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Impresionismo

Diana Miriam Alcántara Meléndez

El impresionismo es un movimiento surgido en el siglo XIX en Europa, principalmente en Francia; estuvo caracterizado por representar de manera más libre la vida cotidiana. Su mayor expositor dentro del arte fue la pintura, cuyos representantes buscaban captar en cada trazo, además de la vida de manera espontánea, la luz natural, tanto en sus efectos como en los movimientos de ella sobre los objetos, sobre los espacios, sobre las personas.

Además de la pintura, el impresionismo también tuvo una gran influencia en la música y en la literatura, además del cine. Siguiendo con los parámetros propios de la corriente artística, el cine impresionista buscaba interiorizar las historias e interpretar el entorno, es decir, adentrarse en la vida de los personajes a fin de exponer con mayor franqueza el sentir de las personas respecto a su medio ambiente.

Los impresionistas defendían a la cinematografía como medio de expresión y representación de sentimientos; comparándola con otras artes como la poesía, los representantes de esa época creían que la cinematografía debía dejar de lado los modelos establecidos por el teatro para buscar una estructura propia, acorde con el potencial comunicativo y artístico con el que el cine contaba.

El ritmo de este arte obedecía mucho a las reglas expuestas sobre todo en la pintura. Por ejemplo los trazos y las imágenes. El cine era muy específico en lo relacionado a simbolismos que alimentaran la exposición de los sentimientos de los personajes, así como el montaje de escenas y sonidos que eran muy característicos de esta corriente, siempre realizados con un toque muy apegado al ritmo de la música de la época, o a las siluetas y contrastes blanco/negro en la imagen captada por la cámara.

Por una parte cada imagen era trabajada como se hiciera con una imagen fija, tal como lo hacía la pintura; por otro lado las escenas eran editadas en armonía con el ritmo sonoro/musical que acompañara a la imagen. El uso de la cámara misma fue distintivo en esta corriente, los efectos fílmicos como las transiciones, el enfoque o desenfoque de imágenes, e incluso la posición de los objetos frente a la cámara, así como los encuadres de los mismos.

En efecto, los detalles visuales fueron uno de los aspectos más importantes del impresionismo. El cine representativo de esta corriente siempre puso especial atención en el movimiento de las imágenes, cual si fuera un lienzo en movimiento, tanto en colores como en el efecto de la luz, pero también en el efecto real y sentimental que tiene; por ejemplo, una hoja cayendo desde un árbol o el viento moviendo los sembradíos de los campos. La estética y dinámica visual tenían como objetivo evocar el trabajo de los pintores impresionistas, entre los que se encontraban Monet, Renoir, Degas, Manet o Cézanne.

La llegada del cine sonoro llevó al fin del impresionismo cinematográfico, en esencia porque los cineastas se vieron forzados a abandonar sus experimentos y ensayos con la cámara ante la llegada del nuevo instrumento que limitaba su representación visual y que, además, daba un nuevo giro al arte de la cinematografía.

Cineastas pertenecientes a la corriente impresionista: Louis Delluc, Jean Epstein, Abel Gance, Marcel L'Herbier, Germaine Dulac. Películas del cine impresionista: J’acusa (1919), La Roue (1922), El dorado (1921), La señora sonriente Baudit (1922), Fidèle de Coeur (1923), Nana (1926), Seises et onze del demi (1927), La caída de la casa de Usher (1928); Une partie de champagne (1936), Le déjeuner sur l’herbe (1959).

El impresionismo en síntesis fue un movimiento, en su momento de vanguardia, que permitía experimentar con la fotografía, las luces, los movimientos o congelación de imágenes, contribuyendo a mezclar fantasía, imaginación y realidad, dando un impulso creativo al arte cinematográfico, aún presente en las películas de la actualidad y en el proceso creativo de las mismas.

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