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La Duquesa

Diana Miriam Alcántara Meléndez
Diana Miriam Alcántara Meléndez

Los matrimonios arreglados fueron una práctica común, no totalmente desaparecida en el presente moderno, en que la unión de la pareja es acordada por terceros. Entendido como un contrato donde hay un compromiso con el arreglo pactado, más que por la relación misma o el cónyuge en cuestión, la práctica se convirtió en una costumbre aceptada a partir de su papel en transacciones de herencia, dominio, poder, política y control.

Visto como institución de orden y forma de organización social, especialmente entre la aristocracia, la nobleza, la realeza y la naciente burguesía, este tipo de matrimonios eran vehículo para preservar el linaje y la riqueza, por lo que un casamiento que beneficiara económica o políticamente a ambas partes, que permitiera mantener un nivel de estatus social en la cima de la escala por rangos, o que proveyera de un heredero para asegurar la continuación del apellido o ‘cuna’ de la familia, era algo que no sólo se practicaba cotidianamente, sino que se aceptaba como una norma social legítima, que se acataba como una obligación.

Para la mujer, no obstante, se convertía también en la pérdida de su autonomía y libertad, al verse tratada más que como madre o progenitora, como un objeto, o bien más en propiedad del Cabeza de la familia –Rey, noble, terrateniente, comerciante, banquero, o incluso personas sin otros bienes materiales-, sin control de sus finanzas y a veces hasta de sus decisiones y acciones, una vez que como mujer no tenía derechos ni voz en los asuntos de su matrimonio, su casa, sus hijos, la política o el mundo en general. La película La Duquesa, basada en la novela biográfica de Amanda Foreman acerca la vida de Georgiana Cavendish (1757-1806), duquesa de Devonshire, explora este escenario. Escrita por Jeffrey Hatcher, Anders Thomas Jensen y Saul Dibb, quien también dirige, la cinta está protagonizada por Keira Knightley, Ralph Fiennes, Hayley Atwell, Dominic Cooper y Charlotte Rampling.

La historia comienza cuando Georgiana Spencer, entonces de 16 años, es ‘entregada’ por su madre al Duque de Devonshire, William Cavendish, un hombre mayor que acuerda el matrimonio con la intención de procrear un heredero, transacción que entre la aristocracia británica del siglo XVIII, según sus normas y escalas sociales, beneficiaba el estatus de los Spencer y aseguraba el legado de los Cavendish.

Rápidamente se hace evidente para Georgiana que no hay un punto de conexión con el Duque, alguien reservado, infiel sin el mínimo remordimiento, carente de lealtad y respeto hacia su esposa, desinteresado en compartir sus opiniones con ella, o de relacionarse de cualquier otra forma que no tenga que ver con los que considera sus ‘deberes’ de esposa, es decir, ser objeto de la relación sexual para tener un hijo varón; distante en todo sentido, está, por ejemplo, más interesado en sus mascotas que en conocer o socializar con Georgiana. Ella, por su parte, aprende a sobrellevar la situación, centrando su energía en el escenario político y social progresista de la época, hasta hacerse conocida por su adicción a las apuestas, pero respetada por su opinión sobre la vida pública y la moda, aspecto en que destaca por estar en la vanguardia.

Dos personas llegan a alterar la situación; primero Charles Grey, un político liberal apasionado, de quien Georgiana se enamora, por su visión propositiva por cambiar el mundo y su disposición para tratarla con respeto y reconocer su belleza, en lugar de marginarla, como William hace. Y luego, Elizabeth Foster, quien entabla amistad con Georgiana al revelar que, como ella, también es maltratada y marginada por su esposo, pues éste la tiene apartada de sus tres hijos varones; sin embargo, al mudarse a vivir con los Cavendish por invitación de Georgiana, en un intento por ayudar a quien considera su amiga, eventualmente se convierte en amante de William, a cambio de su poder, prestigio e influencia en la nobleza para recuperar la tutela de sus hijos. Un acuerdo típico de utilización mutua en donde la mujer –en este caso Elizabeth- emplea su cuerpo para obtener beneficios a los que de otra manera no tendría posibilidad.

La relación extramarital de William se hace pública sin la mínima discreción, mientras Georgiana, como su esposo le exige, se presente firme y fiel ante el ojo púbico, para dar la impresión de unidad; pero ella sabe, insiste y reclama, que la dinámica la humilla. William sin embargo no cede, sino que al contario, le exige abnegación y acato. Georgiana así se da cuenta que su voz no tiene ningún peso o validez en el mundo en el que vive, machista y sexista, donde no sólo impera la doble moral, sino también la discriminación por género.

Elizabeth a su vez se escuda explicando que sus acciones son respuesta a la desesperación de una madre por recuperar a sus hijos. Su ‘traición’, insiste, no es directa o dolosa contra Georgiana, sino que tiene un motivo ‘valido’, o al menos ‘entendible’ de fondo, como estrategia ‘necesaria’, como último recurso para lograr dar a sus hijos el cuidado que como madre le corresponde dar. Su actuar, no obstante, puede ser visto tan desleal como astuto, pues Elizabeth aprende a usar su sexualidad como ‘arma’ o ventaja para conseguir un beneficio específico: liberarse de su abusivo y violento esposo, pero en el proceso, pasa por sobre alguien que está en la misma posición de desventaja que ella, como mujer viviendo en un mundo que no la valida en ningún sentido. No se da cuenta que pasa de ser objeto despreciado por el esposo a objeto de consumo sexual por el Duque; no razona que en su actitud humilla a ambas mujeres, validando la conducta dominante de aquel que posee mayor poder y riqueza. Nunca piensa en la solidaridad hacia la otra, sino en su único beneficio. Una pregunta queda en el aire: ¿Cómo valoran la sociedad, sus hijos, y ella misma, esa relación que en esencia la esclaviza y humilla?

Públicamente, las acciones de William no son desaprobadas o juzgadas, pero si Georgiana se atreve a lo mismo, se topa con el rechazo y la exclusión; de ahí la doble moral de la sociedad machista y sexista que impera en este escenario. William tiene todo control sobre la situación, en su casa, la opinión pública, su vida y sus decisiones; Georgiana por su parte no tiene nada, procede sólo cuando un varón, su esposo en este caso, le da permiso de hacer, decir o elegir algo, así que su palabra queda siempre en el vacío y pese a ser víctima del abuso físico y psicológico de William, la empatía no está de su parte, pues la sociedad está acostumbrada a esta realidad discriminatoria en la que el hombre controla y decide sobre su esposa -sobre la mujer en general-, colocándola en una prisión de cristal desde donde vigila todo lo que hace, piensa y dice, sin que nadie haga nada para cambiarlo, cuestionarlo o reprobarlo, porque ‘esa era la costumbre de la época’.

El mundo no está de parte de Georgiana, dado que vive en una era en la que el hombre en el poder, el varón que controla y dicta las normas sociales, establece que la mujer ‘no vale nada’. Pero además, Georgiana tampoco cuenta con el apoyo ni de su propia madre, quien, educada bajo las ideas conservadoras de que la mujer deber acatar sumisamente, expresa así su consejo en el sentido de resignación, de obedecer a todos los deseos y disposiciones de William y cumplir con lo que la sociedad espera: que tenga un hijo varón que asegure la herencia y linaje de su esposo.

Básicamente sola frente al mundo, Georgiana sólo puede expresarse a través de la ropa, lo único en lo que tiene poder de decisión. “Los hombres tienen tantas maneras de expresarse, mientras nosotras sólo tenemos sombreros y vestidos”, dice ella en algún punto de la película. Así mismo, se vuelca hacia aquello en lo que su esposo no tiene interés de participación, la política, las fiestas y la socialización, en busca de, a través de ello, encontrar un poco de alegría, crecimiento, desarrollo, distracción o progreso; excepto que esto también tiene sus limitantes, pues depende en todo, no sólo económicamente, de William.

En lugar de actuar con iniciativa, escuchar, aprender y formarse un juicio selectivo sobre el mundo a su alrededor, Georgiana, como también Elizabeth y el resto de las mujeres viviendo en esta época, no están educadas para nutrir su mente, pues la instrucción y canon socialmente aceptado es que existen para cumplir una función, que no es ni siquiera esposa, amante, madre, cuidadora o administradora de su hogar, sin la complacencia del hombre que la ‘patrocina’, procura o favorece. La mujer como ‘objeto’, ‘decorado’, minimizada, marginada y devaluada, sin la oportunidad de crecer, o por lo menos de ser ella misma en la intimidad, porque el orden social se ha encargado de hacerle repetir, hasta creerlo, que no vale o aporta nada. ¿Cómo combatir este machismo y juego de poder, si la crítica es silenciada y la injusticia un secreto a voces que no se está acostumbrado a señalar juiciosamente, porque así lo ha dictado la costumbre?

Sin elección sobre la gente con la que se relaciona, la vida que realmente quiere o la libertad para buscar metas o encontrar felicidad, Georgiana, como muchas mujeres, algunas que incluso lo experimentan en la actualidad, vive a merced del hombre a su lado [o mejor dicho, del hombre que las posee en propiedad], alguien que en su caso además la resiente por tener niñas y no hijos varones, que el hombre, en todo su machismo y sentimiento de superioridad, por su género, ansía como única medida de valoración y trascendencia: el heredero.

Eventualmente Georgiana propone un trato, aceptar la relación entre Elizabeth y William, a cambio de que él acepte la relación entre ella y Grey, alguien con quien Georgiana encuentra afinidad y atracción mutua. La dinámica funciona hasta que William siente que pierde el control y rompe la relación entre su esposa y su amante, insistiendo que de convertirse en un rumor a voces, que es lo que eventualmente sucede, el escándalo afecta, no a Georgiana o a Grey, carentes de posición social, sino a él y su linaje, ‘manchando’ su nombre y prestigio social. Mientras tanto, el mismo escenario, pero a la inversa, la relación entre Elizabeth y William, se presenta sin prejuicios ante el mundo, que en lugar de criticar, acepta, pues se asume como ejemplo de poder entre los ‘hombres respetables’.

La contradicción no importa, pues quien la critique es señalado y desestimado, especialmente porque la sociedad está así adiestrada a reaccionar. Quien se atreve a alzar la voz y reprobar el pisoteo de los derechos humanos de las mujeres, elige la comedia y la burla para hacerlo, como único medio para disimular la crítica; por ejemplo, a través de un obra de teatro de comedia, vehículo elegido por los plebeyos para burlarse, en este caso, de los excesos, excentricidades, derroche y opresión de la alta sociedad.

Cuando Georgiana apenas se aventura a salirse del molde, es arrastrada de vuelta con abusos físicos y desprestigio, control y vigilancia extrema al punto que no tiene ya ni privacidad ni autonomía. Pero incluso Elizabeth misma, que acata las normas sociales que se esperan de ella como mujer, acomodando sutilmente su conducta en su beneficio cuando es necesario, solidarizándose indirectamente con Georgiana a sabiendas que ambas son víctimas del mismo sistema que las considera y trata como inferiores, es a su vez también víctima de las circunstancias. Si procede desleal e hipócrita, es porque tampoco tiene más opciones, lo que no significa que no simpatice o entienda la realidad trágica e infeliz de la otra.

Elizabeth manipula a Georgiana con la intención de que la acepte en su casa para hacerse del favor de William, consciente de que esto perjudicará a su supuesta amiga, pero tampoco procede con absoluta maldad, pues sus acciones son el resultado de un mundo que ajusta las reglas dentro del sistema para que la mujer no tenga vías de escape. Elizabeth no ve otra salida más que el juego sucio, para además reclamar un beneficio que debería ser suyo por derecho propio: poder estar con sus hijos; derecho que se le arrebata por el simple hecho de ser mujer en una sociedad que no la mira como persona, sino como ‘objeto’. Georgiana lo entiende, no respalda ni aprueba su falsedad y engaño, pero conoce la situación y la asimila hasta aprender a coexistir, más que con la amante de su esposo, con una mujer que, como ella, ha tenido que aprender a abrirse camino por sí sola y a contracorriente, víctima de los abusos de un hombre (en una sociedad regida por varones) que no la considera su igual.

El único camino para estar mujeres es encontrar la forma de sobrevivir, de sobrellevar su realidad, haciendo el mayor cambio posible con lo poco que está a su alcance; en el caso de Georgiana, aprovechando su popularidad para impulsar la carrera de Grey y las ideas de éste y su partido político liberal, que promueven el principio de una sociedad más equitativa e imparcial; influencia que sabe, de salir victoriosa, podría dar paso a un verdadero cambio social. Proceso social que, es necesario reconocerlo , lleva décadas, incluso siglos, en evolución, en donde innumerables mujeres han luchado –y sufrido las consecuencias- por obtener respeto, derecho al voto, libertad sexual, libertad laboral, independencia económica, igualdad ante la ley y otros aspectos más para ser percibidas y consideradas como ciudadanas, algo que no sucedería sino hasta muchas décadas después.

Una existencia infeliz, sin derechos ni libertades, bajo la ilusión de que una vida así es privilegiada, aunque en realidad el beneficio de la opulencia y los lujos que se les otorgan a las damas de la realeza y la alta sociedad lo pagan con otro tipo de sacrificios, que a veces pisotean su integridad y humanidad. Estas mujeres son ejemplo de lucha, fuerza y resistencia, obligadas a vivir en un ambiente y matrimonios sofocantes, de los que no podían reclamar, ni criticar abiertamente, sólo tolerar, sobrevivir y soportar. Una existencia, en resumen, sin vida. Que alguien como Georgiana encontrara la forma de destacar y ser escuchada es admirable, pues el eco de su historia se recuerda no sólo por las adversidades, sino más bien por cómo, a su manera, las digirió, afrontó y cambió.

Ficha técnica: La duquesa - The Duchess

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