CONTRALUZ

Columnas Social MARÍA DEL CARMEN MAQUEO GARZA

En estos días, entre que celebramos el Día del Niño y llega el Día de la Madre, echamos una mirada a nuestra propia infancia. Son fechas que nos conceden permiso para recrear ese niño interior que traemos más o menos replegado dentro.

En mis años de infancia las familias eran grandes. De 5 hasta 7 hijos en promedio. También había casos extremos, como el de la señorita Julia, quien tenía 23 hermanos. No quiero imaginar preparar tantos desayunos, comidas y cenas; pares de zapatos, cambios de ropa, y otro tanto de útiles escolares. Aunque se optimizaba la economía familiar y los "gallitos" de ropa y útiles escolares pasaban del hermano mayor al menor y luego al siguiente, hasta que terminaban por desintegrarse. Gonzalo Celorio, en su obra biográfica "Los apóstatas" relata que, a tal grado era la costumbre de intercambiar prendas entre hermanos, que, en una ocasión, para un documento oficial que él requería con urgencia, su mamá no encontró fotografía suya, y utilizó una de su hermano.

La vida era más simple. La enfermedad o la muerte de los pequeños se abordaba con estoicismo: "Fue la voluntad del Señor". Dentro de un pequeño ataúd de madera, preciosamente forrado con tafeta blanca, haciendo pliegues que convergían en una estampa del ángel de la guarda en la parte superior, la familia iba a depositar los restos de ese bebé que probablemente iría a acompañar a su última morada a uno o dos hermanitos más. Grosso modo, en esos tiempos, uno de cada 5 niños moría antes de cumplir los 5 años.

Las costumbres familiares eran muy variadas; nalgadas y gritos constituían medidas correctivas en muchos hogares, y buena parte de los problemas que ocurrían dentro de casa ahí se quedaban. Hasta el más tremendo de los hijos terminaba por someterse a la ley paterna. En la medida en que ha avanzado la pedagogía hemos aprendido a atender de otra manera a los pequeños lo que (al menos en teoría) debería de estar produciendo resultados más satisfactorios. El índice de natalidad ha disminuido de manera drástica, hasta el punto de que en algunos países la pirámide poblacional se ha invertido, mas no necesariamente la calidad de vida ha aumentado. Simplemente, los problemas son distintos.

Una de las imágenes que vienen a mi mente cuando pienso en infancia, es la de un carrusel o tiovivo, ese juego de feria de pueblo que da vueltas mientras las figuras metálicas de caballos, elefantes y gansos suben y bajan, para goce de sus paseantes. Este mecanismo simboliza los pequeños actos de violencia doméstica que ocurren en casa y que dañan a los niños. A la distancia todo parece lindo, hay música y las luces del tiovivo destacan contra el gris del atardecer. Cada hijo ocupa su lugar dentro del círculo y parece feliz. Lo que no vemos a la lejanía es que cada vez que el niño pasa por un punto determinado, resulta lastimado. La lesión es leve pero repetitiva, una y otra vez, y el niño no tiene manera de escaparse del daño. No por falta de imaginación, simplemente porque él piensa que así son las cosas en todas las familias, y no pasa por su mente que puedan ser de otra manera.

Diversas autobiografías que he leído en esta pandemia me llevan a visualizar una especie de radiografía: Familias de clase media, el papá trabaja, la mamá tiene la casa impecable y la comida lista; todos cumplen los domingos con ir a la iglesia y pasear juntos. Los vemos encajar muy bien dentro de la sociedad, pero es sólo desde la experiencia de quien escribe, como se descubre la realidad dentro del hogar. No son agresiones graves o con dolo; sino leves y cotidianas, que llegan a condicionar un acostumbramiento perverso y que a la larga provocan lesiones permanentes.

En estas fechas habría que recordar entonces, que a un niño se le disciplina, no se le agrede. Se le enseña, no se le exige lo que no está en condiciones de cumplir. Se le acepta siempre, aun cuando su conducta deba ser corregida.

Un niño está en su derecho de explorar; la curiosidad es parte del descubrimiento de su entorno. No queramos hacer de él una marioneta. Él no pidió venir al mundo, nosotros lo trajimos.

El niño, por su propia condición es egocéntrico. Habrá pues que enseñarle que no es el ombligo del mundo, que hay que compartir y desarrollar el goce de hacerlo.

Fundamental: Aleccionarlo en la tercera ley de Newton: Que comprenda que a toda acción corresponde una reacción de igual intensidad y dirección, pero de sentido contrario. Que aprenda que si siembra cacahuates no va a cosechar manzanas. Y que en el mundo las cosas se ganan con trabajo.

Concedamos al niño la libertad para conocer el mundo y para conocerse. Aplaudamos su disfrute con cada paso que da y cada escalón que sube. Celebremos la fortuna de tener este gran maestro en nuestra vida.

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