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El juego de la fortuna

Diana Miriam Alcántara Meléndez
Diana Miriam Alcántara Meléndez

Para cada problema hay una solución y en muchas ocasiones incluso varias. Pero no se puede abordar, sopesar y resolver una problemática sin capacidad de análisis, deducción, compromiso y una estrategia que plantee los posibles caminos a seguir, a fin de encontrar y elegir la mejor respuesta para el dilema, preocupación o contratiempo, pues entran en juego un sinfín de variables que hacen particular cada escenario, dependiendo del contexto, las circunstancias, el objetivo y demás. En la película El juego de la fortuna (EUA, 2011), Billy Beane, el protagonista, gerente general deportivo del equipo de béisbol de los Atléticos de Oakland, en Estados Unidos, tiene un problema apremiante: el presupuesto a la mano para reforzar la plantilla para la siguiente temporada es poco y parece imposible competir así contra los grandes clubes deportivos que tienen dinero de sobra como para comprar a los mejores jugadores de la liga y, aparentemente, asegurarse una racha ganadora y un título de campeón.

Los buscadores de talento de Oakland comienzan a hacer lo que hacen cada año, repasar la lista de jugadores con mayor potencial y evaluar su viable contratación a partir de su desempeño personal, más que deportivo, es decir, quiénes son, qué tanto podrían comprometerse con el equipo, cómo se llevan con otros jugadores, cómo es su vida personal y cuál ha sido su papel dentro de otros clubes deportivos, por ejemplo. La intención es básicamente buscar ‘todo lo que está mal’ en ellos para encontrar cómo pueden ‘servir’ en el equipo a partir de todo aquello en lo que destacan.

En cierta medida, los parámetros con que los buscadores de talento evalúan es ‘correcto’, pues el beisbolista batea, lanza, corre y compite en el terreno de juego, pero también es una persona con preocupaciones y presiones, a veces sobrevalorado, a veces infravalorado, que por ello mismo puede confiarse y dejar de rendir como debería, o esforzarse de más por demostrar su capacidad. Es en ese punto medio que, según este método de selección, se encuentra la mejor opción para contratar en el equipo.

Beane no obstante está seguro que la estrategia ‘de siempre’ no dará resultados, si no lo ha hecho ya para entonces (justo ese año el equipo logró su pase a la postemporada y perdió su partido clave); de forma que, concluye, es necesario optar por un camino totalmente diferente para convertirse en una opción viable al campeonato. Su propuesta es experimentar con un nuevo método de valoración del jugador, basado en función de las estadísticas de rendimiento neto; un sistema que respalda en las teorías del recién reclutado por Billy, Peter Brand, un joven economista que se especializa en el análisis numérico, en este caso de la productividad ‘pura’ del jugador en el campo de juego, o sea, por ejemplo, su promedio de bateo, carreras logradas, bases robadas, lanzamientos en ‘out’ u otros factores de rendimiento. Su plan consiste en contratar a jugadores no por su renombre, fama, éxito acumulado o popularidad, sino por lo que puedan aportar estadísticamente en números ‘aquí y ahora’. 

Se pretende confrontar la selección del jugador con base en la personalidad frente a la estadística, que se asume más “objetiva”. La selección de los elegidos no obstante, desencanta al público, que da por sentado que sin ‘estrellas’ o ‘jugadores promesa’, sino atletas desconocidos, semi-retirados o rechazados por otros clubes, el equipo no tiene posibilidades de llegar a la postemporada; pero además, la elección también molesta al entrenador del equipo, Art Howe, a quien Beane no incluyó en su plan de acción, lo que considera un insulto, y quien no ve en la maniobra un manejo inteligente que refuerce los puntos débiles del conjunto que ya tiene trabajando.

Art tiene sobre sus hombros la responsabilidad de sacar al equipo adelante, pero tiene que trabajar con los jugadores que le asignan y a quienes no conoce,  ni entiende por qué fueron contratados, así que evidentemente no sabrá cómo usar sus fortalezas y debilidades a favor del mejor rendimiento. Art asume, igual que el público y los seguidores, que los Atléticos tendrán pocas posibilidades competitivas pues Billy armó una planta deportiva que no está diseñada para construir un juego, sino simplemente parchar las fugas de la dinámica ya establecida. 

Su molestia, en parte, tiene su lógica, pues Billy por ejemplo, cubrió la posición de un buen jugador, transferido a otro equipo que pagó un mejor salario por él, no con otro jugador igual de competente, sino con tres jugadores ‘semi-competentes’, que juntos alcancen los mismos resultados de juego que el hombre que se fue. No es la plaza cubierta lo que importa, sino los resultados, piensa Billy. El problema en apariencia es fácil verlo así, pues en esencia Art debe reacomodar su estrategia de juego desde su núcleo, un cambio radical que puede traer tanto buenos como malos resultados, según se asuma el reto con sagacidad, pues lo que Billy hizo no fue reemplazar jugadores, sino cambiar toda la dinámica para construir un juego a partir de las capacidades de la gente nueva, algo hasta entonces nunca antes hecho.

En corto, Billy llena vacantes abiertas con el poco presupuesto a la mano aproximándose al jugador de acuerdo a los cálculos numéricos de su desempeño ‘real’, no ‘inflado’, para calibrar, a partir de ahí, cómo usarlo de la mejor manera en el campo y con el resto del equipo. La decisión de Billy es acertada en el sentido de que elige sacudir las cosas lo suficiente como para obligar a un cambio. Su aproximación al problema no obstante, no es bien vista porque desafía una tradición hasta entonces nunca antes cuestionada. Lo que Billy y  su asesor Peter proponen es otra forma de hacer rendir al equipo y lograr resultados. La pregunta es, ¿puede un método, diferente al usualmente usado, dar igual frutos? En esencia sí, pues nunca hay para nada una sola solución, la cosa es que para encontrar estos otros caminos, se requiere de práctica, ensayo y error, paciencia y compromiso.

Los buscadores de talento le reclaman a Billy ir en contra de la tradición, pues también es ir a contracorriente de su experiencia e intuición. El jugador es una persona, no estadísticas; pero también, el jugador no es sólo emociones y sensaciones, sino datos y hechos concretos (desempeño). La conclusión parecería deducir que la clave es el trabajo en equipo y el acuerdo entre partes; saber administrar el rendimiento de los jugadores, planificar el juego, preparar los partidos y actuar con certeza en la toma de decisiones. Los números no dicen nada si los datos no son interpretados; así mismo una estrategia de juego no puede construirse a partir de la mera intuición, necesita una evaluación estadística de la estrategia de juego.

Por lo tanto, Billy no puede comprometerse a resultados favorables sin el apoyo de Art, y viceversa, pues ninguno verá sus estrategias de juego rendir frutos mientras no haya una comunicación real y humana, no sólo con las estadísticas o la interpretación que el análisis estadístico proporciona, sino la aproximación también necesaria con los jugadores del equipo; el contacto humano y el apoyo fraternal que hacen del juego un verdadero trabajo en equipo.

Billy se niega a relacionarse personalmente con los jugadores, dado que su labor para negociar convenios y acuerdos se basa en pactar el traslado, venta, compra y canje de unos deportistas por otros, por lo que entablar una relación personal con ellos significa una limitante, ya que no hay espacio para el apego emocional en las dinámicas de negociación y comercio.

El contraste a la idea se presenta cuando Billy se deshace por fin de todos los jugadores que Art se esfuerza por retener, hasta que sin ellos se ve forzado a apegarse a su plan de juego y, entonces los Atléticos comienzan a ganar partidos. Los mejores resultados finalmente suceden cuando Billy y Peter se acercan a los beisbolistas en persona, explicándoles lo que se espera de ellos basándose en su rendimiento de juego y los datos deportivos, desde donde reconocer las fortalezas a las que deben aferrarse y las debilidades que pueden aprender a usar a favor. Lo que sucede aquí es esa dualidad entre intuición y estadística, entre mecanizar la dinámica de organización de juego y humanizar la realidad de la transacción, entendida como una colaboración entre personas.

La noción de que un ‘buen jugador’ ‘cuesta más dinero’, o que el dinero consigue los mejores jugadores, es una percepción que se basa más bien en el valor del mercado, en la comercialización que se hace del jugador como producto más que como jugador. La tasa de contratación se establece según la persona ‘juegue’, pero se tiñe también de variantes como popularidad, prestigio, imagen pública y hasta atractivo físico. ¿No está mejor cotizado el buen jugador que además sabe cómo publicitarse?

¿Cuánto vale entonces una persona, si la moral dicta que ‘la vida no tiene precio’? En el deporte, por ejemplo, lo que en el fondo se hace no es ponerle un precio a la vida, sino a la productividad del jugador en todos aspectos, deportivos desde luego, pero también publicitarios, o lo que es lo mismo, a su ‘utilidad’ y capacidad para ‘venderse’. Billy insiste que el equipo no necesita jugadores exitosos, sino jugadores útiles; y en esencia, tiene razón.

Así mismo, cuando se asume que el equipo con ‘los mejores jugadores’, es decir, los más exclusivos y mejor cotizados, es ‘el mejor’, la percepción es más idealista que real, pues aún falta demostrar en el terreno de juego que se tiene “madera de campeón”, o de lo contrario será sólo un deseo aspiracional construido a partir de ‘ídolos’ creados y una máquina mercadológica que populariza. Un equipo conformado por los ‘mejores deportistas’ puede ser el mejor, sí, pero esta no es una regla sin excepciones, pues en la vida no siempre gana ‘el mejor’. Por otra parte, tener a los mejores jugadores no significa nada si no se les sabe guiar; ni tampoco los jugadores más populares o mejor cotizados son forzosamente los mejores, pues el adjetivo se gana muchas veces más por la publicidad y mercadotecnia alrededor del atleta, que por su verdadero mérito deportivo.

En breve, el deporte no es un juego necesariamente justo, pues a veces importa más la negociación y la habilidad de movimiento dentro del mercado comercial, que el trabajo deportivo de los jugadores. El deporte es, para fines prácticos, venta de entradas a estadios, acuerdos monetarios, convenios entre equipos y utilidad costo-beneficio. Billy lo sabe, y lo vive, especialmente porque su labor al negociar contrataciones, canjes y despidos más tiene que ver con comprar y vender que con del deporte mismo, incluso cuando la meta final es que su equipo gane. El espectáculo deportivo es para los fans, las televisoras, los comentaristas y los seguidores.

En el fondo lo que sucede es que el atleta es tratado en efecto como ‘producto’, lo que para algunos puede resultar poco ético, inhumano por así decirlo, pero para otros puede ser sinónimo de funcionalidad y por ende, generador de resultados, pues esa es la exigencia del sistema: el individuo que vive reducido a su productividad y un sistema que se encarga de cuantificar costo-beneficio para controlar esa productividad. Si bien Billy supuestamente no lo lleva al extremo con el equipo de los Atléticos, no significa que no habrá quien en su entorno, laboral, social, profesional o similar, sí lo haga.

Históricamente, la estrategia estadista de Billy y Peter consiguió ese año, en 2002, que los Atléticos alcanzaran un récord de 20 partidos consecutivos ganados, después de comenzar la liga con 11 perdidos. La historia se documenta en el libro de Michael Lewis ‘Moneyball: The Art of Winning an Unfair Game’ (Moneyball: El arte de ganar en un juego injusto), que funge como inspiración de esta película escrita por Steven Zaillian y Aaron Sorkin (e historia de Stan Chervin); dirigida por Bennett Miller y protagonizada por Brad Pitt, Jonah Hill y Philip Seymour Hoffman. La cinta a su vez estuvo nominada a seis premios Oscar: mejor película, guión adaptado, actor principal (Pitt), actor secundario (Hill), montaje y sonido.

Ficha técnica: El juego de la fortuna - Moneyball

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