Peligro en el Cáucaso

EDITORIAL ARTURO SARUKHÁN

En las relaciones internacionales, el poder aborrece el vacío. Hoy, la ausencia de liderazgo estadounidense y una Europa consumida por debates internos han dejado espacio para que Turquía busque, un siglo después del colapso del imperio otomano, ejercitar su musculatura en busca de dominar el siempre volátil norte de África y Oriente Medio. La Turquía crecientemente autoritaria de Recep Tayyip Erdogan quiere proyectarse de manera agresiva y expansionista como una potencia emergente al este del Mediterráneo. Esto ya ha provocado enfrentamientos con Egipto, así como el pulso marítimo en curso con Grecia; fuerzas turcas luchando en Libia, el norte de Irak y Siria; y el establecimiento de bases militares en Qatar, Somalia e Irak. Como un Juego de Tronos con tintes religiosos, Erdogan está peleándole a Arabia Saudita el liderazgo suní en el mundo islámico; ello explica, entre otras cosas, la reconversión de la emblemática Hagia Sofía, en Estambul, de museo a mezquita.


Y el nacionalismo turco -ahora con un líder agresivo, religioso e inventivo- siempre conlleva consecuencias, y la situación en la región podría salirse de control rápidamente. Hay pocos lugares más combustibles para un potencial papel turco que el Cáucaso y la delicada situación que tiene enfrentadas a Armenia y Azerbaiyán en torno a la autoproclamada república de Artzakh, en el territorio de Nagorno-Karabaj. Los dos vecinos viven enemistados desde 1988, cuando este enclave, poblado en su mayoría por armenios y con apoyo del Gobierno de Armenia, decidió independizarse de la entonces república soviética de Azerbaiyán. El Gobierno azerí perdió el control sobre Nagorno-Karabaj y siete distritos adyacentes tras una escalada de hostilidades entre 1992 y 1994 que causó unos 25 mil muertos y cientos de miles de desplazados. En 1994, Ereván y Bakú negociaron un alto el fuego y encauzaron una resolución al conflicto en el marco de diálogo del Grupo de Minsk (encabezado por Rusia, EUA y Francia), pero desde entonces se han replicado incidentes así como una reciente escalada de las hostilidades este julio pasado entre ambos vecinos, las más graves desde 2016, causando al menos 16 muertos.

Con el vandalismo diplomático de Trump, una Europa ensimismada y Turquía buscando consolidarse como potencia hegemónica, estos últimos enfrentamientos podrían desencadenar una nueva dinámica geopolítica regional peligrosa: una escalada mutua entre vecinos, intercambio de fuego de armas pesadas cerca de infraestructura energética y corredores de transporte estratégicos y la falta de un mecanismo de mediación internacional adecuado y con dientes. Si bien ni Armenia ni Azerbaiyán podrían sostener una guerra a gran escala, incluso un conflicto armado más limitado podría dinamitar activos estratégicos de los que dependen la OTAN y la UE y que hoy están en tensión por el impasse diplomático entre Grecia y Turquía en las aguas del Mediterráneo oriental. Los únicos beneficiarios serían Turquía, Rusia, Irán y quizá China y su Iniciativa de la Franja y la Ruta. Ante el vacío diplomático europeo y estadounidense, es imperativo que ambos vecinos usen el choque de julio para destensar la relación y reactivar canales de comunicación bilaterales, buscando que el diálogo le gane a la retórica y que la paz y seguridad de la zona prevalezcan por encima del juego de ajedrez de potencias -y pretendientes a potencia- regionales.

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