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Ron da error

Diana Miriam Alcántara Meléndez
Diana Miriam Alcántara Meléndez

Amistad es solidaridad, fraternidad y afecto; es compartir con otros generosamente y crecer a partir de esa convivencia y trato, de la afinidad tanto como de las diferencias, con respeto y apoyo mutuo. “La amistad es un camino de dos vías”, dice uno de los personajes de la película animada Ron da error (Reino Unido-EUA, 2021), hablando de que no se trata sólo de dar, sino también de recibir; no se trata sólo de apoyar, sino también de la ayuda y respaldo; es decir, debe haber equilibrio y equidad.

La película aborda el tema de la amistad en la época moderna de las redes sociales, en donde el trato entre personas es cada vez más distante e impersonal, a veces inexistente sin un aparato electrónico de por medio. Ello afecta las relaciones interpersonales e incluso la habilidad de desarrollo y socialización, sobre todo en la de etapa inicial de crecimiento como lo es la infancia.

Escrita por Peter Baynham y Sarah Smith, dirigida por Smith misma, Jean-Phillipe Vine, y con Octavio E. Rodríguez como codirector, la historia sigue a Barney, un niño solitario que siente que no encaja con el resto de sus compañeros porque no tiene, como ellos, un B-Bot, un robot diseñado (supuestamente) para convertirse en su mejor amigo. La máquina en realidad lo que hace es almacenar toda su información personal para responder según sus gustos e intereses, es decir, su perfil, y así complacer al usuario. La idea es que al estar todos los robots conectados a una misma red de internet, y muy particularmente a la base de datos del fabricante (la corporación detrás del producto), la información compartida sea catalogada, para que todos los niños con gusto similares se conecten entre sí y de esta manera se ‘hagan amigos’.

El problema con este algoritmo predeterminado es asumir que los humanos son, como los robots, concretamente programados. Sí, las personas se conectan cuando concuerdan, por las cosas que tienen en común, pero las amistades también surgen de las diferencias, de forma que si el otro piensa diferente o tiene gustos distintos, es algo positivo, no excluyente. ¿Cómo volver cuantificable entonces un concepto abstracto como lo es la amistad? En corto: no se puede, porque la amistad no es complacer al otro o elegir lo que éste elige para ser aceptado, sino respetar a la otra persona por quién es y encontrar en ello otra ventana al mundo, diferente a la propia.

Cada individuo además no puede ser catalogado por un solo rasgo de su personalidad; el ser humano es mucho más complejo que eso, no es un cliché ni un estereotipo. Elige a sus amigos y los valora por el trato que se da entre ellos, no a partir de un listado impersonal de las cosas que hace o le interesan; los amigos se forman en la convivencia, en compartir experiencias y emociones, vivencias y retos.

Barney resiente el rechazo de sus compañeros porque se traduce en acoso o aislamiento. Pero si los chicos no lo conocen es porque ninguno de ellos está acostumbrado a relacionarse con otras personas separado de su propio robot (o aparatos electrónicos). Los niños no le preguntan a sus compañeros qué les interesa, sino que lo buscan directamente en la red, a partir de sus publicaciones en redes sociales o similares, de forma que si Barney no tiene un B-Bot, como es el caso, los otros niños no lo asumen como alguien que ‘exista’, ya que ‘no está en la red’.

La cuestión, reflexiona la cinta, es que un ser humano no es su huella digital, porque la personalidad en línea de una persona está procesada por muchos filtros, literales y simbólicos. Las apariencias engañan, analiza la narración, pero también, las inseguridades se amplifican, la realidad se distorsiona y el reto de ser uno mismo se convierte en un obstáculo que paraliza. No eres todo lo que publicas, dice la historia, en el sentido de que toda esa información, fidedigna o inventada, nunca podrá sustituir a la persona real, o reflejar por completo quién es.

Marc, el creador del B-Bot, cree haber logrado darle a los niños el ‘amigo perfecto’; y Bubble, la empresa que comercializa el producto, afirma que esto es posible gracias a que ‘todo está conectado’, o más bien, todos están conectados a una misma red, todo el tiempo. El error de Marc es asumir que la amistad se puede simplificar y reducir a un algoritmo, a comandos concretos. No es así, las personas son complejas, imperfectas y cambiantes; ni ellos ni la amistad pueden homogenizarse.

Respecto a Bubble, critica sutilmente la cinta, el problema está en su modelo de negocios. Mientras Marc es un inventor que realmente anhela que su B-Bot sea una herramienta de apoyo para los niños, su socio, Andrew, es un hombre más bien interesado en el capital, la ganancia y la explotación de la información. No ve el impacto social del producto, o su potencial, sino el dinero que va a ganar una vez que lo vuelva una palanca invasiva y controladora. El éxito, asume Andrew, recae en la mayor cantidad de unidades producidas y vendidas, no importa cómo se usen, sino cómo puede usarlas él; así que centra su atención en la imagen de la empresa, la creación de necesidades inventadas y la caducidad planeada, es decir, que los chicos anhelen tener un B-Bot y luego adquieran las actualizaciones más recientes, atrapándolos así en una dinámica dependiente pasiva, a costa de los caprichos de la oferta y el mercado, que él, o ellos (como sistema piramidal), se encargan de administrar y explotar.

El efecto en dominó, y las consecuencias de ello, es lo que está sucediendo actualmente a Barney: si no tiene el producto de moda, no es aceptado dentro del círculo social en el que convive. Barney termina solo, aislado, excluido, sin darse cuenta que sus compañeros viven diferente pero de manera similar: conectados a un vasto mundo a través de la red, pero finalmente apartados de sus semejantes; solitarios, porque no conviven con otros niños, sino con sus robots, es decir, con el algoritmo programado.

Cuando finalmente el padre y la abuela de Barney le compran un B-Bot, resulta que el robot está dañado. Sin poder conectarse a la red, el aparato no puede tampoco instalar los comandos del fabricante, ni funcionar como tiene predeterminado. Esto, que lo hace diferente, lo hace también especial, porque cuando Barney comienza a enseñarle a su B-Bot (que nombra Ron, por su número serial de fabricación), lo que hace es diseñar y construir su propio y personalizado código de funcionamiento, dando espacio a que Ron mismo elija y se adapte a un modelo casi auto-gestionado, evolutivo, cambiante y flexible. 

Ron no es lo que el código de Bubble le dice que tiene que ser, sino lo que Barney necesita que Ron sea en ese momento específico de su vida: un amigo, compañero y confidente. Así, cuando le explica que ‘la amistad es un camino de dos vías’, lo que básicamente sucede es que Barney no le dice a Ron ‘sé mi amigo’, sino ‘seamos amigos’.

Este particular ‘algoritmo’ o programación es muy diferente al que proporciona Bubble, principalmente porque la empresa lo que hace no es fomentar la amistad, sino el consumo. Las funciones del B-Bot son conectar usuarios, compartir información y generar clics. Los niños y las personas en general no aprenden a socializar o interactuar cuando viven la vida refugiados detrás de sus pantallas, dependientes de sus aparatos tecnológicos, obsesionados con el número de vistas o ‘me gusta’ en sus videos y publicaciones, o la fijación de documentar y compartir todo lo que hacen, ven y viven, pero que en realidad no lo viven, sino lo plasman (distantemente a través de la lente) y comparten. 

El B-Bot no los entiende, porque el robot no es una persona. La máquina cuantifica la popularidad o alcance en redes del usuario, pero no simpatiza o empatiza con él; no entiende su soledad o su tristeza, o su alegría. El B-Bot es una moda, pero la moda no perdura. El B-Bot no es un amigo, es una máquina que responde según la orden programada de su diagrama de flujo, interactiva sí, pero para dar la sensación de ‘respuesta’, para incentivar al usuario a seguir usándola, a volverse dependiente de esa tecnología.

Andrew entiende el poder comercial detrás de esta realidad, la acumulación de información personal que crea bases de datos después útiles, vendibles; la invasión a la privacidad, permitida por una sociedad que no ve la amenaza mientras no entienda cómo puede ser usada en su contra. Se colocan cámaras y micrófonos en aparatos electrónicos que cada persona carga consigo todo el tiempo y que contienen toda su información personal, pero sólo cuando su uso se revela evidentemente invasivo, el usuario se preocupa por el tema de la privacidad, dice Andrew en un punto de la historia. “Los B-Bots son un código; un truco. Unidades recolectores de datos diseñadas para dar a los niños una experiencia de consumo que muestre productos y servicios según su perfil de búsqueda. Los B-Bot saben todo sobre ellos, así podemos venderles cosas”, explica en otro momento.

Pero las configuraciones, las máquinas y los sistemas fallan, que es lo que sucede con Ron, cuyo mal funcionamiento se esparce al resto de las unidades B-Bot, por el mismo problema de que todo está conectado. Sólo entonces los compañeros de Barney entienden que la máquina no es su amiga, sino un objeto que responde a las funciones determinadas por la empresa que las programa. 

Savannah, por ejemplo, una compañera de clase de Barney, usualmente obsesionada con compartir todo aspecto de su vida en redes sociales, para acumular contactos y seguidores, ganar popularidad, fama y conseguir así lo que cree es la aceptación y reconocimiento de otros, como motor para aumentar su autoestima, descubre que esa banalidad y superficialidad que tanto se premia en internet no es realmente significativa, cuando un video embarazoso suyo se hace “viral”, porque su B-Bot automáticamente la filmó y compartió el clip en internet.  

Al algoritmo, al robot y a la empresa que lo crea le interesa eso: compartir y “viralizar” contenido, para generar tráfico en la red, es decir, que otros usuarios se involucren y participen. Savannah en este caso es ese contenido, y al verse así, en la explotación de su persona, en la exhibición de su vida íntima, descubre la importancia de la privacidad, de su intimidad, dado que el individuo no es un producto al que se le pueda corromper o dañar como si nada.

Al final la película no afirma que la tecnología sea completa y absolutamente mala o negativa; en todo caso, lo que recalca es la importancia de saber utilizarla, de convertirla en una herramienta de apoyo, para no depender o terminar siendo presa de ella. No hay nada de malo en hacer uso de las redes sociales o de los aparatos electrónicos, mientras se esté consciente de su alcance social y de su impacto personal; la clave es no asumirla como una necesidad, porque no lo es. Con la era digital no se pelea, más bien se aprende a vivir, y eso significa rescatar y fortalecer valores, especialmente en la convivencia social.

Ficha técnica: Ron Da Error - Ron's Gone Wrong

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