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Oxígeno - Oxygen

Diana Miriam Alcántara Meléndez
Diana Miriam Alcántara Meléndez

Sobrevivir es pelear frente a la incertidumbre, enfrentar a lo desconocido, desafiar las probabilidades en contra y lograr aquello que parece imposible; es existir y resistir, perdurar y prevalecer, especialmente en la adversidad. En la película Oxígeno (EUA-Francia, 2021), Elizabeth despierta en una cámara criogénica a la que está a punto de terminársele el aire. Sin idea de quién es o cómo llegó ahí, ella debe sobrevivir con la única fuente de ayuda disponible, M.I.L.O., un sistema de inteligencia artificial programado para que funja como asistente médico.

M.I.L.O. sólo puede proporcionarle a Elizabeth información específica y limitada, basándose en las funciones para las que fue creado y las bases de datos a las que tiene acceso. Ella no puede pedirle que razone o racionalice la situación, porque la máquina no piensa; así que si M.I.L.O. insiste en inyectarle un sedante para calmarla o dormirla, abandonando y cerrando así el ‘problema’, o si se niega a abrir la cámara hermética pese a la insistencia de ella de que de lo contrario su vida corre peligro, es porque el programa no ‘entiende’ la situación de Elizabeth, sólo sigue los comandos que tiene codificados.

Ante esta realidad, Elizabeth en cambio debe plantear las preguntas correctas, que le proporcionen la información que le resulte útil a ella para salir de la problemática a la que se enfrenta: cómo sobrevivir a la condición de encierro y aislamiento en que se encuentra. Específicamente el problema se agrava porque su peor enemigo y su único aliado posible  (o punto de apoyo) son lo mismo: la máquina que la mantiene encerrada dentro de una cápsula a punto de quedarse sin aire.

A través de la deducción y la lógica, específicamente pidiendo a M.I.L.O. hacerle una prueba de ADN para identificar al paciente, es decir a ella, Elizabeth descubre quién es: una científica especializada precisamente en la elaboración de cámaras criogénicas.

La lógica la lleva a pensar que está en un hospital, que la enterraron viva o que fue olvidada ahí, puesta a dormir luego de, quizá, casi sucumbir ante alguna enfermedad. Elizabeth, por instinto natural, desea y pelea por vivir, pero cada intento por salvarse o ser rescatada termina en nada.

Para fines prácticos, la caja en la que Elizabeth se sabe encerrada la limita, física pero también simbólicamente hablando. ¿Se puede progresar o mejorar de condición cuando el entorno está limitado por barreras metafóricas, y a veces también literales, mecánicas y programadas, que escuchan pero no entienden? ¿Hasta qué punto, dado el desarrollo de la inteligencia artificial, nos hemos vuelto dependientes de la tecnología para vivir?

Su única fuente de información es una máquina que responde según lo que está programada a responder, sin poder interactuar más allá con ella; cuando finalmente descubre que para abrir la cámara criogénica necesita un código del fabricante, y una vez que la policía, con quienes se pone en contacto vía telefónica, parece estar alargando las cosas, porque no pueden o porque no quieren ayudarla, Elizabeth entiende que para sobrevivir necesita valerse de los recursos que tiene a la mano, utilizando lo único que tiene a su alcance: su astucia, ingenio, inteligencia y capacidad. Si ha de romper las barreras que la encierran y desafiar las probabilidades, ha de hacerlo sola, motivada por la necesidad de supervivencia, por el anhelo de salir adelante.

Tanto la caja en que se encuentra, como M.I.L.O., el asistente artificial, representan sistemas mecanizados; no son personas con quienes se pueda dialogar o razonar, sino máquinas que siguen una ruta de flujo específica, conforme a su programación. Ello habla también de las personas convertidas en víctimas o presas de sus propios inventos, no sólo tecnológicos; pero igualmente hace evidente la importante diferencia entre máquina y humano; e incluso entre el humano que se permite pensar por sí mismo frente a aquel acostumbrado a seguir órdenes, hasta dejar de opinar libremente para sólo seguir el libreto (estructura, método, mandato, disciplina o pensamiento) que se le pone enfrente.

Siempre hay una salida, siempre hay una respuesta; es lo que de alguna manera se convierte en el motivador que impulsa a Elizabeth, para pelear por salvarse a sí misma. Lo interesante es cómo esa desesperación y aislamiento en que se encuentra, esa falta de memoria que le hace cuestionarlo todo, no se vuelven una debilidad, sino son una fortaleza que la empuja a seguir adelante, apoyada en ese instinto de supervivencia que se nutre de una nueva forma de ver y valorar la vida.

Sin memoria, sin recuerdos, sin un pasado y un futuro claros, Elizabeth se ve en la necesidad de descubrir, o redescubrir, casi como lo hace un niño, la vida, la muerte, los otros seres vivos, las cosas y el contexto. Cuando le pide a M.I.L.O. mostrarle imágenes de Elizabeth, la científica ‘que alguna vez fue’, o cuando le pide al sistema mostrarle una imagen holográfica de sí misma, del ‘paciente dentro de la cámara criogénica’, Elizabeth se enfrenta a un proceso de auto-reconocimiento que cambia su perspectiva y pensamiento, porque comienza a cuestionarse quién es, qué ha hecho, hacia dónde va, qué quiere y por qué (o para qué) vive.

Al verse a sí misma, al ver imágenes de su vida, Elizabeth construye y reconstruye su pasado, y por ende su presente y su futuro. Descubre quién es pero, más importante, descubre su identidad, en el sentido de que como ser pensante y viviente, ella es mucho más que ‘unidad 267’, el número registrado de la cámara criogénica en la que está, que es como la empresa fabricante y hasta el sistema operativo, es decir M.I.L.O., la identifican.

Elizabeth evidentemente no se valora así, como una cosa, sino que es alguien que siente, piensa, desea y existe; es, por ende, más que un número seriado o un objeto, no importa que así sea como la asume y considera la empresa que la tiene bajo su cuidado, para quienes Elizabeth es, no una persona, sino ‘propiedad corporativa’, un humano que les pertenece, del que son responsables, en tanto “propietarios”. El ser vivo en este caso entendido, valorado y tratado según su funcionalidad, o en otras palabras, el individuo visto, no como un ser pensante e independiente, sino como fuerza productiva, como capital acumulado (bajo el concepto incluso del ‘capital humano’, es decir, la ‘potencialidad productiva de las personas de una empresa, en función de su educación, formación y capacidades’, según define el diccionario).

La película crea su propia analogía al respecto, al mostrar a ratones de laboratorio colocados en un laberinto del que deben intentar salir, que eran los experimentos a los que Elizabeth se dedicaba como parte de su investigación, que tenía como meta trasladar la memoria de un ratón a otro (si el ratón conocía la salida, es porque le memoria del roedor anterior había sido exitosamente trasladada), para luego intentarlo con humanos. Elizabeth vendría a ser ahora ese ratón, perdida en un laberinto simbólico, en este caso construido por las dudas, incertidumbre, confusión y olvido. Ella es, en ese cierto sentido, ese espécimen, ese experimento lanzado a sobrevivir, con la ayuda, efectivamente, de la memoria de otra persona y que fue, en su momento, colocada en su cerebro.

Todo ello levanta varias preguntas éticas, no sólo médicas y en el campo de la ciencia, sino morales, respecto al trato entre personas, trayendo a la mente innumerables ejemplos de situaciones en que el humano es catalogado, manipulado o sometido, una vez que su identidad e independencia son suprimidas al ser colocado en un tablero en el que se le mueve como pieza desechable, canjeable, incluso comerciable. ¿No sucede esto en el deporte, el medio del entretenimiento y el espectáculo, la explotación laboral y hasta la organización económica, social, burocrática y legal que rigen la vida del hombre del siglo XXI?

En la película en particular, las circunstancias resuenan una vez que se revela la realidad de la protagonista: ella es un clon de la verdadera Elizabeth, una investigadora científica que en su momento fue cuestionada por sus experimentos, realizados en nombre del avance científico; ahora su clon enviado, junto con miles más, a un planeta lejano para colonizarlo, dado que la vida en la Tierra está a punto de extinguirse.

¿Quién es entonces Elizabeth y cómo se percibe así misma sabiendo que no es sino la copia de alguien más? Su vida no es su vida, sino los recuerdos de otra persona, colocados en cuerpo que lleva apenas doce años existiendo, los 12 años que lleva viajando por el espacio en la cámara criogénica, desde que la misión de colonización fue iniciada. Está presente aquí un problema existencial de miles de humanos ahora en la época de la globalización comunicacional y de la digitalización de la vida, en donde los individuos son sometidos a tanta información, abrumados por experiencias “vitales” que no les son propias sino asimiladas por medios como las redes digitales, la televisión e incluso la cinematografía, que en realidad, como en la película Elizabeth, su vida vivida no es suya, sino captada a través de las pantallas.

La historia juega con el suspenso ante la pregunta de cómo resolverá la protagonista su situación, cómo se salvará de la muerte, sosteniéndose dramáticamente en la propia claustrofobia que el personaje vive producto del escenario limitado en que se encuentra, la caja criogénica de la que nunca, durante toda la narración, sale. ¿Será acaso la capsula un metáfora para hacer referencia al sistema capitalista que nos mantiene prisioneros de sus estructuras burocráticas y mecanismos de explotación?

Pero, en el proceso, la película dirigida por Alexandre Aja, escrita por Christie LeBlanc y protagonizada por Mélanie Laurent, Mathieu Amalric y Malik Zidi, habla del aislamiento como soledad, incertidumbre e incomunicación, un contexto de vida que padecen multitud de personas empujadas a ello por las precarias condiciones de vida en que se encuentran (desempleo, insalubridad, carencia de vivienda); ese escenario en que se le demanda a la persona autosuficiencia, decisión, determinación y carácter, para salir adelante sin ayuda de nadie, para superar las condicionantes materiales e ideológicas de su existencia, y sabiendo aprovechar lo que tiene a la mano para hacerlo,  así como compensar por aquello de lo que se carece. Un escenario en que, además, en ese encierro significativo, el individuo debe enfrentarse a sí mismo, a sus dudas y miedos y la desesperanza, angustia o desánimo que todo aquello trae consigo. 

Para Elizabeth quedarse sin oxígeno significa morir, pues sin oxígeno no hay vida, pero la metáfora funciona en más de un sentido, pues aunque la narración como relato de ciencia ficción es muy literal, la cámara criogénica, el oxígeno que se termina o M.I.L.O. incluso, pueden significar algo diferente para cada persona. En todo caso la cuestión importante es, comparando con ésta la historia de Elizabeth: ¿qué activa el instinto de supervivencia de cada individuo?, ¿qué lo motiva?, ¿por qué vive, qué lo mueve y qué tan importante resulta el poder auto-analizarse?; y lo mismo aplica para la sociedad misma, como conjunto, como especie y como colectivo.

Ficha técnica: Oxígeno - Oxygen

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