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Molar

César Garza

“Usted es historiador, yo soy parte de la Historia, espero me haya encontrado interesante.”

De la película “marathon man”, 1976, Dir. John Schlesinger

 

   Estás en la sala de espera de tu dentista, te pide llegar media hora antes de tu cita para darte un analgésico, te parece un buena práctica preventiva, sobre todo si se trata de minimizar el dolor.

   Hace una semana estuviste en este mismo sitio, fue cuando te sacaron una radiografía y el posterior diagnóstico, te sacarían dos muelas, el primer molar superior izquierdo y el segundo molar inferior derecho.

   No es la primera vez que te programan una extracción, pero si es la primera vez que te das cuenta que una parte de tu cuerpo simplemente dejó de servir como “prueba fehaciente”, dirían algunos reglamentos, del inexorable paso del tiempo.

   Mientras esperas, recuerdas tu sueño de anoche, te veías en el consultorio del dentista, este al que estás por entrar, tu playera manchada de rojo mientras el médico retiraba una por una todas tus piezas dentales. También soñabas que recordabas aquella película “marathon man” donde el protagonista, Dustin Hoffman, es sometido a la tortura de perforación de sus dientes sin anestesia por un ex dentista de la SS Nazi en Auschwitz. Esa escena la viste a lado de tu padre cuando tenías 15 años, desde entonces la recuerdas cada ocasión que visitas un consultorio dental.

   Por fin te llaman interrumpiendo tus recuerdos, avanzas, inconscientemente acortas tus pasos de manera que el sillón odontológico queda un poco más lejano en el tiempo, tu comportamiento emula aquella serie armónica divergente cuyos términos van aproximándose a cero: 1 + ½ + 1/3 + ¼ + … Un lento pero infinito avance, la enfermera que no entiende de sutilezas matemáticas termina por darte un pequeño empujón que al fin hace que te sientes en la silla de la tortura.

   El doctor comienza una charla que tu no escuchas, estás atento al instrumental, te pide abrir la boca y te inyecta el liquido que adormece, sientes una perfecta dosificación de la sustancia que entra en tu cuerpo, es una computadora la que te está anestesiando, te dice, yo para eso no soy bueno; sonríe para si mismo mientras lo que quiso ser una broma solo te pone más nervioso.

   El ruido que hace el instrumento rotatorio cortante en tu boca se transmite más a tu cerebro por efecto de la vibración en tu estructura ósea que a través del oído, esa particular forma de escuchar siempre te ha sacado de quicio, sabes que tienes que estar tranquilo, pero los actos reflejos de tu cuerpo son autónomos, te descubres una y otra vez en plena tensión, desde tu espalda alta, tu espada baja, tus nalgas, tus piernas y pantorrillas hasta llegara tus pies, toda la cadena muscular posterior de tu cuerpo en tensión que hace que tu cadera se separe del asiento; cuando te encuentras así y te descubres, conscientemente tratas de relajarte, lográndolo solo por un instante ya que cuando te enfocas en controlar a tu lengua para que no se acerque al peligroso instrumento que corta, inmediatamente te tensionas de nuevo, te vuelves a relajar; estás en un juego de sube y baja que te parece interminable.

   El doctor está en lo suyo, después de cortar, toma una pinza especial, la introduce en tu boca y comienza a ejercer presión sobre ese molar que se aferra a tu cuerpo, empuja para un lado, luego para el otro, se presentan ruidos que solo tú puedes escuchar, la muela termina por romperse, ves como la saca en partes para depositarla en una charola, en todo el proceso una eficiente señorita ha asistido al médico con una manguera que absorbe todos los líquidos que segregas.

   Por fin, dice el doctor, mientras oprime fuertemente tu herida con un antibiótico y un coagulante que en su opinión te ayudarán a sanar. Logras relajarte, te limpias un par de lágrimas, es en ese momento te dice, muy bien joven, continuemos con la que sigue.

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