El precio del mañana

Diana Miriam Alcántara Meléndez
Diana Miriam Alcántara Meléndez

Para que una película funcione y trascienda, para que sea algo más que un entretenimiento superficial que distrae momentáneamente, tiene que tener todos los elementos que la conforman a su favor; la historia, las actuaciones, la dirección, la música, el guión, la producción, la edición y todos los pequeños detalles que la componen. Si flaquea en algo todavía puede ser quizá una buena película pero nunca una gran película.

Así que en general debe haber una colaboración entre el apartado técnico y el narrativo; el ritmo de la historia, por ejemplo, lo dicta tanto el desarrollo del relato (es decir la forma en que avanza la historia), así como la edición de las imágenes, por los que son elementos/departamentos que tienen que trabajar en conjunto para lograr el mejor resultado.

Cuando una película no sabe plantear crítica y  analíticamente los temas de su concepto, cuando una idea no se materializa en un argumento propositivo y el desarrollo de la historia deja caer todos los puntos clave con que carga el terreno base, no importa qué tan bien lo hagan los demás elementos que conforman el filme, el resultado será más deslucido que trascendente, más banal que substancial.

Este es el problema con la película El precio del mañana (EUA, 2011), escrita y dirigida por Andrew Niccol y protagonizada por Justin Timberlake, Amanda Seyfried, Cillian Murphy, Vincent Kartheiser, Olivia Wilde, Matt Bomer, Johnny Galecki y Alex Pettyfer. Un relato con buenas ideas y una realización mediocre que cae en elementos narrativos trillados desperdiciando toda la originalidad de su concepto.

Aquí el mundo de ficción distópico y futurista que se plantea es interesante, una sociedad en la que el tiempo es la moneda de cambio para todo tipo de bienes y servicios; los productos básicos de alimentación y otros bienes que necesitas para vivir los obtienes a cambio de minutos u horas de tu propia vida, así que quien tiene tiempo en abundancia disfruta una existencia cómoda y placentera,  y quien no, no sólo vive en la pobreza, sino que puede llevarle a la muerte temprana. Todo se paga con tiempo, hasta el tiempo mismo, así que la inmortalidad se vuelve el anhelo de muchos, pues no sólo representa riqueza suficiente para una vida relajada en la opulencia, sino que también significa eternidad o inmortalidad.

Como premisa todo esto suena muy interesante, ya que plantea preguntas clave sobre la  existencia, el poder y el dinero, el capitalismo como sistema, la burocracia que administra y controla el tiempo, los mecanismos de explotación basados en inexistente control de precios y, en el fondo, la razón de ser y existir, el objetivo mismo de vivir, incluso para aquellos que acumulan cantidades inmensas de riqueza-tiempo que les asegura siglos de vida y que, sin embargo, se preguntan si vale la pena.
 
Como el tiempo es la moneda de cambio, un segundo, minuto u hora no simplemente representa un lapso temporal, también representa el poder para la adquisición de productos y servicios. Un café cuesta tantos minutos, el transporte público, la renta de un departamento o la paga que se recibe por realizar una labor productiva, todo se realiza en tiempo, minutos, horas, semanas, meses, que se acumulan en un reloj de vida. Pero ese segundo, minuto u hora, también avanza conforme el tiempo mismo pasa, así que por ejemplo si alguien tiene 10 minutos en su reloj y compra un desayuno por el que paga 5 minutos y tarda 5 minutos en comérselo, se queda sin tiempo y muere.

La película plantea dos cosas importantes, la eternidad y la riqueza. La gente quiere tener tiempo, porque así puede tener libertad de hacer lo que quiera; si quiere una vida mejor, una mejor casa, vivir en un vecindario más exclusivo y comprar las cosas más refinadas, necesita solvencia de capital, es decir, el mayor tiempo posible, no sólo segundos o minutos, sino años, décadas, siglos incluso. Entonces se establecen clases sociales, separadas por barreras, o zonas horarias, casi imposibles de atravesar a menos que se tengan décadas acumuladas para solventarlo.

Aquellos de la clase trabajadora que viven en condiciones precarias pagan impuestos excesivos y constantes alzas en los precios, que pesan sobre los bajos salarios y falta de oportunidades que no les permiten salir de su propia realidad de carencias, algo muy similar a lo que sufre la clase trabajadora en el capitalismo neoliberal saturado de sistemas digitales que convierten a los humanos en apéndices dependientes de las máquinas. En contraparte existe, desde luego, la clase de élite, aquel grupo social que puede darse todos los lujos que quiera, podríamos decir la clase ociosa, pues su nivel de vida les permite ¿obliga? a vivir en constante exhibición de su riqueza, en medio de festejos y juegos para disfrutar, porque han acumulado capital, o sea tiempo, a partir del manejo del mercado.

Si, igual que en la vida real el libre mercado no existe, la oferta y la demanda son inducidas, fomentando el consumismo de las clases ricas y encareciendo los artículos para quienes viven en condiciones precarias, vía precios e impuestos y explotación que se realiza gracias al control que se tiene sobre el manejo de la moneda de cambio, que acumula y regula su circulación para un enriquecimiento constante.

Salir del fondo de la pirámide para llegar a la cima, o al menos ascender en la escala social, es casi imposible, porque no hay condiciones de crecimiento, ni personal ni profesional, ya que no hay forma de retar al sistema; los que tienen moneda de cambio acumulada no la comparten y los que no tienen nada, sólo acumulan deudas. 

Pero los que lo tienen no sólo se limitan a una vida de lujos, sino que la riqueza significa una vida eterna, porque la riqueza es tiempo; la gente vive hasta que su reloj de vida llega a ceros y, por ende, quienes sigan acumulando y ganando tiempo, continuarán viviendo. La vida eterna es la meta, pero una vida así llega a perder todo sentido, tanto para los que tienen mucho y nunca ven el fin de su existencia, o sea la muerte, como para los que tienen poco y viven al día con apenas y minutos en su reloj; por tanto, pueden morir en cualquier momento y su rutina se limita a sobrevivir, ya no a disfrutar la vida.

En esta distopía las personas dejan de envejecer a los 25 años y entonces, comienza la cuenta regresiva en su reloj personal a partir de la marca de un año. Se les dan 365 días como ‘regalo’, como ‘oportunidades’ pero también tienen que usar esa ‘moneda de cambio’ para pagar por productos y servicios, así que 365 días se pueden terminar en semanas o en horas. 

Sin nada que ganar y mucho que perder, surgen entonces otras formas de supervivencia, desde la prostitución hasta los préstamos con intereses y el crimen organizado. La realidad distante entre tener tiempo para sobrevivir y tenerlo para acumularlo, porque tiempo es dinero y dinero es felicidad, según esta sociedad. 

¿Pero es realmente felicidad? ¿No es desdichado tanto el que no tiene tiempo como el que lo tiene en exceso? Aquí hay una reflexión tan metafórica como literal del mundo moderno, la analogía del tiempo como dinero, pero también hablando del tiempo como tal, es decir, la vida misma. Simplemente recordemos cuantas veces no hemos dicho, o escuchado decir, “no tengo tiempo”, para comprender que tan acertado es pensar en una sociedad que vive obsesionada en el consumo acelerado de las cosas, pendiente siempre del reloj, justo porque sienten que no tienen tiempo, que por tanto su vida se agota. En paralelo existen quienes tienen tiempo en exceso pero no saben cómo ocupar su “tiempo libre”, cómo llenar las horas del día en actividades creativas y diversas, para superar el aburrimiento que les provoca la rutina insubstancial en que viven. 

Y en ese sentido, retomando el escenario de la película, ¿no es tan desdichado el que no tiene nada y vive envuelto en la angustia por sobrevivir, consumir lo indispensable, deseando una vida distinta; como el que sí lo tiene y se vuelve blanco exactamente de ese anhelo convertido en codicia de los otros? La idea es que la gente anhele tener, eso es lo que hace funcionar al sistema capitalista, pero quien ya lo tiene todo, o teme perderlo o, paulatinamente, todo el tiempo y los bienes o servicios que pretende consumir dejan de tener sentido y valor (importancia, relevancia), pues no cubren ninguna necesidad, se vuelven inservibles.

Todos quieren tiempo y capital, primero para sobrevivir, luego, para vivir eternamente, en una superficialidad que, eventualmente, carece de sentido. La fuente de la juventud, que siempre es tema de conversación entre el colectivo posmoderno, es un anhelo porque significa una vida que otorgue todo aquello que la sociedad actual valora: juventud, vitalidad y cero consecuencias.

En esta sociedad ficticia todos lucen de 25 años, porque eso es lo que anhela la sociedad, la idea de la belleza eterna, como si alguien pasando esa marca de edad ya no tuviera nada que ofrecer al mundo. Pero aunque el cuerpo físicamente no ‘avance’, no envejezca, le mente sí se desgasta. Las personas continúan acumulando experiencias, vivencias, anhelos, sueños, preocupaciones y deseos. 

¿Qué haría alguien con todo el tiempo del mundo, con toda la riqueza del mundo y con la juventud física que signifique no envejecer? Ese es el sueño de todos, tenerlo todo, ¿pero, a qué precio? Ese es el aparente dilema que intenta planear la película: ¿si lo tuvieras todo, entonces qué harías, en qué o con qué soñarías y qué te motivaría a seguir adelante? Incluso habría que preguntar: ¿Qué significa tenerlo todo?

“No desperdicies tu tiempo”, es el mensaje de la historia y es bastante interesante ya que las ideas en sí proponen temas sociales reales, desde la división de clases a la acumulación de la riqueza, así como la idea de que el tiempo se ha convertido en una medida de control. 

Temáticamente todo este mundo ficticio es propositivo, la pena es que la historia sea tan genérica, superflua y hasta mediocre en su trazo dramático y narrativo. La trama sigue a Will, un joven que casi acaba de cumplir 25 años y que vive al día en una de las zonas más pobres, endeudado y combatiendo los problemas de la pobreza. Su naturaleza solidaria lo impulsa a ayudar a un hombre con casi un siglo de tiempo en su reloj de vida, que se vuelve blanco del ataque de una banda de carroñeros que se dedican a robarle a cualquiera, con maña o a la fuerza.

Este sujeto, Henry, es alguien que ha vivido tanto tiempo que se ha dado cuenta que la inmortalidad está sobrevalorada, porque en su existencia ya no hay un objetivo de vida. Él no sabe qué hacer con su tiempo (tanto de vida eterna como de riqueza), porque nunca le ha costado nada. Sin sacrificio esfuerzo o motivación, su existencia pierde sentido. 

Entonces decide dárselo todo a Will, alguien convencido de que no es correcto que pocos tengan mucho y muchos tengan poco, alguien que opina que esa riqueza debería ayudar a otros a vivir una mejor vida. Cuando la madre de Will fallece por las vicisitudes engañosas del sistema (no tiene el suficiente ‘tiempo’ para pagar por el transporte público que la lleve a casa, donde su hijo pueda pasarle algunas horas extra de vida) el joven decide rebelarse y destruir los pilares de este orden capitalista. Su plan, sin embargo, tarda en tomar forma y es aquí donde la película flaquea. 

Primero reacciona queriendo ayudar a sus amigos, pasándoles años de tiempo para mejorar su calidad de vida; luego decide ir directo hacia las zonas más exclusivas donde primero actúa como todo ‘nuevo rico’ despilfarrando, para más tarde toparse casi por coincidencia con la persona más importante de la región, el hombre más rico que administra el capital y funge como principal ‘autoridad’ a cargo: Philippe Weis.

Cuando la policía asocia a Will con la muerte de Henry y se convierte en sospechoso de su fallecimiento, comienza a perseguírsele, pero para rastrear ‘de vuelta’ todo ese siglo que Henry le transfirió. Es aquí cuando el relato se vuelve genérico y vacío, pues para escapar con vida termina huyendo con Sylvia, la hija de Philippe, como su rehén.

De ahí en adelante todo se convierte narrativamente es una vacía historia de amor convertida en un ‘Bonnie y Clyde’ modernos combinados con ‘Robin Hood’ pero sin mucho sentido o propósito. Al principio de la película Will quería justicia, trato equitativo para todos y una oportunidad de vida igualitaria, a fin de evitar que unos mueran para que otros vivan; pero luego de que su madre fallece, quiere venganza; cuando la policía comienza a buscarlo quiere sobrevivir y se lleva a Sylvia de rehén sólo para asegurar que no lo maten, pero entonces ella termina por coincidir con Will en la opinión de que su padre y los ‘ricos’ no tienen derecho a acumular ‘tiempo’ a expensas de los pobres y se une al plan de robar todo el dinero a Weis, que es el dueño de los bancos que mueven el capital en la zona, para dárselo a toda la comunidad más empobrecida.

Y todo el discurso reflexivo de la historia se pierde en situaciones trilladas y cliché que no tienen mucho ingenio ni narrativo ni dramático ni temático. Es sólo cuando Philippe eventualmente los cuestiona que hay un poco de intento crítico a la realidad del mundo moderno que refleja: ellos roban todo, reparten el capital y le dan a las personas más tiempo; ¿y después?

El razonamiento de Philippe cuestiona el problema más importante con el guión, los protagonistas avanzan sin rumbo. Weis plantea una realidad clave, si ellos derrocan al sistema hoy, en uno o dos años todo volverá a estar como antes, porque siempre habrá alguien que quiera más, que quiera la eternidad, tener, acumular y ganar. La gente no valorará el tiempo porque se les da regalado y entonces así comienza a carecer de valor, hasta que alguien se lo vuelva a dar, comience a tener más y a explotar a los demás. En esencia, Weis señala una opinión común entre la clase propietaria y entre quienes anhelan estar en la cúspide social: más vale obtener beneficios porque si no lo hago yo, alguien más sacará provecho. Esto significa que el problema no es el sujeto individual, sino el sistema diseñado para buscar beneficios y acumular riqueza como sinónimo de éxito.

Alguien más, en algún punto de la historia, lo analiza diciendo que si los ricos quieren más, sólo aumentarán los impuestos y los precios y así a muchos se les comenzará a agotar su tiempo ‘regalado’. Ahí radica la simpleza de pensamiento de Sylvia y Will (y por extensión de la narrativa), así como su inhabilidad para trascender como personajes; se convierten en ladrones de bancos pero no hacen más, no cambian nada, no cuestionan la naturaleza del sistema; no crecen más allá de la impulsividad de derribar a un Weis por motivos emocionales, que finalmente es sólo una pieza más en el tablero, como ellos.

El gran bache aquí es que el modelo narrativo es demasiado estándar; el pobre, el rico, el que quiere y el que tiene, el explotador y el explotado o el orden social en función del dinero, siempre elevando costos y precios para que sólo unos cuantos puedan pagar por bienes y servicios. La película refleja el mundo real pero lo hace de una forma tan banal que apenas y resuena. 

Lo único diferente entre esta historia y otras dentro de su misma línea estándar es la ficción del universo planteado; aquí quien no tiene, quien no puede pagar y vive en la pobreza, simplemente muere (finalmente un modelo de control para la sobrepoblación). ¿Pueden dos ladrones de bancos cambiar esto con dar y regalar ‘tiempo’ al por mayor? Seguramente no, porque no hay cuestionamiento hacia el modo de operar el sistema. Porque sin lucha no hay victoria y, por tanto, quien recibe regalado consume sin medida.

‘El tiempo es dinero’, metafórica y literalmente hablando, así que la lección, que viene de algo que Henry le dice a Will, es “no malgastes el tiempo”. Al menos la película invita a reflexionarlo en ambas direcciones, la riqueza y la vida misma, apuntando a la necesidad de saber administrar nuestro propio tiempo, evitar quitar el tiempo a otros y aprovechar creativamente el tiempo de ocio. Irónicamente la trama se toma su tiempo para llegar a esta conclusión que, a fin de cuentas, ya estaba plasmada desde el planteamiento de la historia; o en otras palabras, la película pierde el tiempo. 

Un concepto interesante que no llega a ser más que eso, una premisa, no una reflexión crítica sobre los mecanismos de control que el sistema emplea para utilizar nuestro tiempo, tanto en el interior de fábricas y empresas, como en el llamado tiempo libre, absorbido por la industria del espectáculo. En breve, una idea, no es una buena película.

Ficha técnica: El precio del mañana - In Time

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