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Crónica de un partido nunca visto

Eduardo Sepúlveda
Eduardo Sepúlveda

Todos sabíamos lo que podía pasar, lo hemos visto antes… y los que no, tal vez sean demasiado jóvenes. Pero las pruebas existen, basta con un ‘click’ para regresar a cualquier historia; están al alcance de todos. Y no sé por qué a veces nos resistimos a lo irrefutable, a lo evidente. A una realidad que se abre ante nosotros tan predecible como inevitable.

La historia del Real Madrid no se puede borrar en una solo noche de Champions; su camiseta, la que más pesa. Sin duda.

El partido de vuelta entre Real Madrid y Manchester City se presentaba como el escenario ideal para otra épica jornada salvaje. Nos resistimos. Queremos jugarle al adivino. Queremos decir: “lo dije yo primero”. Nos queman las ansias, nos gana la avaricia del intelecto imperfecto, traicionero.

La tarde del 4 de mayo, de este lado del mundo, transcurre con calma. Se sabe que hoy es un día importante para el futbol mundial, para quienes hemos seguido este deporte desde hace mucho tiempo. Pero los compromisos de la vida cotidiana están ahí, igual de ineludibles que el destino del Madrid. Hay que trabajar. Recuerdo entonces que mi plan de mediodía se verá truncado por una junta que cambió de horario. Ni hablar.

Alcanzo a ver unos minutos de la primera mitad del duelo en el Santiago Bernabéu. Nada para nadie o más bien, empate a cero parcial que tiene arriba al City. Para mí, está en juego una simbólica apuesta; no es mucho, lo que importa es el sentimiento de triunfo. Todos queremos ganar.

Dan las 3:00 PM. Estoy en la junta de trabajo con el celular modo silencio. He dado instrucciones claras de “no molestar”; a la salida, iré a casa corriendo a conectar el ‘wifi’, acceder a una ‘app’ y ver el encuentro diferido. Nada lo puede arruinar. Incluso, mi joven oponente de la ocasional apuesta ha sido avisado: nada de comentarios sobre el juego, hasta la noche.

Me gana el ansia. El teléfono tiembla entre mis manos (no suena, son mis nervios). Desbloqueo la pantalla y, “sin querer”, aparece una imagen reveladora: ha marcado Mahrez. Ya lo gana City por dos de ventaja. Los nervios me atacan de nuevo. Ahora sé (confirmo) que no es opción voltear a mi dispositivo móvil ni de chiste; ya ninguna ventana es segura. Pero aquí, en mi lugar de trabajo, es zona sin riesgo. Nadie habla de futbol y a nadie parece interesarle, es como si hubiéramos entrado a una burbuja libre de pasiones humanas. Aquí estaré bien hasta llegar a casa.

Por fin, termina la junta. He sido firme y no he volteado al celular. Su pantalla se ha encendido en repetidas ocasiones, intenta llamar mi atención, pero soy más fuerte ahora. Me dispongo a salir, presto y alegre; sé que Madrid tiene tiempo para remontar y así, ganaré mi apuesta. Mejor aún, sé que aún queda lo mejor por ver de un partido que jamás he visto antes.

Apenas llego a la puerta, un colega se empareja y me dice: “Ya ganó el Madrid”.

¡Increíble! ¿En qué momento? No lo vi venir. Y de pronto, con la defensa caída, un sinfín de imágenes recorren sin parar la pantalla de mi teléfono burlándose de mí. Ya no me importa nada. Igual, el destino era predecible. Solo quiero saber cómo pasó.  

Llego a casa, pongo el wifi, la ‘app’, el partido a partir del gol de Mahrez. Se escucha entonces un desfile de frases forzadas de ‘La Reimers’, que confunde un partido de futbol con un poemario del ‘boom’ latinoamericano. Pareciera que estudia lo que va a decir y busca la mínima oportunidad para lanzar sus frasesillas “de baratillo”.  

El Madrid “ha dinamitado sus posibilidades”, “cambia la narrativa”, “exhibe falencias”, “La Fuerza está con Courtois”. Una bomba de sueño golpea mi cabeza, pero resisto. Quiero saber cómo fue.

“La pizca de sal y pimienta en un platillo exquisito”, dice la conductora sobre el gol que al 73 le hace creer que el Madrid está muerto. “El City está saboreando un boleto a la final de UEFA Champions League”. Viene lo peor: ella y su cómplice, que tampoco se distingue por tener el mejor relato, comienzan a candidatear al ‘MVP’ del encuentro. Bernardo, del City, es en primera instancia. Pronto, cambiará el nombre. Ella da un repaso por los equipos ingleses que más finales de Europa han disputado. Los técnicos. Los que repiten. Pronto, todo se irá para atrás.

El partido agoniza, minuto 89 y Madrid necesita dos goles para mandar al alargue. Gol, Rodrygo, el héroe desconocido. El árbitro otorga 6 minutos de reposición y cae el segundo al minuto (sobran 5). ¡Goooooooooool! Otra vez Rodrygo. “Mitológico encuentro en Champions League”, dice la narradora extasiada; ¡alguien tiene que parar ya a esta mujer!

El partido se va al alargue pero, sin necesidad de extender más esta historia, Benzema decreta el marcador final desde la vía del penalti apenas al 95; es decir, apenas iniciado el primer tiempo extra. Para Reimers, lo más importante es que Benzema igualó a Cristiano Ronaldo “en pundonor, en empuje”, para así “enamorar al madridismo”. Los 89 minutos de narración previa se vienen a tierra, ni qué decir de la reacción de las redes.

Todavía tiene tiempo Madrid para ver salir a su héroe del campo y aplaudir.

La profecía se ha cumplido. El Real ha dado el partido nunca visto que ya se había visto antes; es la magia de la Champions. Se veía venir, ahora es tiempo de cobrar.

Próxima parada: París, 28 de mayo.

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