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Niños del hombre

Diana Miriam Alcántara Meléndez
Diana Miriam Alcántara Meléndez

La esperanza es más que un deseo vacío o al aire; se trata de un estado de ánimo optimista pero con fundamento, es decir, que debe ser alcanzable, no utópico. Puede ser, por tanto, motivador de movimientos a favor del cambio, o pieza clave en decisiones de vida. Porque es posible. Tener esperanza en algo significa hacer algo por alcanzarlo, luchar, recorrer ese camino para que se vuelva una realidad.

Niños del hombre (Reino Unido-EUA, 2006) es, entre otras cosas, una historia sobre esperanza. Dirigida por Alfonso Cuarón y coescrita junto a Timothy J. Sexton, David Arata, Mark Fergus y Hawk Ostby, basándose en el libro homónimo de la autora británica P. D. James, la película, nominada a tres premios Oscar (mejor cinematografía, edición y guión adaptado), está protagonizada por Clive Owen, Julianne Moore, Clare-Hope Ashitey, Michael Caine y Chiwetel Ejiofor.

La historia está ambientada en el año 2027, 18 años después de que el hombre se enfrenta al inicio de su extinción, porque desde entonces ningún bebé ha nacido en el mundo. Este conflicto, combinado con otros problemas sociales como el cambio climático, la hambruna o las guerras provocan el caos en la sociedad. Reino Unido se mantiene en un aparente orden establecido gracias a una forma de organización militarizada y controlada que toma medidas extremas para proveer una dinámica funcional, aunque esto implique, sobre todo, la negación de oportunidades a migrantes y otras personas que buscan una vida mejor.

En este escenario vive Theo, el protagonista, un antiguo activista que ahora trabaja para el gobierno. Un día lo visita Julian, su esposa, quien lidera a un grupo de militantes que pelean por la equidad, los derechos y justicia para los inmigrantes. Ella le pide a Theo ayuda para lograr pasar por las líneas fronterizas a Kee, una chica de origen africano quien, Theo aprende más tarde, está embarazada.

La película habla de distintos temas, que representa a través del escenario social de este mundo aparentemente futurista y distópico. Su panorama fatalista que representa trata más de una realidad cercana, palpable, que de un imposible. La gente en la historia enfrenta su destino porque sabe que la trascendencia del hombre ahora que su futuro es incierto es también cuestionada, porque si la persona más joven del mundo tiene 18 años, eso significa que el fin de la humanidad está cerca, sin un futuro por el que pelear y sin un ideal en el cual creer. El futuro previsible para la humanidad es que no tiene futuro. La preocupación sobre el objetivo de la existencia del ser es puesta sobre la mesa, y el posible, previsible fin de la humanidad, parece ser suficiente para reflexionar sobre los aciertos y errores del hombre que lo llevaron a tal desenlace.

Pero mucho antes de que esta problemática tomara centro para esta sociedad ficticia, ya había una serie de preocupaciones con paralelismos muy latentes en la actualidad: las disputas de poder entre naciones, los conflictos bélicos, la migración creciente, el cierre de fronteras, la militarización de la sociedades, el deterioro del planeta a manos del hombre por la producción industrializada y los escasos recursos naturales resultante de la sobreexplotación de la tierra, son algunos ejemplos. El mundo ya arrastraba sus propios problemas, sólo que eligió no reparar en ellos porque no eran su prioridad, porque parecía que la gente prefería que alguien más los solucionara, siempre y cuando su propio destino inmediato no se viera afectado. Y no es sino hasta ahora, cuando surge la amenaza de la extinción, cuando aquello por lo que peleaban parece no tener más sentido, es que intentan enmendar sus errores, lo que al parecer es ya demasiado tarde.

El caos se acrecienta una vez que la desesperanza se convierte en preocupación, en decepción, en tragedia, en amargura y en desdicha. Las medidas que se toman como respuesta, sin embargo, no se convierten en actos humanitarios y solidarios, sino en un instinto de supervivencia llevado al extremo. La gente no pelea por mejorar el mundo y la calidad de vida de la gente, no pretenden ser solidarios, sino que eligen aprovecharse de la situación a su favor y como sea posible para ellos tener el mejor presente posible, vivir no bien, sino sobrevivir en las mejores condiciones sin importar el otro, incluso si es a expensa de esos otros con quienes convive, como el policía que esconde a Theo y compañía en su camión para entrar a un campo de detención, para después traicionarlos e intentar cobrar la recompensa por su arresto, o el lugarteniente de Julian, quien contraviene las indicaciones que se le dan porque es partidario de la rebelión armada y pretende constituirse en la cabeza del movimiento.

Esta situación social de conflicto en medio de la deshonestidad provoca más rebeliones, más injusticias, derechos humanos pisoteados y sociedades en decadencia, debido no sólo a un estado de control, represión y odio, sino también de desánimo, desaliento y pesimismo. ¿Qué necesita la gente para responder ante la represión y levantarse de este estado de abatimiento? No sólo un incentivo, sino un motivo por el cual pelear, un futuro que anhelar y un deseo de vivir.

Eso es lo que representa Kee; el problema es que muchos la miran más como un estandarte con fines políticos, o un recurso para influir y empujar la balanza a su favor, que como un ser vivo que tiene se propio derecho a vivir. Julian es traicionada por sus compañeros porque para ellos Kee, como inmigrante, puede convertirse en la prueba fehaciente de que los inmigrantes son más que la forma tan denigrante como son vistos por el resto de la sociedad. El problema no es entonces lo que la chica embarazada puede representar, sino la forma como su imagen se pretende explotar.

La situación que desdibuja su plan es más bien una bofetada con guante blanco, justicia en venganza, ironía restregada, el tener que depositar una promesa de vida en una persona que pertenece a las minorías, a un grupo repudiando por las personas que aún tienen los recursos para vivir en condiciones cómodas, una casa, un empleo, alimento y servicios básicos.

Kee por su parte está decidida a no convertirse en un objeto ni ser propiedad de nadie. Ella y su hijo pueden ser un símbolo de optimismo, pero no dejan de ser seres humanos, con independencia, pensamientos propios, deseos y temores, como el resto de las personas que habitan el planeta. Ella sólo quiere vivir y encontrar su camino hasta un refugio seguro; las personas a su alrededor sin embargo no se fijan en esto, por el contrario, dan un valor personal a la situación según lo que quieren ver, la respuesta a sus plegarias, un milagro, un cambio, una señal o una nueva esperanza. Y la esperanza los hace pelear, lo importante es saber qué es aquello que están dispuestos a defender.

El miedo de todos es más que perder a Kee o al hijo que espera; el peor escenario que imaginan es que el bebé sea utilizado como un material promocional o de investigación, que el gobierno se lo lleve y oculte la realidad de su origen; una madre inmigrante a quien científicos al servicio del estado la conviertan en objeto de investigación y que en otras condiciones no recibiría asistencia médica; o que la gente caiga en el fanatismo y la venere e idolatre, algo que le pasó a la persona más joven que vivía y quien fue asesinada por un fanático cuando este chico se negó a darle un autógrafo.

El bebé no es la respuesta porque la infertilidad no es el verdadero problema de fondo, sino, si acaso, la consecuencia de las fallas de la sociedad. ¿O el castigo o el curso natural de la evolución humana? Al final del relato, cuando Kee, Theo y el bebé están a punto de llegar al mar, donde tomarán un barco que los lleve hasta un grupo de personas que pueden ayudarla a sobrevivir, y a su vez, ayudarse en la búsqueda de respuestas a la infertilidad, la gente se detiene a observarlos, sorprendidos de la existencia de algo que puedan llamar esperanza. Y entonces le ponen pausa a su guerra, a los enfrentamientos entre policías y migrantes que en ese momento se llevan a cabo. La gente se maravilla con la existencia de un bebé, pero su mera presencia no lo cambia todo en un instante, como la demuestra la película. La gente mira sorprendida, pero en cuanto el niño está lo suficientemente lejos de su vista, las personas continúan con su enfrentamiento lleno de violencia.

Algunos buscan redención, con el anhelo de que ello pueda propiciar o contribuir al cambio. Otros sólo buscan sobrevivir, más preocupados por su propio egocentrismo que por la propia perspectiva de un mundo diferente. Otros más son sólo instrumento de las fuerzas en pugna, milicianos, policías, militares. En la historia la gente que cree que, en lugar de vivir a expensas de otros, hay que intentar resolver la situación, suelen ser personas que están dispuestas a sacrificar algo, a creer en algo y a ser independientes de los idealismos y fanatismos, políticos, sociales o religiosos. Por ejemplo, Theo y Julian no responden a las reglas establecidas, no porque sean necesariamente personas rebeldes o anarquistas, sino porque saben que vivir bajo reglamentos autoritarios, antidemocráticos, deshonestos, de injusticia e inequidad, los hace tan malos como las personas que los imponen.

¿De qué sirve la esperanza si la gente no sabe qué hacer con ella, o respecto a ella? Es como si hubiera que tener esperanza en la esperanza misma para hacerla valer. Porque cuando la película representa la forma como la migración se convierte en un escenario de crueldad humana, un acto que no se da cuenta que la diversidad e integración es necesaria para el desarrollo y la evolución, la historia pide del espectador más que un anhelo optimista para su solución, sino abrir un debate en torno a la complejidad de la situación, para propiciar con ello que las cosas sean diferentes y la posibilidad de una transformación social no sea, nunca más, algo pasajero.

En la película, aunque también en el mundo real, la gente se convierte y se suma a la violencia porque las autoridades han propiciado ese sentir de inseguridad y miedo, donde no sólo existe el temor al cambio, sino el temor al inmigrante, al refugiado, al diferente, al que propone nuevas formas de pensamiento o propone iniciativas para resolver situaciones.

No se puede renacer si no se ha muerto primero; en el sentido no religioso, sino metafórico. Entender por qué, de pronto, la gente es estéril, literal pero también alegóricamente hablando (que el hombre sea incapaz de producir algo, ideas, propuestas o soluciones), así también la forma como inesperadamente una mujer puede volver a quedar embarazada; no es una pregunta con una sola respuesta, porque la vida tampoco tiene una sola explicación, entendimiento o abstracción, independientemente de lo que se trate. Se debe entender que las causas pueden ser múltiples y que la acción consciente del hombre puede ayudar a formular las respuestas correctas.

Un mundo que para algunos puede parecer irreal y distante, para otros se trata de una realidad presente y angustiante. Soñar abre paso a las reflexiones, convirtiéndose en un motor que promueve la creatividad, la inventiva y la iniciativa, pero lo que realmente necesita el mundo son acciones, no se trata sólo de creer que la meta es alcanzable, sino hacer algo porque su viabilidad sea el primer paso para cumplir el objetivo. Finalmente la esperanza es un anhelo, una aspiración, pero lo útil es aterrizarlo en la realidad, con soluciones y argumentos conclusivos, no ilusorios.

Ficha técnica: Children of Men - Niños del Hombre

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