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Un equipo muy especial

Diana Miriam Alcántara Meléndez
Diana Miriam Alcántara Meléndez

La equidad de género ha sido cultural e históricamente un camino rocoso a raíz de los moldes sustentados en estereotipos impuestos en esencia por la sociedad machista. Feminismo no significa que el hombre sea menos que la mujer; habla más bien de una igualdad sustentada en el respeto mutuo. Para que exista, deben trabajarse los valores, inmersos en la educación que se les imparte a las nuevas generaciones, lo que corre a cargo de la generación actual y la mentalidad que la rige.

La idea de que la mujer debe dedicarse exclusivamente a las tareas del hogar es una forma de pensamiento tradicionalista y conservador, retrógrada incluso, que por mucho tiempo fue la única forma aceptada de entender la dinámica social. Era pues, la ideología predominante de principios y mediados del siglo XX, que comenzó a cambiar, si bien en parte, a partir de eventos sociales y políticos como lo fueron las guerras, los movimientos de liberación nacional, la revolución rusa, el desarrollo científico y su aplicación en la industria y las crisis económicas, entre muchos otros acontecimientos clave.

El hecho de que los varones fueran enviados al campo de batalla, con motivo de la llamada primera y segunda guerra mundial, y sus secuelas en distintas áreas geográficas, significó que las mujeres tuvieran que tomar las riendas de muchos sectores tradicionalmente administrados por ellos. Sucedió en las fábricas, sucedió en la medicina y sucedió, por ejemplo, incluso en el deporte, como lo refleja la película Un equipo muy especial (EUA, 1992), dirigida por Penny Marshall y escrita por Lowell Ganz y Babaloo Mandel, a partir de una historia de Kim Wilson, y Kelly Candaele.

La cinta, protagonizada por Geena Davis, Tom Hanks, Lori Petty, Madonna, David Strathairn, Rosie O'Donnell, Garry Marshall y Megan Cavanagh, se centra en un equipo de béisbol femenil que se forma, junto con cuatro equipos más para conformar una liga profesional, al estallar la Segunda Guerra Mundial, como alternativa para mantener este deporte espectáculo en el ánimo de la población, toda vez que los jugadores profesionales masculinos son obligados a dejar el guante y el bate para ir al campo de batalla.

El motivo, o incentivo del patrocinador de la liga, Walter Harvey, no es sino la necesidad de cubrir el espacio que queda vacante al ponerse una pausa al béisbol profesional masculino. El empresario está preocupado por sus finanzas y las del país, porque sin juegos no hay medio de entretenimiento, y sin éste, no hay consumo masivo, traducido en ventas de entradas al estadio, de alimentos, de publicidad y hasta de otros productos en sintonía, como gorras, uniformes, tarjetas de colección y demás. Se trata de dar continuidad a este sector de la economía que promueve el consumo alrededor de una actividad al parecer favorable a la salud de la población: el deporte.

La intención es crear un espectáculo distractor, pero que incentive más que nada la venta de mercancías y servicios relacionados con esa actividad deportiva, que se traduzca para él, como dueño de los medios de producción y del capital, en mayores ganancias. En lo que su plan se enfoca entonces es en crear un divertimento con base en lo deportivo, no un deporte competitivo; esto es, eligiendo jugadoras con talento, sí, pero además un alto potencial de venta, o más bien, de la venta de su imagen pública. Eso significa que importa cómo es que las chicas juegan, pero también, cómo se ven, físicamente hablando. 

Harvey y su equipo buscan mujeres ‘bonitas’, que atraigan al espectador no sólo por su astucia y habilidad  en el juego, sino también por su atractivo físico. Las jugadoras son entonces reducidas a su exterior, subestimadas a ser sólo valoradas por cómo visten, se peinan y actúan. Se recluta y se promueve a las “bonitas” y se margina a las que no se consideran tales. Se intenta definir un tipo de feminidad y para ello se les asigna incluso lecciones de clase y estilo, para apegarse al ‘modelo de mujer’ que se exigía en aquella época, mujeres recatadas y sumisas, donde lo importante no era tener modales, algo relevante siempre, sino exagerarlos de una manera tan servicial que resultaba en un estereotipo.

Entre las seleccionadas, las protagonistas de la historia, está Dottie, un excelente jugadora con pasión para el béisbol, pero cuya prioridad es su familia, sea su esposo Bob, enviado a la guerra, o su hermana menor Kit, otra intrépida jugadora con la insatisfacción de sentirse siempre a la sombra de su hermana mayor.

También están Marla, conocedora a conciencia del juego y experta en este deporte, pero quien es criticada por no cubrir el perfil de feminidad que se les exige a estas mujeres (vanidad y pose frente a la naturalidad de la belleza espontánea); Mae, audaz y social, dado su estilo de vida previo, como bailarina en clubes; así como su mejor amiga, Doris, dicharachera y de espíritu libre.

Para estas mujeres, el interés en la oportunidad es el deporte, sí, pero también la libertad que puede significar. El saber que jugar béisbol, ser buenas en ello y disfrutar de este aspecto de su vida es un gusto positivo que no sólo otras comparten, sino que no tiene nada de malo, porque eso no las hace ‘más o menos’ que nadie.

Para alguien como Mae, por ejemplo, la oportunidad es también un cambio importante en su realidad, aspiraciones y expectativas de vida, pues la opción de ganar dinero jugando un deporte que le gusta, frente a tener que bailar por dinero, representa un cambio bienvenido, justo y honesto. No es que ella no se sienta a gusto con su sexualidad, es que sabe que el hombre que se aparece a su lado no la respeta ni la valora como mujer (la ve como un objeto), como sí sucede con sus compañeras de equipo, con  quienes cultiva relaciones de amistad.

Para alguien como Kit, por su parte, la oportunidad representa también un cambio de vida entrelazado al crecimiento personal. Su realidad antes de la exhibición deportiva para la opción como profesional era la de cuidar, junto con su hermana Dottie, de su granja, algo que no la llena de satisfacción, como sí a su hermana, dado que su espíritu más aventurero y su necesidad de desarrollo se topa con un punto muerto en la que considera, su vida en la granja, una monotonía que la encasilla.

Para todas, el deporte es un gusto, pero no para todas es un medio de vida, no sólo porque dado que se trata de una liga profesional sin precedentes, la idea de subsistir como atletas resulta impensable, sino que, por ello mismo, no pueden tomarse las cosas con seriedad, si no las toman primero en serio a ellas mismas. Asumen lo que están haciendo como un pasatiempo, no forzosamente pasajero, pero del cual pueden aferrarse por lo que representa: una oportunidad de progreso personal, emocional, intelectual y social. Su entrega se convierte en éxito, en parte cuando, a exigencias de los patrocinadores, encuentran la forma de ‘dar al público lo que quiere’, un espectáculo deportivo, pero, igualmente también, por su talento para el juego, demostrando así a los organizadores y a los aficionados a este deporte que han subestimado sus capacidades, que la liga femenina de béisbol puede ser mucho más que un medio comercial, propagandístico y alienador.

Es entonces que se cuestiona implícitamente el rol tradicionalista de la mujer, asumido socialmente como orientado a ‘cocinar, lavar, atender a su esposo y cuidar de sus hijos’. Pero las mujeres son mucho más; son personas con habilidades e inteligencia, con capacidades y metas y, en este caso, un nivel de competitividad deportiva a la altura de cualquier otro jugador. Ser mujer y ser madre no debería constituir un obstáculo para ser, al mismo tiempo, una deportista en toda la extensión de la palabra, elevando su fuerza y habilidad física e intelectual; ni tampoco debe reñir con la manifestación estética de su propio cuerpo. Belleza física y fortaleza intelectual son componentes naturales del ser humano [hombres y mujeres, infantes, jóvenes o ancianos] que no tienen por qué ser excluyentes.

Algunas personas, dentro de la narrativa en la película, expresan su ‘preocupación’ por la que llaman la ‘masculinización de las mujeres’, que no es sino una realidad de libertad e independencia, vista desde el punto de vista radical y conservador, machista, como algo negativo. Que la mujer practique deporte no la hace menos femenina (no la hace menos, punto), pero esa es la conclusión de los que no entienden que la idea de cambio, de igualdad, tiene que ver con equidad y respeto. 

No está mal que una mujer lave o cocine, y no está tampoco mal si ellas encuentran o no un gusto en hacerlo; lo incorrecto es pensar que eso es todo lo que pueden hacer, o quieren hacer, o anhelan hacer; o en su caso no hacer. El error pues, es pensar que el deporte, y en extensión el trabajo físico, el esfuerzo, el sacrificio y demás, son actividades exclusivas de los hombres. Jugar béisbol o preparar té no define quiénes son, pues las personas no se definen en el estereotipo o el molde.

Es entonces que poco a poco, en la narrativa, el juego deportivo comienza a ir mucho más allá de las directrices de la publicidad, el entretenimiento y la venta de la imagen, de si las jugadoras visten faldas cortas, una decisión sexista sin duda, o si se maquillan y peinan de tal o cual manera. La gente eventualmente más bien decide ir a verlas jugar por las hazañas deportivas, los juegos que ganan y el talento que se hace notar en el terreno de juego.

Por otra parte, la competencia en la cancha no las lleva forzosamente a competir entre ellas mismas. Se respetan como mujeres y se apoyan porque se saben en la misma situación: para quienes son casadas, por ejemplo, el temor de que sus esposos mueran en la guerra; para las que tienen hijos, la responsabilidad de sacarlos adelante por sí solas; para todas, la necesidad de subsistir en un mundo que no les abre ninguna oportunidad, simplemente porque las subestima.

Son solidarias ante todo y siempre, aunque no se libren de los roces propios de la competitividad deportiva, que llama a ganar siempre, como si esto fuera sinónimo de éxito. En el caso de Dottie y Kit, también existe la rivalidad fraternal propia de un par de hermanas constantemente comparadas entre sí, acción equívoca, pero a veces propiciada hasta por los propios padres.

Kit quiere forjarse su propio destino, pero se siente arrastrada por la otra, quien, en un afán por protegerla, puede llegar a sobreprotegerla, evitando que, al dejarla cometer sus propios errores, Kit aprenda también sus propias lecciones.

Esta variedad de personajes, de mujeres creando sus propias oportunidades, sufriendo las caídas de sus circunstancias, realidades propiciadas por el contexto político y social del momento y lugar en el que viven, es en parte la huella de reflexión inmersa en la historia. 

Las protagonistas rompen el estereotipo no sólo porque es necesario, sino porque es justo. Se les pide inicialmente apegarse a un molde ilusorio, idealista más que verdadero, porque eso es a lo que está acostumbrado el mundo a su alrededor. Este escenario les sucede a ellas, pero les sucede a todos, incluso al entrenador del equipo al que pertenecen Dottie, Kit, Marla, Mae, Doris y las demás, Jimmy Dugan, a quien Harvey le pide limitarse a ‘saludar y sonreír’, como si la mercadotecnia detrás del concepto un “equipo femenino de béisbol”, fuera una mera pantalla para vender la idea como producto, no como realidad de cambio. 

Pero la vida no es sólo ‘saludar y sonreír’, pasivamente y por inercia, sobreviviendo y no viviendo. La huella que dejan estos personajes con sus experiencias de vida, con su participación y entrega, con desafiar expectativas,  habla entonces, como crítica social, del importante y necesario cambio social que, en este caso, tiene como eco la lucha por la igualdad de género. 

La historia habla así, en el fondo, sobre la realidad adversa que representa ser mujer en un contexto social que no siempre sabe cómo reaccionar a la importante y relevante liberación sexual, asumiéndola, equivocadamente, como sinónimo de libertinaje.

Lo que se requiere, para cambiar mentalidades y evolucionar hacia una sociedad más igualitaria, es decisión y constancia. Casos como este son significativos, pero no pueden ser la única piedra angular, cuando la transición es un proceso en constante renovación. 

La liga profesional femenina de béisbol en Estados Unidos, por cierto, sólo existió de 1943 a 1954. Lo que en resumen concluye que el camino se construye paso a paso, que aún falta mucho por hacer y que, más importante, las circunstancias y cambios culturales moldean la realidad y el futuro de todas las personas. Afortunadamente, millones de mujeres en el mundo a lo largo de toda la segunda mitad del siglo XX y lo que va del presente siglo, han incursionado con éxito en múltiples actividades deportivas y artísticas, contribuyendo a la superación de prejuicios y estereotipos discriminatorios.

Ficha técnica: Un equipo muy especial - A League of Their Own

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