Los desastres y las crisis

EDITORIAL JORGE ALVAREZ FUENTES

Con frecuencia los desastres naturales y los estallidos sociales son vistos por la opinión pública o presentados en los medios de comunicación como noticias o acontecimientos trágicos, como hechos aislados con impactos funestos, como sucesos negativos inevitables, terriblemente destructivos, como adversidades sobre todo para las poblaciones más vulnerables, los cuales parecen estar ligados por meras circunstancias a las crisis ambientales, económicas o a las situaciones de conflicto y de lucha por el poder político, incluidas las catástrofes ocasionadas por las guerras. Se asume o se da por sentado, de manera falaz, que los distintos desastres naturales y las convulsiones sociales ocurren en forma natural, cíclica, casi como si fueran una suerte de venganza de la naturaleza ante la destructiva acción humana. Se insiste en que tienen lugar por causas propias, privativas, desvinculadas de otros procesos humanos, por lo que son observados y explicados como acontecimientos separados, inconexas.


Desde las recientes explosiones en Beirut (antecedidas el año pasado por incendios y protestas populares masivas) que provocaron un golpazo a las ya de por sí muy deterioradas condiciones de vida y sobrevivencia de la población libanesa, harta de la aguda ingobernabilidad en la que se encuentra sumido el país desde hace tiempo; los graves incendios en varias regiones de los Estados Unidos, empezando por California, en medio de la tensa convivencia racial, el fatal e irresponsable manejo de la pandemia del coronavirus por parte de la administración Trump, volcado en dinamitar el rijoso proceso electoral; la trágica y acaso conveniente destrucción del campo de refugiados de Moria en la isla de Lesbos, en Grecia, a causa de un incendio; las últimas inundaciones registradas en Sudán que han venido a sumarse a una larga cadena de emergencias y desgracias, desde las atrocidades genocidas del régimen de Omar el Bashir en Darfur hasta su inesperada caída, pasando por la previa separación e independencia de Sudán del Sur, y la catastrófica guerra intestina que en poco tiempo parece estar arrasado con las esperanzas de futuro del más joven de los Estados miembros de las Naciones Unidas; los recurrentes incendios, huracanes, ciclones, tormentas tropicales, las sequías en Norte y Centroamérica, la aguda escasez y las disputas por la distribución del agua y las confrontaciones por el acceso a los recursos transfronterizos, todas, generalmente suelen ser presentadas como casualidades, como si acaso estuvieran desligadas u ocurrieran estando por completo separadas de la prolongada confluencia de las múltiples crisis climática, política, económica, de seguridad y sanitaria, que con todas sus notorias diferencias, se viven tanto en el Levante, como en el sur y oeste de la Unión Americana y en los extensos estados fronterizos del norte de México, como Chihuahua, en el corredor seco del Istmo centroamericano, en el Mediterráneo oriental o en el noreste del África, en relación con la tensa disputa por el caudal y la gestión internacional de la cuenca del Nilo.

Por el contrario, los cada vez más frecuentes desastres naturales y las explosiones sociales están íntimamente vinculadas, concatenadas, relacionadas intrínsecamente con la evolución y agravamiento de numerosos escenarios de crisis. Los desastres naturales y humanos no son pues casualidades, son los efectos devastadores que sobrevienen a consecuencia de un conjunto de las acciones humanas, no habiendo una causalidad directa, simple o lineal con las múltiples crisis que asolan hoy al mundo. En un reciente informe, el Instituto para la Economía y la Paz, insiste en que hay cada vez más países que enfrentan riesgos mayores debido a las amenazas ecológicas, causados por siete fenómenos: crecimiento poblacional, escasez de agua, inseguridad alimentaria, sequías, inundaciones, ciclones y el aumento constante de la temperatura y el nivel del mar.

México, junto con otros países, está particularmente expuesto a las amenazas que se derivan de la extracción incontenible del agua y poniendo en riesgo el suministro renovable, la constante descarga y el agotamiento de los acuíferos, la mayor frecuencia y fuerza de los ciclones que afectan a la población a través de fuertes vientos que provocan marejadas ciclónicas, con lluvias torrenciales e inundaciones fluviales. Somos un país particularmente vulnerable a los temblores al encontrarnos dentro del llamado anillo de fuego del Pacifico. México está entre las 10 naciones más afectadas por los desastres climáticos. Entre 1990 y 2019 se han registrado 161 incidentes graves, 3 provocados por incendios, 5 por periodos largos de sequía, 2 por temblores de tierra, 14 causados por temperaturas extremas, 52 por inundaciones y 87 por tormentas.

El mencionado informe, no deja lugar a dudas, las amenazas ecológicas y la emergencia climática plantean los mayores desafíos para la sustentabilidad y la paz mundial. Durante los próximos 30 años va a aumentar la falta de acceso al agua y a los alimentos, si los gobiernos no cooperan con urgencia que reclama el estado del mundo. Si no hay acciones prontas y eficaces, los disturbios, las protestas populares, las crisis humanitarias y los conflictos políticos, sociales, las guerras y los enfrentamientos militares, con toda certeza, se van a incrementar. La pandemia del COVID-19 está poniendo al descubierto las mayores vulnerabilidades en regiones como América Latina y el Caribe, el Cuerno de África y el Sahel y la inmensa franja de Asia Central y Medio Oriente. Es ahora cuando la humanidad entera debe comprender la naturaleza y alcance de los desastres y las crisis, para asumir su estrecha correlación. De no hacerlo, la vida sobre el planeta tierra está en peligro.

@JAlvarezFuentes

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