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Hostiles: violencia americana

Diana Miriam Alcántara Meléndez
Diana Miriam Alcántara Meléndez

La historia del ser humano está plagada de ejemplos de violencia, aniquilación y exterminio; de guerras, enfrentamientos y devastación a manos de una especie en lucha consigo misma, el hombre contra el hombre, en su empeño por tener, controlar, conquistar y colonizar. Esto lleva a cuestionar si la violencia es parte innata de la naturaleza de las personas; si arrebatar y destruir antes que dialogar y enmendar son su instinto primordial. ¿Es que la barbarie, más como crueldad que como falta de civilidad, es el verdadero código que rige a la sociedad?, ¿es la violencia brutal, con su trasfondo de egoísmo y codicia, innato al hombre?, ¿o se repite y reproduce, porque es lo que se les enseña a las personas a hacer? ¿Elegimos la intolerancia y la opresión porque es lo que se ha vuelto la norma cotidiana?

Hostiles (EUA, 2017) es una película escrita y dirigida por Scott Cooper y protagonizada Christian Bale, Rosamund Pike, Wes Studi, Jesse Plemons, Adam Beach, Rory Cochrane, Ben Foster y Q'orianka Kilcher. La narrativa habla de una sociedad cansada por el desgaste que provoca la violencia, como forma cotidiana de trato entre personas, al punto que la ira acumulada, la desesperanza y el deseo de venganza han arrebatado a la gente de su humanidad, incluso sin darse cuenta. El odio racial, el exterminio de los grupos que se perciben diferentes, los sentimientos de ira hacia el otro, son factores que acumulan rencor y más violencia. Una sociedad integrada así, en realidad no existe; son distintas formas de organización social luchando por un espacio vital y determinada forma de convivencia y organización social, en donde, la más violenta, la que emplea las mejores armas de destrucción es la que prevalece. El colonialismo sobre el que se construyó la hoy nación norteamericana más fuerte del continente. En ese contexto, el individuo aislado es siempre víctima.

Ambientada en Nuevo México, Estados Unidos, en 1892, la historia comienza tras las Guerras Indias, periodo como se le conoce al conflicto de guerra que existió entre los colonos europeos que llegaron al norte del continente americano y las tribus nativas de la zona, que concluiría y resultaría en la formación de Estados Unidos y Canadá. Esta lucha territorial marcada por el choque violento entre culturas dejaría a su paso una atmósfera de odio y resentimiento en todas direcciones, donde lo primordial para la gente era sobrevivir, muchas veces a partir del desplazamiento o la extinción del otro.

El capitán Joseph Blocker, veterano de aquellas guerras, es asignado a escoltar, tras siete años en prisión, a Halcón Amarillo y su familia, de la tribu Cheyenne, hacia Montana, su territorio nativo. Blocker inicialmente se niega, dado lo que vivió durante la guerra, en que peleaba contra los nativos, a quienes siempre mira como el enemigo, sinónimo de muerte y culpables de masacres y asesinatos, por lo que no concibe que, tras esa historia violenta, ahora los tenga que ‘ayudar’. Sin embargo, la orden de traslado proviene directamente del Presidente de Estados Unidos, en ese entonces Benjamin Harrison, así que Blocker no tiene otra opción más que aceptar la misión, ante la amenaza, además, de que si se niega, se le enjuiciará, será dado de baja en deshonra y su pensión le será negada.

Con cuatro soldados como apoyo, Blocker, Halcón Amarillo -que está enfermo de cáncer terminal- y su familia (sus dos hijos, su nuera y su nieto), parten camino hacia un territorio salvaje y peligroso, hostil, donde la ley prácticamente no significa nada y la violencia es la constante que rige el ambiente, producto de esa colonización forzada con violencia que ha plantado indirectamente la regla de que sobrevive sólo el más fuerte, agresivo, impetuoso e implacable.

En el camino encuentran y ayudan a Rosalee Quaid, una mujer cuya familia entera: esposo y tres hijos, ha sido asesinada por la tribu de los Comanches. Traumada por la experiencia y sola, Blocker y compañía deciden llevarla consigo, por lo menos hasta el pueblo más cercano, donde pueda encontrar traslado hacia el este del país, un territorio más ‘seguro’, al estar ahí las colonias mejor establecidas.

Rosalee, como víctima de las consecuencias de un enfrentamiento que sólo sabe resolverse con muerte, mira con desconfianza a los nativos americanos, temiendo que Halcón Amarillo y los suyos actúen con la misma brutalidad que aquellos responsables del asesinato de su propia familia. Su desesperación y  miedo, su desdicha y duelo, ante el derrumbe de su existencia provocado por un acto inhumano y cruel del que fue testigo, provocan que tanto Blocker como los mismos nativos americanos dimensionen la realidad y reaccionen con compasión, algo ajeno y poco común entre aquellos marcados por un mundo que, han vivido y experimentado en carne propia, no sabe actuar con misericordia, ni piedad, ni generosidad, ni bondad.

En la convivencia, forzada por el viaje que recorren, el grupo redescubre el valor de la solidaridad y el entendimiento, porque al tener que confiar y depender del otro para la supervivencia, especialmente una vez que un posible nuevo ataque de los Comanches se vuelve un peligro real, los personajes se dan cuenta que en el fondo todos ahí son iguales, mártires de las circunstancias, de una guerra que ha hecho todo por no permitir sanar diferencias, sino imponer ideas, convirtiéndolos a ellos en la consecuencia de ese odio sin fundamento, donde la vida adversa y cruel, por muy incorrecta y vil que sea, es la única realidad.

La colonización del continente americano, a partir de un dominio ejercido a la fuerza que eligió la aniquilación de las poblaciones nativas y la apropiación privada de un territorio para la explotación de sus tierras y hasta de sus habitantes, es un hecho histórico que dejó su huella primordialmente por la agresividad sanguinaria que lo caracterizó. El dominio y el control como forma de sometimiento convertido en un actuar cotidiano volvió a las personas duras y mezquinas, no solo indiferentes hacia sus semejantes, sino despiadadas hacia ellos. La apropiación privada de la tierra en cantidades inmensas y el asesinato como forma de resolver conflictos es la base sobre la que se construyó la nación de los Estados Unidos de Norteamérica, el racismo, la discriminación, la violencia, el autoritarismo, son secuelas que persisten hasta la fecha.

El mundo tuvo que seguir adelante, pero el daño en la conciencia colectiva estaba hecho; quienes lo vivieron difícilmente pudieron olvidar los horrores de los que fueron testigos, e incluso a veces ellos mismo provocaron, que es lo que pesa sobremanera a los personajes en esta película. Tras años del odio y dolor vividos en carne propia a partir de la guerra, dónde queda el sentimiento de compasión; cómo alegar por él si lo único que estas personas conocen y reconocen a su alrededor es violencia y agresión.

Bien señala un personaje en un punto de la película que si las colonias europeas decidieron expulsar  a los nativos americanos de su territorio, éstos estaban en su derecho de defenderse y pelear, exigiendo sus derechos sobre sus tierras, cultura, raíces e identidad. El derecho a la rebelión que diferentes pueblos han asumido en su momento. La violencia genera violencia y las contradicciones sociales en multitud de casos a lo largo de la historia se resuelven de esa manera; revueltas, rebeliones, insurrecciones y guerras de diferentes causa son buena prueba de ello, pero, ¿en dónde queda entonces la humanidad del hombre? La pregunta es, ¿puede alguno de ellos encontrar el camino a la redención?

En este caso, pareciera como si el indulto a Halcón Amarillo y su familia existe como una careta de aparente conciliación, en que el gobierno estadounidense les permite regresar con su tribu a sabiendas de que el dominio del territorio está prácticamente completado, dada la victoria de los colonos por el control de las tierras. La decisión entonces no denota clemencia, ni arrepentimiento por los crímenes cometidos, las masacres de genocidio, sino sólo la apariencia de unión o fraternidad hacia un grupo ya sometido, derrotado; se le da una libertad falsa – con pleno conocimiento de su próxima muerte a causa de su enfermedad - , como si fuera un favor y no un derecho.

Hastiado de esta realidad, harto de esa dinámica de invasión por sometimiento, recubierta de supuesto progreso, Thomas, otro soldado partícipe de la misión y amigo desde tiempo atrás de Blocker, cuestiona su papel en la ecuación: los soldados como peones que, siguiendo órdenes, se encargaron de aniquilar tribus enteras, sin considerar, ni forzar a los demás a hacerlo, la cuestión ética y moral que implica el asunto. 

Thomas reflexiona también sobre la huella que ello deja en su propia consciencia, sintiéndose culpable, directa e indirectamente, de la desdicha y desgracias como la que vivió Rosalee, e incluso Halcón Amarillo, su familia y muchos otros nativo-americanos como ellos,  personas despreciadas y perseguidas por el simple hecho de ser quién son y que no tienen otra opción más que reclamar su posición ante una presencia más dura, más cruel y más potente: los colonos invasores.

Eventualmente Blocker también se ve forzado a sopesar estas decisiones, el cumplir órdenes que provocaron el casi exterminio de un grupo étnico nativo. Esta reflexión sucede más marcadamente cuando Blocker se rencuentra con Philip Wills, un soldado que peleó a su lado en las guerras, que ahora, como desertor, es transportado para ser enjuiciado (y ahorcado) por sus crímenes (asesinatos propiciados después de finalizada la guerra). Wills le reclama a Blocker estar protegiendo a un grupo de personas que no mucho tiempo atrás debían combatir. Para Wills esto es una traición a su propio código de honor, que incluye no sólo seguir órdenes, sino cumplir con la agenda de las personas al mando y mantenerse fiel a sus compañeros caídos, incluida la venganza como derecho en caso de su muerte, asesinando a los responsables; una especie de ‘ojo por ojo’ que implica represalia, resentimiento, rencor, provocados y propiciados por una guerra sostenida en el desprecio hacia el prójimo, el racismo, la discriminación y hasta el sentimiento de superioridad.

¿Quién es realmente el enemigo aquí? Thomas, más que el resto, sufre con el peso de ese pasado que lo hace sentirse responsable, llevándolo a pensar sobre los estragos que esto trae a la sociedad en sí,  y a las personas que como él han visto tanta muerte, al extremo de insensibilizarlos, volverlos crueles y llevándolos casi hasta la incapacidad para sentir empatía y solidaridad. ¿Puede alguien que lleva encima tanto sentimiento de culpabilidad superarse a sí mismo y volver a vivir en un ambiente de paz?, y si no lo logra (o ni lo pretende porque está conforme con su manera de vivir), ¿es culpable de ello y merece morir?

La derrota al final de la guerra es para todos, pues deja tanto odio y deseo de venganza, que la compasión y el respeto se desvanecen, no sólo para con los que se combatió, sino hacia todas las personas en general. ¿Puede una sociedad así en un momento dado reconciliarse consigo misma? ¿Perdonar e intentar enmendar el pasado, borra todos los horrores perpetrados?

Lo que Blocker y Halcón Amarillo encuentran en su viaje es el perdón, un acto simbólico que ejemplifica cómo dos culturas que son obligadas a contrariarse descubren, en el diálogo y la comprensión, la humanidad que la guerra les ha arrebatado de su persona. El pasado, no obstante, no puede borrarse; el genocidio no puede realmente olvidarse y el levantamiento de armas, sea una acción invasora o de defensa, es una huella que no puede encontrar completa absolución mientras sea imposible reparar el daño. ¿Cómo se sana ese dolor entonces? ¿Cómo se avanza, socialmente hablando, si el pasado histórico está marcado por la sangre derramada? ¿Perdón es olvido o es memoria para nunca más imponer orden con violencia?

Para estos personajes cansados de luchar, abrumados por el dolor, conscientes de los afectos que han perdido, la generosidad y la solidaridad demostrada mutuamente es la ruta hacia la sanación, no como absolución sino como compasión humana. La reconciliación entre ellos habla de una posibilidad de convivencia en paz y en armonía que tanto se necesita para combatir la discriminación racial, que en este caso la guerra ha dejado a su paso. Desafortunadamente también ese proceso de reconciliación individual no está exento del contexto social, en donde permanece vigente – en la narrativa del viejo oeste igual que en el mundo contemporáneo digitalizado y consumista de hoy ¬-, la violencia, el despojo y la explotación de otros seres humanos, así como la indiferencia, egoísmo y distanciamiento social como formas de organización dominante.

El escenario que la película retrata es más que la batalla entre civilización y salvajismo, en que el hombre ‘civilizado’ llega a un territorio ‘salvaje’ a poner orden, pues cualquier ejemplo que tenga que ver con la conquista de un territorio a través de la fuerza, demuestra intolerancia, abuso y sometimiento, donde el ser que reacciona no forzosamente lo hace porque sea un ‘bárbaro’, sino porque protege su forma de ser y de existir; reacciona a la defensiva ante una cultura que llega a imponer sus ideas y costumbres. 

Eventualmente el mundo sigue, pero ellos no pueden olvidar, siendo este el problema para toda cultura en algún momento de su historia explotada y sometida, ya que ese pasado de violencia, brutalidad y subyugación se queda ahí, en los cimientos de la civilización; imposible de borrar, pero, quizá no, de sanar.

Ficha técnica: Hostiles: violencia americana - Hostiles

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