión, tendrán que sacrificar su vida. El dilema se convierte en una constante a lo largo de la serie de obstáculos que cada vez se vuelven mayores. Entonces varios de los tripulantes se preguntan si vale la pena dejar morir a uno, o a dos o a tres, a fin de que otros pocos puedan llegar hasta el Sol para completar la misión. Dejar morir a unos tantos para que otros muchos, los ciudadanos de la Tierra, sobrevivan.

El sacrificio va más allá de las implicaciones éticas, y se extiende incluso al ir en contra del impulso que mueve al individuo, luchar por sobrevivir. Pero la situación plantea también cuestiones relacionadas con temas como la vida o la muerte, las creencias, la fe y la esperanza. ¿Quién da al hombre la facultad de poder decidir sobre el asunto, decidir quién vive o quién muere? Un cuestionamiento filosófico que inexorablemente va ligado con el tema de la ‘creación’.

Esta misma interrogante fue la que pudo llevar a los tripulantes del Icarus I, o a algunos de ellos, a desistir de completar su misión. El capitán de aquella nave, que eventualmente aborda el Icarus II con el fin de detener a los tripulantes de ésta en el proceso de terminar su propio viaje y completar satisfactoriamente la misión, razona que tal vez la humanidad debe extinguirse porque ha recorrido ya el curso natural de su existencia y es su destino encontrar su desaparición, entendiéndose como un orden natural de su propio ciclo de vida. Pero la pregunta en cualquier caso es la misma, ¿quién le da a él la facultad decidir sobre otros? ¿Por qué alguien se atribuye la capacidad dejar vivir o exterminar a otros seres humanos?

Durante su viaje, mientras su nave se acercaba al Sol, el capitán del Icarus I parece advertir que la Tierra y el hombre son sólo un fragmento del todo que conforma el firmamento, un uno por ciento rodeado de mucho más que la mente humana no conoce aún (y tal vez nunca lo haga). La idea pesa demasiado como para que su mente pueda procesar la magnitud de lo que esto significa, respecto a su existencia y la vida en el universo.

Pero si luchar y vivir es una de las características de los seres vivos, entonces, ¿qué es lo que hace al hombre perder o redireccionar ese instinto innato? El egoísmo humano o el afán de superioridad puede llevar al hombre a exclamar, [como se atribuye a Luis XV, Rey de Francia] “después de mí, el diluvio”. ¿Acaso Ícaro terminó quemando sus alas por la curiosidad de acercarse al Sol o porque se sentía un ser superior, inerte a sus llamas?

Uno de los tripulantes del Icarus II, quien se ha maravillado con la visión del Sol, cada vez más cerca de él durante su viaje, explica que la obscuridad es la ausencia de luz. La ausencia de un algo es la derrota, según su lógica, porque la obscuridad para él es la muerte. Lo que no considera es ese deseo de lucha que lleva al hombre no sólo a pelear, sino también a adaptarse, porque la ausencia de luz, de un algo, también tiene un significado y no obligatoriamente se relaciona con la muerte o la ausencia de vida.

Así que, en un escenario de supervivencia contra extinción, ¿no es la reacción más natural del hombre luchar por la vida? Tal vez la clave es la razón que lo motiva, una decisión que se basa con el entendimiento personal sobre qué nos hace humanos y qué es aquello en lo que elegimos creer, dos pilares no sólo cambiantes entre una mente humana y otra, sino que también corren el riesgo de verse cegados por el extremismo.

Ficha técnica: Sunshine - Alerta Solar

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