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Sin nada que perder

Diana Miriam Alcántara Meléndez
Diana Miriam Alcántara Meléndez

El wéstern, o películas del oeste, también llamadas de vaqueros, es un género narrativo que se caracteriza por ambientarse en el Estados Unidos del siglo XIX, en aquellos territorios hostiles donde ocurría la expansión de las colonias europeas hacia el norte del continente americano. Ese ‘viejo oeste’ cargado de violencia y desolación, por el ambiente propiciado por la ‘toma del territorio’, donde la ley significaba poco y la explotación traía consigo injusticias y crímenes, es el escenario perfecto para que estas historias, situadas en un espacio y lugar específicos, hablen también de ideas como honor y redención, ya que se pelea usualmente en contra del bandido o forajido que se aprovecha de los demás.

En realidad estos polos opuestos no siempre son tan claros: el bien contra el mal, de ahí que los wésterns muchas veces cuestionen las dimensiones éticas y morales más allá de los absolutos, contrastando, por ejemplo, la idea del salvajismo o barbarie con respecto a la llamada ‘llegada de la civilización’, que en nombre del orden imponía una norma o regla única, usualmente la del más fuerte. 

Así, las mejores historias son las moralmente más ambiguas, en donde la línea divisoria entre lo correcto y lo cuestionable se difumina cada vez más, representando de esta manera con más tino las propias dimensiones del ser humano y su realidad, su relación con los otros y con el orden social mismo.

Uno de los subgéneros del wéstern es el neo-western, o wéstern contemporáneo, en donde la reflexión resulta más potente dado que el canon se transporta a la realidad actual, una en que los ideales y anhelos, organización social y valores aceptados han cambiado, permitiendo que los lineamientos respecto a valores como justicia y honor sean más cuestionados y, por ende, contrastados.

Hablando específicamente de la condición humana, se encuentra la película Sin nada que perder (EUA, 2016) cinta escrita por Taylor Sheridan, dirigida por David Mackenzie y protagonizada por Chris Pine, Ben Foster, Jeff Bridges y Gil Birmingham. La película estuvo además nominada a cuatro premios Oscar: mejor película, guión original, edición y actor de reparto (para Bridges). La historia se centra en los hermanos Toby y Tanner Howard, ladrones de bancos en Texas que, conforme a su forma de ver y entender, en realidad tienen como meta enfrentar y corregir - incluso al margen de la legalidad -, las injusticias del sistema, específicamente las sucedidas en contra de su madre, recién fallecida y quien dejó su rancho en medio de una deuda hipotecaria con el banco, institución que ahora planea quedarse con la propiedad, a menos que la deuda sea saldada. 

Toby, alguien calculador, metódico y distante, quiere asegurar el derecho de propiedad, robando varias sucursales del mismo banco que planea reclamarla, para pagar dicha deuda. La venganza, casi catártica, se argumenta en lo que él deduce una arbitrariedad de parte de aquella institución bancaria: la Texas Midlands, que reclama el terreno gracias a un astuto, y hasta cierto sentido oportunista -pero legal-, negocio de hipoteca inversa: el banco da dinero en efectivo al dueño de una propiedad y si éste muere sin pagar su deuda, el banco se queda con la propiedad, a menos que los herederos salden la cuenta. 

Ahora Toby desea dejar las escrituras a nombre de sus hijos, dado que en el rancho han encontrado yacimientos de petróleo, asegurando así su futuro financiero, algo que ni él ni sus padres, ni los padres de sus padres, alguna vez tuvieron: estabilidad económica. 

El problema es que Toby tiene poco tiempo para juntar tal cantidad de dinero, por lo que recluta para que le ayude a su hermano Tanner, quien es impulsivo, dicharachero, violento y, además, un exconvicto que acaba de pasar 10 años en prisión por matar a su abusivo padre. Otro aspecto de la realidad que la cinta no profundiza pero que enuncia un problema permanente en la sociedad autoritaria y patriarcal: la violencia doméstica, el maltrato de menores y sus consecuencias en la conducta futura de los individuos.

A los ojos de los Rangers de Texas Marcus Hamilton y Alberto Parker, asignados al caso, los ladrones podrían ser no más que dos criminales en busca de dinero fácil, sin más motivación para delinquir que el dinero en sí. Sin embargo, conforme avanza la búsqueda y persecución, Hamilton deduce que aquello que los mueve no puede ser tan simple, como podría ser necesitar dinero para comprar drogas, como inicialmente se pensaba, ya que los ladrones parecen estar en busca de una suma monetaria específica y sus atracos operan con un orden y método demasiado estratégico como para ser aleatorios e improvisados; curiosamente los oficiales dan con su rastro cuando Tanner se sale del plan y roba impulsivamente otra sucursal diferente.

La cinta refleja, en su esencia, la realidad de una sociedad en desgracia, en donde el sistema económico, político y social está diseñado para oprimir  y explotar a los necesitados y vulnerables, con normas que evitan el progreso de la clase obrera, pobre y humilde. En este caso, un sistema bancario que opera bajo préstamos y créditos inaccesibles e impagables, que atan al ciudadano a una deuda eterna que evita toda oportunidad de crecimiento o superación. Un modelo económico que presiona a la gente a vivir endeudada y ahogada en cuentas imposibles, diseñadas así para que sea improbable salirse de la dinámica de opresión y explotación. En concreto, un sistema financiero diseñado para lucrar con la necesidad del ciudadano, obligándolo a préstamos con intereses exorbitantes.

Si Toby actúa con paso firme es porque apela a la conciencia social, que razona que la injusticia fue creada en su contra en primer lugar (se razona ‘víctima’), por un sistema socioeconómico que se escuda en el cinismo de legitimar aquello que en el fondo debería ser ilegal: el encadenamiento financiero al amparo de una reglamentación que facilita el ejercicio de la usura y el embargo de propiedades para despojar a los más necesitados; aquí, su madre, que aceptó la hipoteca inversa por la necesidad de dinero en efectivo para pagar los tratamientos de su enfermedad.

En su lógica, el robo no es un crimen; no es tampoco justo pero no es tampoco cruel o aprovechado. Toby insiste en su momento a los empleados de una entidad bancaria que no están ahí para robar a las personas, sino a la institución, a esa misma esfera de poder causante de la realidad de pobreza y desdicha que reina a sus alrededores, en un mundo lleno de deudas como la suya, ‘injustas’, y de falta de oportunidades, como la que vive y viven muchos otros más. 

Su verdadero crimen, en el marco legal más que ético, es atentar contra el sistema; sí, portar ilegalmente un arma, apuntarla, dispararla incluso y llevarse consigo algo que técnicamente no es suyo, dinero, pero por encima de eso, pesa más el atentar contra el orden socialmente aceptado, contra el status quo, injusto, incierto e inequitativo, en una actitud además altiva, que no desafía para mejorar la situación, sino amenaza con hundirla más. Actitud de rebeldía e ira consecuencia de la sensación de impotencia ante las injusticias que el sistema ha generado hacia él y su familia.

Por más que Toby quiera negociar una salida ‘legal’ a su problema, no la va a encontrar, porque el orden establecido no está diseñado para favorecerle. La cláusula burocrática es clara e inflexible, o paga la deuda o pierde la propiedad. Perderlo todo es entonces permitir que la injusticia propiciada por todo lo que está mal en el orden social, sea remunerada: si el banco se queda con el rancho, se queda con los yacimientos de petróleo, haciéndose ricos a partir de la explotación del más pobre (la madre de Toby), a quien se le atrapa y asfixia a partir de su necesidad por sobrevivir.

Esta realidad inequitativa, injusta, inhumana, vendría siendo como darle un premio a alguien por hacer algo malo. Es premiar al abusivo, al usurero, en breve, al capital que todo lo compra, mercantiliza y expropia; el problema es que Toby opera en esa misma inmoralidad, pues roba para pagar por algo que piensa le fue arrebatado injustamente, pero en corregir esta injusticia afecta a terceros, para al final ganar él un resultado favorecedor, el petróleo que hay en la propiedad. La pregunta es ¿ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón?, o bien, aquel que es presionado, forzado a delinquir, ¿merece ser juzgado como delincuente o la sociedad debería establecer los mecanismos para impedir su ruina total?

El ejemplo explora esa dicotomía en donde el pobre se hace más pobre, mientras el rico crece a partir de la desdicha del otro. Al abogado de Toby cree que la deuda por la hipoteca es un robo, no literal, pero como si lo fuera, por tratarse de un movimiento bancario que se aprovecha del que menos tiene, en su momento más vulnerable. 

La respuesta no es contrarrestar con la misma moneda, pues finalmente los Howard actúan en contra de lo éticamente correcto; lo que la película plantea es la triste realidad de vida del marginado, doblegado por un orden que engaña, miente y roba, y que sólo lo esconde hábilmente entre su auto-justificación para hacerlo. 

El problema no es sólo si Toby y Tanner roban porque el sistema los ha empujado a hacerlo, sino que viven en un mundo en que todos roban, pero sólo pagan aquellos no lo suficientemente gandallas como para ser descubiertos, o aquellos que no forman partes de complicidades en lo que se ha llamado “crimen organizado”, ya sea de “cuello blanco” o francamente ilegal.

El mundo en el que estos personajes existen está a merced del poder y control de las grandes corporaciones,  del capital financiero, de los caprichos y abusos de los gobernantes, y hasta de la habilidad para saber engañar y manipular mejor que el de enfrente.

El plan de Toby es incorrecto porque es ilegal, pero su decisión proviene de una desesperación tras agotar toda vía de solución; de nuevo, no porque no exista, sino porque, si existe, incluso en la legalidad, siempre será superada por la maña de quien sepa encontrar su punto más débil y aprovecharlo a su favor. El abogado de Toby lo sabe, por eso le sugiere que si quiere evitar que alguien lo descubra, nombre al mismo banco como encargado del fideicomiso para sus hijos: nadie sospechará que robaste el  banco que está a cargo de tus cuentas financieras y que está a punto de ganar millones por la extracción de petróleo; le explica el hombre a Toby. En corto, otra argucia más dentro de un sistema amañado, que la cinta, reflexiona, es la tragedia más grande que resulta de esta dinámica: la retribución al que se aprovecha, el castigo al que no.

Texas a su vez funge como escenario representativo del viejo oeste de antaño, ahora venido a menos, pues esa imagen de nativos americanos peleando contra colonizadores en el siglo XIX, ya no representa nada en el siglo XXI; en el sentido de que ahora la pelea es de ambos pero por sobrevivir  contra de algo más grande, más peligroso y menos tangible: el capitalismo y la globalización, que los desplaza, expropia y empobrece por igual, no importa su raza, origen, raíces, costumbres, religión, edad y hasta posición socioeconómica. 

Los hermanos eventualmente acuden a un casino en una reserva india para cambiar el dinero por fichas de juego y luego de vuelta a efectivo, para que no puedan rastrearlos por los billetes. Tanner platica con un nativo americano, a quien le dice que hace muchos años, esta era su tierra, su territorio. El hombre le contesta que los de su tribu ya no son dueños de nada. La pregunta analítica es: ¿quiénes son los dueños ahora?; ¿quién acumula  territorio,  poder y los medios de producción? En Texas, no son los nativos ni los ‘hombres blancos’ que se hicieron de las tierras tras la colonización; son los bancos y las grandes instituciones respaldadas por el capital. 

El rancho de los Howard no es de ellos, no mientras tengan que seguir pagando deudas, intereses e hipotecas. Lo suyo no es suyo y en esencia no es de nadie, hasta que alguien encuentre cómo hacerse de una ventaja para quedárselo, algo que se facilita burocrática y legalmente sobre todo para las instituciones, no en favor de los ciudadanos.

Quién se beneficia de una dinámica así sino el prestamista, el que facilita que la transacción exista. Esa imagen de cambiar el dinero en efectivo por fichas en el casino refuerza la idea de que el tener algo en esta vida, en esta realidad actual, es efímero, pues el dinero en papel, o en fichas, no vale nada, lo que vale es la apariencia y sensación de tener, el creer y actuar como si se fuera dueño de grandes cosas, incluso si el dueño real, quien tiene el poder de controlarlo, darlo o quitarlo, es alguien más: el banco, el prestamista, el sistema.

La historia habla de la pobreza disfrazada, que la película bien refleja en escenas que hacen hincapié en los muchos anuncios de prestamistas dispuestos a parchar deudas inmediatas a cambio de comprometerse a deudas más grandes. Anuncios así no hablan de progreso, al contrario, hablan de una inmensa necesidad de dinero, que la gente nunca tiene, sólo recircula en bucles interminables de deudas, que les hacen creer que en algún punto pueden finiquitar. Una dinámica de comportamiento empresarial a partir de la ilusión de que dinero genera dinero, cuando en realidad el endeudado debe conseguir sus recursos como resultado de la venta de su trabajo en el mercado, viviendo en esencia “de prestado”, siempre endeudado, siempre explotado.

Tanner es alguien sin rumbo, derribado por las circunstancias de su contexto; sin aspiraciones ni oficio, más bien impregnado de cinismo y odio, que no aspira más que vivir al día y no piensa en más que la ambición por complacer su egocentrismo, que no concibe más allá del esparcimiento irresponsable de su yo. Esta sociedad es una en declive, que como Tanner, no aspira a nada, vive al día, se distrae en la inmediatez, pero falla en trazarse un futuro real, viable, estable o posible. 

Hamilton busca la verdad, más que la justicia, y al final encuentra ambas sólo a medias, porque la falta de Toby y Tanner no es la imposibilidad de progresar, sino creer que pueden tomar de quien les quita si la justificación es conveniente, porque la otra opción es la miseria. El problema parece irresoluble, pero no lo es, porque después de todo, las leyes, la forma de organización y los principios morales son resultado del propio quehacer del hombre.

Ficha técnica: Hell or High Water - Sin nada que perder

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