Vacuna COVID: México y Rusia

EDITORIAL ARNOLDO KRAUS

Como médico y epidemiólogo graduado en Johns Hopkins, López-Gatell conoce el difícil camino a seguir para elaborar una vacuna. Las vacunas son productos médicos maravillosos, no artilugios políticos.


El 9 de septiembre, la prensa informó: "Landsteiner Scientific, empresa cien por ciento mexicana, confirmó el acuerdo de cooperación con el Fondo e Inversión Directa de Rusia para un potencial acceso a 32 millones de vacunas para su distribución en México, 'en caso de resultar exitosos los estudios fase III de la vacuna Sputnik V'". El comentario del laboratorio sorprende: Putin anunció hace pocos días la aprobación de la vacuna e incluso publicitó que se la había aplicado a su hija. Si aún la vacuna no ha superado la fase III, ¿por qué no se deslinda el gobierno mexicano de su probable uso en la población?

Elaborar una vacuna es un proceso complejo. Su aprobación tarda "mucho tiempo" y la mayoría de las veces involucra a empresas privadas y gobiernos. Sucintamente, antes de la aprobación, las pruebas deben primero someterse a etapas preclínicas las cuales se llevan a cabo en laboratorios por medio de cultivos de tejidos o de células vivas, así como pruebas en animales para evaluar la seguridad de la vacuna y la capacidad de provocar una respuesta inmunológica. De ahí sigue la fase I, la cual involucra estudios clínicos con humanos. La vacuna se aplica a pequeños grupos, usualmente 80 personas, y la finalidad primordial es su seguridad. De ser satisfactoria la respuesta se sigue a la fase II que incluye a personas sanas y algunas proclives a contraer la enfermedad. Por último se llega a la fase III. En esta etapa se incluyen decenas de miles de enfermos de diversos países; las pruebas son aleatorias y a doble ciego, es decir, a unos candidatos se les aplica la vacuna y a otros placebos -sustancias inertes, como agua salina- con el fin de comparar el desarrollo de anticuerpos contra el virus. En esta fase, la cual en ocasiones incluye hasta 60 mil personas, se estudian, en caso de haberlos, efectos adversos tal y como ocurrió hace días en Oxford, cuyos investigadores trabajaban en conjunto con Astra Zeneca para crear una vacuna; durante la fase III un enfermo desarrolló mielitis transversa.

Trump y Putin tienen semejanzas, la principal es su afán desmedido y enfermo por el poder. El dueño de EUA aseguró que la vacuna estará disponible este año, quizás antes de noviembre 3, día de las elecciones. Mientras tanto, Putin, con su astucia kgbiana (de KGB) ya inyectó a su hija.

El doctor López-Gatell ha leído, además de a Gramsci, tal y como lo señaló cuando habló de la selección de futbol y sus fracasos haciendo un parangón, sotto voce, con los sucesos actuales en México, la revista The Lancet, espacio indispensable en la vida de médica. The Lancet se publica cada semana, desde 1823, en el Reino Unido y es una de las revistas más citadas en el mundo médico.

En septiembre 4, The Lancet dedicó dos páginas a la vacuna rusa, The Russian vaccine for COVID-19 (La vacuna rusa para COVID-19). Comparto unas líneas: "En agosto 11, Putin anunció el éxito y la aprobación de la vacuna... cuando se aprobó no se había iniciado la fase III sin siquiera haber publicado resultados previos… hay razones para pensar que la vacuna se aprobó por razones de nacionalismo… si Sputnik V no es eficaz o produce efectos colaterales durante la fase III podría afectar la percepción del público sobre la vacuna, e incluso, si no funciona podría agravar la pandemia… no se debería aplicar hasta que se determine si genera una respuesta inmunológica protectora".

The Lancet no miente. La vacuna rusa aún no ha superado la fase III. Falta "mucho" para cerrar la investigación. Aunque López-Gatell ha señalado que el gobierno mexicano nada tiene qué ver con la empresa Landsteiner Scientific, debería, a la vez, comentar acerca de la inviabilidad de la vacuna y oponerse públicamente a su probable uso hasta terminar la fase III.

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