La inevitable derrota

EDITORIAL ÉDGAR SALINAS

La gravedad de la pandemia en México puede corroborarse si se enlistan algunos indicadores, por ejemplo, las más de 130 mil personas fallecidas, según los registros oficiales o la dramática saturación de hospitales en múltiples localidades del país (muy señaladamente en la Ciudad de México, termómetro final para calificar cualquier dificultad profunda que ocurra en el territorio nacional dado el tamaño y exposición de lo que allí ocurre).

Sin embargo, son tan grandes esos números -y tan fríos si solo se enuncian así- que pudieran no dar idea significativa de lo que está ocurriendo, y en lugar de calar hondo en las entrañas provocan una lectura distante pese a las inferencias de gravedad desprendidas por ellas. Eso tienen las cifras monstruosas, son tan grandes que no hay referentes inmediatos para aquilatar su significado. Nos ocurrió una experiencia semejante en la Comarca con las cifras de la violencia criminal. Hubo un tiempo en que leíamos azorados la cantidad de homicidios ocurridos en la frontera o en otras entidades, cifras que alarmaban, pero no calaban porque estaban lejos. Hasta que comenzamos a escuchar tiroteos en nuestras calles, a ver cerrados los negocios que frecuentábamos, a no poder salir de noche, a leer el nombre de nuestras ciudades en los titulares de los periódicos que reportaban lo peor de la violencia en el país, a enterarnos de que una persona conocida había sido secuestrada, asesinada, extorsionada.

Por eso, a nivel de las emociones, de los dolores en las entrañas, 133 mil fallecidos por la pandemia nos dicen menos que una sola persona amada o conocida fallecida por COVID-19. Cuando esto último ocurre, aquilatamos la gravedad, el dolor y la impotencia frente a este virus. Solo desde la experiencia cercana se alcanza a vislumbrar, ahora sí, en toda su trágica dimensión, lo que significa 133 mil o 200 mil. Cuando es un familiar quien no pudo ser recibido en ningún hospital sabemos desde el dolor lo que significa saturación hospitalaria. Cuando no pudimos conseguir proveedores para suministrar 5 litros más de oxígeno a ese familiar, sabemos desde el dolor lo que significa desabasto de oxígeno. Cuando en el hospital público nos piden comprar medicamentos sabemos desde el dolor lo que significa un sistema de salud rebasado.

En este entorno, adicionado con la pésima noticia de la detección de un caso - sabemos lo que significa "un caso" en México- de la variante del virus en el norte del país, cuya capacidad de propagación al parecer es mucho mayor, aunque menor letalidad, y del tardo proceso de vacunación caracterizado por un ritmo debajo de la meta inicial para el primer bimestre, llegó a mis manos "La peor parte: memorias de amor", el más reciente libro de Fernando Savater. Se trata de un libro en el que Savater desnuda su corazón y comparte lo que ha significado la pérdida de su amada compañera de vida. No se trata, pese al tema, de un escrito fúnebre sino un texto que desborda agradecimiento, amor y un llamado radiante a favor de la vida. Lo dice mejor el autor: "Nunca he querido escribir más que para reforzar el deseo de vivir de mis lectores. Darles ánimo no para el arrogante triunfo sino para mantener la elegancia, el compañerismo y el humor en la inevitable derrota."

Esas dos últimas palabras me sacudieron de modo especial. Vivimos sabiendo que participamos en un juego que inevitablemente perderemos. Pero ese conocimiento, otra vez, no nos sacude hasta que nos ocurre, y la muerte que nos ocurre no es la propia- de la que nunca nos damos cuenta- sino la de otras personas. Y es precisamente la partida de quien amamos la que más nos duele, y nos hace caer, como dice Savater, en el océano de la desgracia.

Pero si el marcador final es la inevitable derrota se abre ante nuestra mirada la oportunidad de cruzar el océano no con triunfalismos evasivos, pero sí con la elegancia de quien acepta el regalo de la vida y la hace fructificar; y frente a la egolatría posible y la soberbia al alcance, opta por la vía del compañerismo, la solidaridad entre quienes juegan en el mismo equipo. La crisis que atravesamos, y un saber desde el dolor nos lo corrobora, es de verdad una gran oportunidad para volver a la vida y reorientar las prioridades del día a día desde el entorno inmediato, la experiencia más cercana y la gente que nos rodea.

@EdgarSalinasU
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