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Deuda de honor

Diana Miriam Alcántara Meléndez
Diana Miriam Alcántara Meléndez

Dentro de un grupo o sociedad, la ignorancia y la incomprensión hablan de una falta de entendimiento social; de una carencia de empatía, valores y responsabilidad ética con el prójimo. Las personas tratan a los demás según las normas y costumbres del colectivo, pero éstas deben adaptarse al contexto y las necesidades, así como a los avances científicos y tecnológicos, la organización social, los sistemas económicos y hasta el orden que rige todo aspecto en la vida del individuo: cómo trabaja, cómo vive, en qué cree y demás, es decir, las condiciones materiales de existencia determinan las formas de vida y la manera en que se organiza la sociedad, pero esa forma particular de existir, de normas y leyes vigentes, son producto de los mismos hombres que han construido a esa sociedad en específico.

Deuda de honor (EUA-Francia, 2014) es una película que se ambienta en el ‘viejo oeste’ y aborda el proceso de adaptación durante la colonización en Estados Unidos. Es 1855 y el país sigue en construcción, de forma que la idea de unificación está marcada por la lucha por la supervivencia, la migración hacia los territorios despoblados del oeste y la formación de nuevas realidades de vida, lo que trae consigo cambios pero también desestabilidad.

Mary Bee Cuddy, neoyorkina de nacimiento, vive en Nebraska, donde compró una granja que ha aprendido a trabajar hasta valerse por sí sola, lo que le ha ganado el rechazo de sus conocidos, dada la presión social por cumplir con las normas establecidas que demandan de la mujer una actitud y conformidad muy específicas: casarse, tener hijos, cuidar del hogar y complacer a su esposo y su sociedad. Para Mary esto le impide prosperar, pues su carácter es duro y no se doblega, lo que la empuja a una vida solitaria, ya que al no actuar sumisa, obediente y pasiva, como se moldeaba ser a la mujer de aquella época, ello la hace blanco del cotilleo y la desaprobación del pueblo, que la mira con desconfianza precisamente por soltera, independiente y autosuficiente, todos rasgos reprobados socialmente en aquel entonces, en donde el hombre era el único que proveía, trabajaba y destacaba dentro de las labores económicas, comerciales, políticas y sociales.

Cuando tres mujeres del pueblo ‘pierden la razón’  - situación en realidad resultante de las difíciles condiciones de vida y abandono en que transcurre su existencia - el cura de la iglesia resuelve que la mejor decisión es enviarlas de vuelta al este, para que regresen con sus familias. Mary se ofrece voluntaria para acompañarlas, ante un compromiso moral con sus similares pero también bajo la sensación de que si ella no se hace cargo de la situación, nadie lo hará y las mujeres terminarán abandonadas y muertas.

En más de una ocasión la gente se refiere a Mary como alguien mandona e inflexible, y en cierto sentido lo es, pues hay que entender que la vida de esta mujer de 31 años no ha sido sencilla y que ha aprendido, de una manera u otra, que no puede depender de nadie para sobrevivir. Se vuelve autosuficiente y por ello rivaliza con los hombres en muchas tareas, provocando su rechazo. Hacerse  cargo y ayudar es su forma de apoyar al colectivo social y expresar solidaridad con las mujeres y, quizá, hasta demostrarse a sí misma, que ser como es: dura, enérgica, con iniciativa, no es realmente algo malo; el problema en su caso es que la presión social y el deseo íntimo de ser apreciada y reconocida pesa más que la valoración personal y, finalmente, ello resuelve su situación personal en forma trágica. 

Las tres mujeres a ser transportadas al este son Arabella Sours, una joven de 19 años cuyos tres hijos han muerto en un lapso de una semana por enfermedad, llevando a la madre a resguardarse en un estado casi catatónico, dado el shock que ha vivido; Theoline Belknapp, alguien tan afectada por la desolación a su alrededor - todo su ganado por ejemplo enfermó y murió -, que ha trasladado esa angustia hacia sus hijos, descuidándolos e incluso hasta matando ya a uno; y Gro Svendsen, una inmigrante nórdica, perturbada por la reciente muerte de su madre y el abuso sexual de su esposo, que la han vuelto violenta, en su propio intento por sobrevivir.

Con sus historias la película cuestiona no sólo la falta de comprensión hacia las mujeres, sino en general la falta de solidaridad entre las personas mismas. Arabella, Theoline y Gro, incluso Mary Bee, son personas incomprendidas y por eso rechazadas, prácticamente ‘desechadas’ por una sociedad que, al no entender su realidad de duelo, dolor, pérdida, angustia y conmoción, en lugar de intentar ayudarlas y empatizar con ellas, decide que es más fácil quitarlas del camino, enviándolas lejos, ‘de vuelta’ a sus casas, donde reciban ayuda pero también, al parecer, donde se conviertan en el problema de alguien más.

La ‘fiebre de la pradera’ o ‘locura de las praderas’, que sufren Arabella, Theoline y Gro, se le denominó al deterioro mental que sufrieron las personas de aquella época afectadas por el cambio radical de modo de vida, al mudarse desde áreas urbanizadas hacia las zonas más despobladas, donde las condiciones eran marcadamente más difíciles, por el aislamiento que significaba la vida en la pradera, el oeste de Estados Unidos, sin contacto, comunicación o forma de progreso, y que se manifestaba principalmente en depresión. 

Enviar a estas mujeres hacia el este significa de alguna forma ayudarlas, pero el cómo esto sucede, se decide y hace, el pueblo volteando la cara en lugar de ofrecerles una mano solidaria, demuestra cuánto se prefiere ignorar la realidad en lugar de comprenderla, omitir al otro antes que abogar por él.

Los esposos de estas mujeres reclaman su ‘desapego’ como un falta hacia el compromiso que hicieron al casarse, implícitas las atenciones, cuidados y la crianza de sus hijos; pero en su actuar la reacción no es comprensiva, sino intolerante y hasta egoísta, pues no ven la otra cara de la moneda, el sufrimiento de las mujeres. Su incapacidad para ponerse en los zapatos del otro habla de un desinterés por el prójimo, en este caso específicamente sus familias, y su reacción para castigar y repeler sólo exalta más ese desapego social (el ‘yo’ por encima de todas las cosas, no importa ni el precio ni las consecuencias). Ellos califican a sus esposas como inestables e incapacitadas, pero no porque se note en ellas una afectación producto de la soledad y el aislamiento, que es lo que están viviendo, sino porque se asume su inhabilidad para cumplir con el molde de persona que se espera de ellas, repudiadas si no logran esa ‘perfección’ que se demanda del género femenino, al que se encasilla y adoctrina, como si fuera un objeto y no una persona.

Esta actitud refleja a su vez cómo piensa en general la sociedad, que rechaza al que se sale de la norma, o castiga al que se niega a apegarse al estándar establecido, moldeado para seguir órdenes antes que pensar. El cura del pueblo, por ejemplo, insiste en ‘resolver el problema de las mujeres’, que se ‘esparce’, como si al irse ellas ‘el problema’ ‘desapareciera’. Él y el pueblo responden con miedo y su reacción sólo entorpece la convivencia social. Enviar a aquellas enfermas a los territorios del este es enviarlas a recibir tratamiento, pero también es desistir de ayudar. Su condición no es sinónimo de debilidad, sino una realidad que evidencia las difíciles condiciones del contexto, de la época y de las presiones, de las que pueden ser víctimas ellas pero en general cualquier persona. 

¿Acaso no la responsabilidad moral, de sus esposos principalmente, debería ser protegerlas? ¿Es acaso que enviarlas al este asegura que su salud mental mejorará? ¿Es entonces enviarlas lejos la mejor decisión a tomar? ¿Hay forma real de ayudarlas? ¿Hay forma de saber que el viaje estará libre de peligros? El pueblo ‘gana’ y la mujer ‘pierde’ en este escenario, pues la decisión resuena con poca empatía social. Al mismo tiempo, la escena provee ilustrativamente un esbozo de cómo era la realidad en aquel entonces, en que el actuar de la gente respondía a un primordial sentido de la autopreservación, una reacción humana y natural, pero fácil de caer en el individualismo, en el egoísmo.

Cuando Mary Bee toma la responsabilidad de escoltar a estas mujeres, lo hace en parte por solidaridad, en parte por demostrar su independencia, en parte por una desesperación personal producto del rechazo constante que ha mermado anímicamente su propia salud emocional hasta la infelicidad y desdicha. Mary entiende y se identifica con estas mujeres, y su valentía radica no sólo en acompañarlas durante su viaje, sino en cuidarlas, defenderlas y comprenderlas, depositando en ello su propia necesidad de ser correspondida, no por ellas sino por las personas a su alrededor.

George Briggs es el último viajero que se une al grupo, conformado por personas marginadas, discriminadas o rechazadas por quienes son, con el tiempo convertidos en parias, hasta que su soledad y la falta de arraigo termina por llevarlos a situaciones límite de desesperación. Su misión, recorrer de Nebraska hasta Iowa, en un camino plagado de peligros que van desde el extremo clima, nevado y frío, hasta la presencia de bandoleros, criminales y nativos americanos que reclaman la invasión a su territorio.

Briggs es en esencia un vagabundo y borracho, para quien lo único importante es él mismo. En parte motivado por un instinto de supervivencia marcado por la realidad de la época. Acepta acompañar a Mary Bee cuando ella le salva la vida, correspondiendo el favor, pero se queda a ayudar no por un compromiso moral, sino motivado por el pago que ella le ofrece a cambio. Es entonces que el tema del honor toma parte importante dentro de la historia, pues es Briggs quien finalmente termina la misión de Mary al comprometerse a una ‘deuda de honor’ (cuando Mary muere la responsabilidad ética termina en hombros de Briggs, al verse frente a tres mujeres desprotegidas y abandonadas por todos a su alrededor, incluido, hasta entonces, él mismo).

La sociedad es la suma de sus partes, pero en una realidad como la que presenta la película, en donde el individuo rechaza y expulsa a las personas con las que no coincide, o de quienes no obtiene beneficios, bien podría decirse que Arabella, Theoline, Gro y Mary son, al mismo tiempo, producto de su evolución como personas y víctimas de las circunstancias inhóspitas de la región con la carga que representa la ideología autoritaria, violenta y de menosprecio a la mujer que se consolida fuertemente en el viejo oeste norteamericano.  Situación que igual se encuentra presente en todo el país, como es evidente años después con la “guerra de secesión” y las manifestaciones de discriminación racial y de género que se observan hasta la fecha.

La realidad de este contexto es la lucha de clases y la búsqueda por el poder; tener, controlar y acumular, al grado de no sólo sobrevivir, sino evitar que el otro lo haga. Un mundo sin sentido del honor, por falta de cultura, educación y valores, pero también un mundo donde el que tiene no comparte, el inmigrante es tan necesario como mal visto y la colectividad no es civilidad, sino la apariencia de ella, porque, finalmente, en ‘tierra de nadie’, cada quien se rige por sus propias reglas.

Sin honor no hay solidaridad, pero para este grupo de cinco personas la supervivencia depende tanto de ello como de la compasión; de identificarse con lo que el otro está viviendo y sufriendo, y después reaccionar, más que con caridad, con humanidad. ¿No es así como deberían idealmente ser todas las personas: participativas, conscientes e íntegras?, sin necesidad tampoco de caer en un altruismo abnegado, sino simplemente apegado a valores éticos.

El común denominador entre los personajes principales es la soledad, tanto en el destierro como en el abandono, porque la ausencia está presente en todo sentido: no hay comunicación, ni reglas, ni orden, ni identidad, ni razón. Si la vida en el ‘viejo oeste’ era complicada, por la violencia, la desunión, la lucha por la supervivencia, el odio entre personas, la necesidad de fortaleza para resistir traumas y hasta un poco de locura para romper moldes y reglas, la vida para una mujer en aquella época lo era todavía más. Maltratadas, abusadas, sometidas, explotada, violadas y negadas, en un mundo predominantemente machista que no las valora y donde lo que impera es la violencia y la muerte. 

El esposo de Arabella por ejemplo, clama por su devoción, pero ella bien podría reclamar exactamente lo mismo, llamando a la lealtad mutua, que se juraron cuando se casaron y negada una vez que enfermó; porque el compromiso y la obligación deben correr en ambas direcciones. El esposo de Theoline, por su parte, apela a la necesidad de sobrevivir, alejando a quien considera un peligro para lograrlo, pero ella está prácticamente en la misma posición, necesita alejarse de eso que la daña, ya sea el lugar en que vive, las personas con quienes convive o el ambiente que la presiona a revivir el dolor que siente.

La situación tiende a ser similar en reflexiones, pero diferente en condiciones, para personas como Gro y Mary Bee, mujeres abusadas y señaladas; la primera atrapada en un matrimonio con un hombre violento que la maltrata, física y emocionalmente; la segunda castigada, con el rechazo, por una sociedad que le reclama ser todo aquello que a su vez descalifica, independiente y enérgica, para sobresalir en un mundo violento de hombres. Al final, se quiebra, no por no ser lo suficientemente fuerte y capaz de vencer retos, sino por el costo social, que la ubica como mujer-hombre, y, en consecuencia indigna de ser amada, respetada, deseada. La soledad y la imposibilidad de sentirse valorada como mujer provocan su suicidio. Difícil decidir, como siempre en estos casos, si era el único camino.

El escenario resulta interesante si se analiza además cómo ha cambiado la realidad social desde aquel entonces y cómo es que la falta de valores, el desprecio y la discriminación por género aún impera pese a esos cambios. Basada en el libro ‘The Homesman’ de Glendon Swarthout, la película está escrita por Kieran Fitzgerald, Wesley Oliver y Tommy Lee Jones, quien también dirige y además co-estelariza, al lado de Hilary Swank, Grace Gummer, Miranda Otto, Sonja Richter, John Lithgow, James Spader y Meryl Streep. Por su parte, la palabra en inglés ‘homesman’ se refiere a su vez a aquella persona, usualmente un hombre, que llevaba de vuelta a casa [al este] a los migrantes, es decir aquellos que vivían en el oeste.

Ficha técnica: Deuda de honor - The Homesman

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