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Sobre-Natural

Diana Miriam Alcántara Meléndez
Diana Miriam Alcántara Meléndez

Cómo reacciona una persona ante el miedo dice mucho de ella, lo mismo que de su sociedad: su organización, normas, valores, creencias e historia. El miedo crea desconfianza, angustia, negatividad y contrariedad; se nutre de la impulsividad y provoca conflictos, de forma que el peligro, sea real o inventado, engrandece la ansiedad, la rivalidad y el rechazo que por medio de mecanismos de defensa, o supervivencia, pueden resultar en desorden, desacuerdos, antagonismo y enfrentamientos entre personas.

Sobre-Natural (EUA, 2007) -o la niebla- es una película que aborda el tema, al centrarse en varios personajes refugiándose dentro de un supermercado luego de la llegada de una misteriosa y densa niebla que cubre todo a la vista y, descubren, donde se esconden misteriosas y letales criaturas. Escrita y dirigida por Frank Darabont, a partir de la novela literaria La Niebla de Stephen King, la cinta está protagonizada por Thomas Jane, Marcia Gay Harden, Laurie Holden, Toby Jones, Andre Braugher, Frances Sternhagen, Jeffrey DeMunn, Sam Witwer y Alexa Davalos.

La historia toma como protagonista principal a David, un padre de familia que tras un tormenta eléctrica que derribó varios árboles en su propiedad, dañando su casa, decide ir al pueblo por provisiones acompañado de su hijo Billy y su vecino, Norton, un juez que trabaja en la ciudad y con quien David ha tenido varios roces, por desacuerdos y disputas casi banales pero que han terminado en demanda.

Al llegar al supermercado local, donde muchos como ellos, algunos en pánico, han ido a comprar suministros al por mayor -en una reacción de pánico por un posible riesgo de desabasto y aislamiento como consecuencia de los destrozos causados por la tormenta-, una rara niebla comienza a esparcirse por las calles. Cuando alguien llega de fuera, asegurando que ‘hay algo’ en la niebla que ataca y mata a las personas, todos se encaminan al interior de la tienda para encerrarse, para protegerse ante algo desconocido que los atemoriza.

Entre la espera, la incertidumbre y la desesperación, las opiniones sobre cómo proceder terminan chocando. Por un lado están los que creen innecesario e infructuoso esperar pasivamente, pues si no hay nada que les asegure que de verdad hay algo letal en la niebla, sin un peligro tangible, no habría nada que temer. Por otra parte están los que creen que es mejor mantenerse en aislamiento, al margen de lo que pudiera suceder afuera y esperar instrucciones y respuestas, pero además también soluciones; un acto entre cauteloso y racional, como también conformista, hablando de que para muchos es mejor esperar a que alguien proporcione una salida, que buscarla ellos mismos.

Eventualmente David y otros hombres, al abrir la cortina que da al exterior en el almacén, encuentran una criatura con tentáculos que los ataca y mata, arrastrando hacia la niebla, a uno de ellos. La acción demuestra que el peligro exterior es real, que hay seres que son una amenaza a su seguridad y existencia, y, además, que la incertidumbre sobre la duración de la niebla y respecto a las acciones que las autoridades formales pudieran realizar constituyen factores a valorar para analizar la situación y determinar formas de comportamiento colectivo.

David y compañía se acercan a Norton, el juez, con la esperanza de encontrar en él, a un hombre culto y respetado, un líder, alguien que trace un plan lógico a seguir y que les dicte cómo actuar; pero sucede lo contrario, pues aquel piensa que la historia de ‘monstruos en la niebla’ es tan absurda, que David sólo está aprovechando para burlarse de él y dejarlo en ridículo.

Se forman así entonces tres grupos diferentes: los que como David están seguros que salir hacia la niebla es peligroso y que para sobrevivir hay que colaborar y bloquear las entradas, temiendo un posible ataque; los que como Norton creen que el pánico ha llevado a los otros a imaginar catástrofes irreales, de forma que la respuesta es salvarse ellos solos, saliendo y enfrentando lo que sea que haya afuera, y que según ellos probablemente no es nada; y finalmente los que comienzan a creer en las palabras de la señora Carmody, una fanática religiosa que insiste que lo que está sucediendo es un ‘castigo divino’ y que las criaturas, una vez que todos las ven y se hace evidente que existen, están ahí para hacerlos pagar a todos, como sociedad, por sus pecados.

Lo que esto refleja son las diferentes posturas que, ante los problemas, llevan a la gente a reaccionar conforme lo que creen, sienten y piensan, a partir de sus temores más irracionales, pero que además, en la intolerancia y la necedad, la incomprensión y el egocentrismo, eventualmente los lleva a oponerse a todo el que los contradice. 

Norton insiste en abordar el problema desde el punto de vista lógico, en el entendido de que sin evidencia no hay forma de comprobar lo que varios alegan, que hay monstruos en la niebla, dado que, en el sentido común, esto es imposible. Sin embargo, cuando su grupo sale al exterior, seguro de que los otros mienten, porque los asumen inferiores, presa de sus debilidades, no proceden con inteligencia, sino impulsivamente, en un afán por demostrar que el otro no tiene razón, en lugar de sopesar opciones, variables, caminos viables y explicaciones con sustento, para sólo entonces decidir y actuar.

De forma parecida pero diferente, David y compañía dimensionan el peligro y eligen encerrarse dentro del supermercado, pero ellos tampoco buscan soluciones concretas, sólo inmediatas. No proceden más que con reserva, replegándose, motivados por el terror y las ideas similares que se han hecho en la cabeza. 

Pero esconderse o irse no son las únicas dos respuestas que hay, son, en todo caso, las fundadas en el miedo. ¿Dónde queda la razón entre los escépticos que niegan la situación y los temerosos que caen en la paranoia? ¿Dónde queda el análisis, la deducción, la estrategia y la táctica? No la hay, porque estas personas actúan exaltadas y precipitadamente, no con mesura, reflexionando, observando y valorando la situación para elegir la opción que se considere más beneficioso.

La antítesis de ambas posturas es la de Carmody, alguien cegada por una fe tan obsesiva que es ya enfermiza. Ella no toma la religión como guía, sino que exagera sus enseñanzas irracionalmente hasta volverse víctima de sus propias creencias; en este caso, en su firme auto-convencimiento de que Dios le habla y le ha dicho que los ‘pecadores’ deben ser sacrificados, para salvar al resto. Ella promueve así un estado de desconfianza, de recelo, en donde la solución, se supone, es culpar al otro, a quien piensa distinto, y escudar en ese castigo al prójimo las fallas propias. Sus palabras no tienen un sustento racional o científico, pero son persuasivas porque se sostienen en nombre de Dios y de sus enseñanzas, porque impactan en el nerviosismo y la confusión del grupo, dado que es más fácil enfrentar la situación si hay alguien a quien responsabilizar de esos temores. 

David, en un punto, convence a varios de que es necesario huir del supermercado para salvarse, porque Carmody está ganando tanto poder a partir de la manipulación de la Fe, del convencimiento de que los humanos son “pecadores” y, por ende, adquiriendo “control” sobre otros, que no tardará para que la situación se salga de control y las acusaciones, en una especie de ‘caza de brujas’, se extiendan hacia aquellos que difieren de sus palabras o cuestionan su liderazgo, cuestionando primero su argumentación.

Amanda, otra de las que integran el grupo de David, insiste que no cree posible que la situación escale a un punto totalmente irracional como el que él prevé, pues considera que lo que caracteriza a la sociedad es su civilidad. Su tesis es que, aunque haya desacuerdos entre personas, al final, el grupo lucha por un fin común: su supervivencia, empleando la capacidad de comprensión, la cooperación, la solidaridad y  la generosidad como medios para actuar con sentido humanitario.

Pero la fe de Amanda en la humanidad es más idealista que realista, porque la especie también puede ser individualista y visceral, traicionera y vengativa, que es lo que finalmente impera aquí: la miseria humana. Amanda, por cierto, pese a su discurso de paz y fraternidad, es quien, de entre todos los varados en el supermercado y pareciendo la menos probable, como maestra de escuela, tiene un arma en la bolsa; dice que ‘para protegerse’ y ‘por si acaso’.

Finalmente David concluye que si Carmody se hace de seguidores, es porque al señalar con el dedo, acusando indistintamente, ofrece una solución; y la gente está tan desesperada, que apoyará a cualquiera que actúe como si supiera lo que hace, de manera segura y, aparentemente, con todo el juicio que el caso amerite. Es decir, las personas necesitan en quien confiar, a quien seguir.

Al final, se trata también de un choque entre ideologías, entre ciencia y religión, pero no una religión específica, ni los conceptos éticos y morales como son la esperanza o la fraternidad, sino en la idea de la ilusión, el pensamiento mágico y la solución que llega sola, espontáneamente. 

Hay una explicación lógica tras lo que sucede, pero esta gente no tiene tiempo, ni paciencia, ni la comprensión o capacidad para analizar, explorar y deducir las opciones frente a ellos. Reaccionan impulsivos y se dejan llevar por las emociones, lo que hace cuestionar, en muchos sentidos, cuál es la verdadera esencia de la naturaleza humana.

En un inicio los personajes se preguntan qué pudo haber traído la niebla a la región; algunos ponen sobre la mesa la posibilidad de que se trate ‘del fin del mundo’, de un ‘ajuste de cuentas divino’; otros buscan diversas opciones, algunas muy improbables, como la llegada de extraterrestres; otras, bajo argumentos más posibles y sostenidos en lo razonable, atendiendo al contexto, la evidencia y las posibilidades reales científicas, humanas, evolutivas e históricas, por ejemplo, que se trate de un ataque, una bomba que fue lanzada, a propósito o por error, una explosión química y hasta un experimento militar que salió mal.

Con el paso del tiempo y tras explorar más allá la niebla, a las criaturas y lo que ha sucedido, David y otros descubren, tras la muerte de unos militares que se habían resguardado en el supermercado, e interrogando al último de ellos que queda vivo, que la respuesta es la última opción: un experimento científico militar que inadvertidamente abrió un portal a otra dimensión.

No hay más conspiración, fantasía, imaginación o intervención divina en el trasfondo, sólo hechos, difíciles de digerir y sopesar, fantasioso por la ficción del relato, pero concretos. Para entonces, no obstante, la desesperación y el miedo ya han hecho estragos en las personas, que eligen la cobardía y la desesperación, sacando con ello lo peor de sí, lo peor de la humanidad: obstinación, individualismo e intolerancia.

El actuar inflexible, terco e irracional de Carmody no dista mucho de lo que David hace al final de la película, al asesinar al puñado de la gente que lo sigue con la esperanza de huir de la niebla y ser rescatados; un acto igualmente sostenido en promesas e ideas vagas, no verdades ni certidumbre. David dice que sacrifica a los otros para evitar su sufrimiento (aunque asesina pero no se suicida), y sus acciones son igualmente insensatas, marcadas por la cobardía y la brutalidad (misma lógica con la que Carmody se mueve) antes que la esperanza, la prudencia y la sensatez.

Si era necesario huir del supermercado, porque Carmody y compañía habían caído en una espiral de salvajismo y fanatismo desmedido, ¿por qué no encontrar mejor otro refugio?, ¿por qué no resguardarse y barajear otras opciones, investigando primero qué tiene que decir el gobierno o los expertos? ¿Por qué cerrar todas las salidas, en lugar de abrir más opciones y posibilidades? David finalmente cae, como Carmody y Norton en su momento, en la arrogancia, prefiriendo elegir por otros, creyendo que el poder está sobre sus hombros, en lugar de dejar a las personas razonar y decidir por sí mismas. 

El miedo termina siendo más grande que su capacidad de deducción, análisis y raciocinio, su soberbia prevalece sobre la generosidad, llevándolos a un punto fatalista, de destrucción, en donde se prefiere la indiferencia, no la empatía, el aislamiento, no la solidaridad. ¿Por qué el hombre se deja llevar por sus impulsos violentos y destructivos antes que actuar con generosidad, bondad y solidaridad? Al parecer la civilización no logra aún erradicar la barbarie.

Si bien la historia es un relato de terror y ciencia ficción, lo verdaderamente perturbador no es el escenario ficticio que se crea, sino cómo estas criaturas monstruosas son finalmente sólo reflejo de los humanos que tienen enfrente; un mundo ruin, perverso, miserable, corrupto y mezquino, sí, en sus peores momentos, pero de los que no es tan fácil huir, aunque tampoco, afortunadamente, imposible.

 Ficha técnica: Sobre-Natural -- The Mist

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