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Secretos de Estado

Diana Miriam Alcántara Meléndez
Diana Miriam Alcántara Meléndez

El espía es aquella persona que recaba información de alguien o sobre algo, sigilosamente, observando, escuchando, en ocasiones incluso robando, siempre en secreto, de forma que lo que descubre sea de interés para alguien más, para algún poder político, económico, militar o social, al cual sirve o vende sus servicios. Su actuar en secreto implica una forma de acecho, pues a distancia o infiltrándose como alguien de confianza a quien pretende espiar, analiza y vigila cautelosamente, recopila información, sistematiza datos, copia o sustrae documentación, para obtener un conocimiento que se supone privado o secreto.

La legalidad del proceso para obtener esa información depende tanto del empleo o uso de tecnología como de la conducta ética, o carente de ella, a la que se recurre para engañar o manipular emociones de las posibles fuentes de información; igual importancia representa la sensibilidad política en cuanto al destino de lo que se hace con la información obtenida. Cuando en el mundo de la política ‘información es poder’, el espía juega un papel importante al ser enviado a moverse entre las sombras para conseguir la pieza clave que le dé la ventaja al que lo envía; figura usualmente con estatus, poder y capacidad de tomar decisiones trascendentales para la humanidad, como lo es iniciar o terminar guerras, por ejemplo.

Este es el escenario en que se desenvuelve la película Secretos de Estado (EUA-Reino Unido, 2019), dirigida por Gavin Hood y escrita por Gregory Bernstein, Gavin Hood y Sara Bernstein, a partir del libro ‘The Spy Who Tried to Stop a War’ (La espía que intentó detener una guerra), de Marcia y Thomas Mitchell. Cuenta la verdadera historia de Katharine Gun, una empleada del Cuartel General de Comunicaciones del Gobierno, del servicio de inteligencia de Reino Unido, que filtró un memorándum en el cual se detallaba una operación ilegal de espionaje gestionada por Estados Unidos para conseguir información de diplomáticos de las Naciones Unidas, con el fin de chantajearlos para votar a favor de la invasión a Irak en 2003.

Protagonizada por Keira Knightley, Matt Smith, Matthew Goode, Rhys Ifans, Adam Bakri y Ralph Fiennes, en la narrativa cinematográfica Katherine, de personalidad crítica y abiertamente en contra de la guerra, que considera incorrecta dado que la invasión hacia un país significa un ataque hacia toda la población, que traerá la muerte de inocentes, cuestiona el contenido del memorándum en donde no se solicita ayuda, sino se exige. Pero, ¿qué es un servicio secreto de inteligencia sino una red que, en nombre de la seguridad nacional de su país, opera en las sombras, al margen a veces incluso de la ley, bajo la obligación y/o el pretexto de velar por los intereses de la nación o gobierno, por encima de cualquier otra cosa y a cualquier costo?

Esto abre una importante reflexión sobre la ética de las propias prácticas de espionaje, que no son ajenas a la realidad actual respecto a cómo operan muchos círculos de poder, que pueden llegar a esconderse entre los pliegues de las leyes, sacando un beneficio a su favor, porque, ¿a quién responde realmente un organismo de inteligencia y espionaje?, ¿a su presidente, a su pueblo, a la élite política-económica?, y en su actuar ¿se apega a leyes y principios morales?; ¿qué intereses cuida?, ¿y de quiénes?

Cuando Katherine lee las instrucciones del memorándum, deduce que la función que juega en su trabajo la convierte en una espía velando no sólo por los intereses de su gobierno, sino también del estadounidense, que dirige la operación, toda vez que el correo electrónico proviene directamente de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), agencia de inteligencia del gobierno de los Estados Unidos. Al saber que le ordenan encontrar información secreta que sirva para chantajear a oficiales que representan a distintos países dentro de las Naciones Unidas, para manipular su decisión respecto a un tema de alcance global, una guerra, misma que responde a la agenda específica de aquella nación, por un gobierno y un presidente que presionan para que esta disposición se lleve a cabo, Katherine pone sobre la mesa el análisis ético y de conciencia de lo que se está haciendo y lo que pretenden dos agencias de mando en conjunto, al presionar para llevar ilegalmente a cabo un acto de guerra, una invasión armada a un país acusándolo falsamente de construir armas nucleares y biológicas, con el fin último de obtener beneficios para ambos países agresores. Ello porque la votación hasta ahora va en su contra, de ahí la importancia de buscar información para chantajear a los diplomáticos y cambiar su postura. Lo cual, además, contraviene el espíritu de la Organización de las Naciones Unidas, constituida para mantener la paz y seguridad internacional.

Lo que revela esto es que la realidad de una guerra, de cualquier índole y en cualquier situación, muchas veces no responde ni a la seguridad de una nación ni al bien común, sino que recae en el poder y control que tiene una persona, organización o gobierno, para impulsar acciones que pretenden generar beneficios a su favor, facilitando la expansión territorial, económica y militar de la nación o grupo social que encarnan. Manipular, chantajear, presionar, seducir, comprar, son todas prácticas que se emplean en la expansión del poder político-económico que caracteriza el colonialismo de los siglos XIX al XXI, mismas que han venido perfeccionando las técnicas de espionaje, incluso ahora hacia sus mismos ciudadanos.

Katherine reacciona impulsiva pero no incorrectamente, según sus propios principios, una vez que está segura que si lo que le piden es poco ético y erróneo (por lo que ello implica, facilitar el camino hacia una guerra hasta ahora reprobada por la autoridad internacional), no debería hacerse. Sin la capacidad para corroborar el origen del memorándum, Katherine contacta a alguien que logra poner la información en manos de una activista y periodista, quien a su vez no puede indagar ni exponer el caso, dado que por sus posturas políticas antiguerra sabe que, de entrada, escuchar esta información verdadera de su boca, traerá de la mano el prejuicio de descalificar todo lo que se diga.

El memorándum termina entonces con el periodista Martin Bright, de ‘The Observer’, quien se da cuenta que si la información es correcta, no sólo revela un gran entramado de corrupción dentro de su gobierno y en coalición con uno extranjero, sino que ellos mismos como periódico, incluyéndolo a él y a sus compañeros, han sido pieza importante para dejarlo pasar, en el sentido de que la editorial hace lo que usualmente hace el resto de los periódicos: reportar al pie de la letra todo lo que el gobierno les indica que informen, sin preguntar ni investigar más a fondo, sin cuestionar ni decir nada crítico al respecto.

Bright entiende que la dinámica ha convertido a los periódicos en portavoces al servicio del otro: publican lo que el gobierno quiere, así que mientras el gobierno siga enviando sus comunicados, el periódico tiene contenido que reportar, lo que lo convierte más en un reproductor de ideas y de contenido, que un propulsor de la investigación crítica, el juicio, la reflexión y el análisis. Bright insiste que su responsabilidad periodística es cuestionar su entorno, su gobierno incluido, no servir a sus intereses, por mera reciprocidad de contenido y de conveniencia, pues el medio de comunicación debe estar comprometido con la verdad y la objetividad de la información y ofrecer una mirada crítica y no dirigida de lo que presenta, investigando, no parafraseando. El periodista debe analizar lo que llega a su escritorio, no sólo repetirlo.

El caso crece a partir de que el memorándum es publicado y la reacción de los involucrados es desprestigiar hasta que la gente comience a creer más la mentira, y en la duda más que en la verdad, muchas veces enfocando en un tema alterno o insignificante pasa despistar, apoyándose de paso en el descrédito del periódico y el periodista implicados, o hasta la informante misma, que hasta ese momento permanece en el anonimato.

La investigación oficial no se hace esperar y sin poder ocultar su responsabilidad, previniendo repercusiones contra sus compañeros, Katherine confiesa y se le acusa formalmente, citando específicamente la Ley de Secretos Oficiales, que prohíbe la divulgación de información, documentos u otros artículos relacionados con la seguridad o la inteligencia británica. Bajo lo estipulado en esta ley, Katherine, alegan, cometió un acto de traición, al revelar el contenido de un documento oficial y secreto.

Pese a las acusaciones, Katherine insiste que ella nunca traicionó a su patria, en la lógica de que ella trabaja para el pueblo, no para las personas que momentáneamente ocupan cargos de gobierno. Los gobiernos y los políticos van y vienen, pero la institución que existe para servir al ciudadano, órgano gubernamental que la contrata, está siempre ahí, comprometida con velar por la población. Si lo que hizo más bien demostró la traición del gobierno a su ciudadanía, mentir, engañar y conspirar para entrar a una guerra, en la que se invertirán recursos de todo tipo y causará la muerte de ciudadanos británicos, ¿es Katherine una traidora? La gente merece saber lo que sucede, razona Katherine, específicamente si se persigue un fin a través de engaños y manipulaciones, mintiéndole a la gente sobre cómo se consiguió llegar ahí y, especialmente, qué es lo que se persigue.

Una vez que es acusada formalmente, Katherine se vuelve blanco de todo tipo de ataques personales, comenzando por el intento de deportación de su esposo, un inmigrante musulmán en trámite de visa de residente, quien, a pesar de tener pruebas para sustentar que vive en el país legalmente, es detenido para ser deportado, algo que el abogado de Katherine señala como una medida de acoso para presionarla, para obligarla a proceder en contra de su voluntad hacia un fin específico, que nada tiene que ver con las políticas de inmigración; en esencia una medida de represión política para intimidar.

La percepción social también se vuelve una cuestión significativa, pues hay quienes, repitiendo por inercia las acusaciones del gobierno, sin mayor crítica, tachan a Katherine de traidora, hasta un grado de desprecio. El gobierno la acusa mentirosa, y por ende, la gente hace lo mismo, descalificando todo lo que tiene que ver con ella y con el caso, su vida personal incluida. No importa que la información que expone revele una falta más grande por parte de los políticos que dirigen su país y que la acusan, desde el poder condenan a priori.

Este es el argumento del que se sostienen Katherine y su abogado, Ben Emmerson, que ella hizo lo que hizo porque actuó en favor de detener una guerra ilegal, lo que justificaría así sus acciones. La explicación de la ilegalidad de la guerra recae en que el gobierno estadounidense tomó la decisión de invadir a Irak, incluso cuando las Naciones Unidas no lo habían aprobado ni avalado.

Además del intento de deportación de su esposo, el gobierno también presiona con el acuerdo de confidencialidad que Katherine firmó al ingresar a trabajar, que indica que no puede hablar con nadie, ni con su abogado, de lo sucedido; no del memorándum en cuestión, ni de las labores a las que se dedica. Ben y ella misma entienden que la situación es una traba legal ilógica, pues no puede defenderse si su abogado desconoce lo que sucedió, y ella no puede hablar al respecto sin empeorar su situación, pues con sólo intentar explicarse, podría sumar otro cargo de traición en su contra. Lo que esto revela de alguna forma es: ¿qué tanto poder y control tiene un gobierno sobre su población? Y, ¿qué medidas ‘legales’ tiene el gobierno a su disposición para callar a alguien? Katherine y Ben parece que van en el camino correcto, pues si la única defensa que muestra tener el gobierno en su contra es presión e intimidación, es porque hay algo de cierto en su alegato.

Katherine quizá violó el acuerdo al que se comprometió, pero lo hizo porque lo que se le ordenó hacer incurría en ilegalidad. Para demostrarlo ella estaba obligada a exponer el contenido del memorándum, revelando la corrupción de fondo. ¿Hizo bien en hacer pública la información secreta, porque la verdad que esconde y saca a la luz es aún más importante? ¿Qué hacer ante información cuyo impacto probable es el desequilibrio a nivel global y, posiblemente, el inicio de una guerra de alcances y consecuencias mundiales?

Esto es importante porque se habla de ética, de moral personal pero también de la profesional, al mismo tiempo que invita al análisis crítico sobre los manejos del poder, de aquel que tiene un gobierno para cubrir, encubrir y pasar por alto sus faltas ilegales y corruptas, que distrae la atención en ellos mismos, acusando a un eslabón débil o blanco fácil, una vez que sus propios actos ilegítimos y anticonstitucionales son más grandes y necesitan ocultarse del ojo crítico.

El argumento se solidifica una vez que la invasión a Irak de todas formas sucede, incluso sin el respaldo de las Naciones Unidas, demostrando que la charada era sólo una formalidad para amparar o escudar la decisión ya tomada. Más relevante aún, el armamento de destrucción que se aseguraba había en Irak, que servía como justificante para proceder con la invasión, nunca fue encontrado, recalcando que la operación entre los gobiernos británico y estadounidense (más otros aliados) obedecía a sus intereses, comenzando por la administración del presidente de Estados Unidos, (George Bush en ese momento), y el beneficio que de la coalición pudiera sacar el otro, el gobierno británico, con Tony Blair como Primer Ministro en aquel entonces. Algo que invita a pensar también sobre las decisiones que toman los gobiernos respecto a las guerras, según vean el beneficio o interés económico, político o social que puedan sacar de los conflictos bélicos por ellos mismos auspiciados.

Ben logra comprobar que el Ministerio de Relaciones Exteriores se oponía a la guerra, porque era concretamente un movimiento ilegal, hasta que viajó a Estados Unidos y de pronto cambió de parecer. Esto significa que al momento de Katherine revelar el memorándum, la opinión del gobierno era esa, una guerra no viable porque no estaba justificada. Si Katherine actuó, sostiene Ben, fue porque intentaba prevenir y salvar vidas, siendo el gobierno el que cambió de opinión por presiones externas.

Historias como la de Katherine es a lo que se enfrentan muchas veces personas como ella, convencidas de hacer lo correcto pero castigadas por hacerlo. Durante el epílogo, metraje de la verdadera Katherine saliendo de la Corte, luego que se retiraron los cargos en su contra, cuando se decidió no continuar con las acusaciones a ‘falta de pruebas’ (un juicio obligaría al gobierno a hacer públicas la información que hacen evidente que tomaron la decisión de apoyar la guerra sabiendo que era ilegal), ella expresa no sentirse arrepentida de nada, ‘pese a la tortura emocional que tuvo que soportar’; se señala que a pesar de que la Fiscalía ya había decidido no proseguir con las acusaciones, esperó un año entero para retirar los cargos, dejando la presión emocional como forma de castigo sobre Katherine [como ejemplo, dice el abogado de la acusación], quien seguía pensando que sería enviada a la cárcel.

La conclusión es clara, cuestionar siempre y no dejarse llevar ni por la inercia ni por lo que dice la mayoría, solo porque lo dice la mayoría, es parte de la responsabilidad social de todo individuo, por muy atropellado y arriesgado que pueda ser elegir nunca ser indiferente ante la injusticia, o ante todo aquello que es incorrecto. El problema ético es el fondo del problema. No permitir intervenir violando la intimidad de los individuos, menos si es con el perverso fin de manipulación, chantaje o control.

¿Qué puede esperar el ciudadano promedio, cuando los gobiernos espían con toda facilidad a sus propios funcionarios y otras figuras de poder? ¿Dónde queda la privacidad, si el espía mismo es una persona como cualquier otra, empujada a escuchar y vigilar a su vecino, su jefe, su amigo o a cualquiera? ¿Es espiar malo, o sólo lo es cuando la información recolectada se usa con la intención de herir o destruir, en lugar de ayudar? ¿El fin justifica los medios o es que en esta sociedad actual todo fin y todo medio tienen su grado inevitable de ilegalidad, injusticia y corrupción? Katherine actúa porque cree firmemente en sus principios, porque, aunque ‘uno en un millón’ sigue siendo una voz importante que se alza para ser escuchada, como ejemplo a seguir, ‘uno en un millón’ es en realidad demasiado poco, en comparación con los muchos ejemplos de ilegalidad y corrupción, específicamente aquellos que suceden dentro de las propias esferas de gobierno.

Ficha técnica: Secretos de estado - Official Secrets

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