Contra el virus, la razón

EDITORIAL CARLOS M. URZÚA

El último día del año 2019 llegó un reporte a la Organización Mundial de la Salud (OMS), basada en Ginebra (Suiza), acerca de un caso muy grave de neumonía sobre la que, por más que se le investigaba, no se tenía certidumbre acerca de sus causas. Ese aviso provenía de Wuhan, la ciudad más poblada en la zona central de China. Fue en ese momento cuando la OMS supuso la existencia de un posible nuevo virus, conocido hoy como COVID-19, que podría poner eventualmente en jaque a los seres humanos. Y esto, para desgracia de la humanidad entera, fue lo que acabó pasando.


No faltan ya los políticos que tratan de convencer a sus seguidores acerca de que con actividades religiosas se puede detener al nuevo coronavirus. Eso es una sinrazón. El virus, nos dicen los expertos, puede combatirse eficazmente con higiene, guardando suficiente distancia, usando un poco el sentido común y, llegado el caso, con aislamiento. Para entender lo anterior bien vale la pena ver, durante una veintena de minutos, el magistral y ya muy popular video del Dr. Miroli, médico especialista en inmunología de Tucumán, Argentina. Está en YouTube y se titula Coronavirus, Consejos del Dr. Alfredo Miroli.

Por otro lado, como se ilustra con el siguiente acontecimiento, las creencias religiosas no deberían jugar, en absoluto, papel alguno en asuntos de salud pública. Para empezar la historia, resulta que durante la última semana ya China pudo controlar la epidemia en su territorio. Los países pequeños de la zona asiática, como Taiwán, Hong Kong y Singapur, siempre la han tenido bajo control y los más grandes como, ni más ni menos, Japón, han tenido parcialmente bajo control la epidemia al lograr que sus contagios crezcan de manera lineal y no exponencial (cuya progresión diaria sería, para darnos una idea, mayor a la progresión geométrica de 1, 2, 4, 8, 16, 32, 64, 128, etcétera).

Pero algo ocurrió en otro país asiático que no se ajustó a lo sucedido en los países anteriores. Fue durante la epidemia en Corea del Sur, cuya intensidad resultó ser mucho más virulenta, porcentualmente, que en China, Japón y el resto de Asia. La epidemia coreana tuvo como origen Daegu, una ciudad de 2.5 millones de habitantes en el sureste de Corea del Sur. Para más detalles, la tragedia parece haber comenzado después de que una mujer de 61 años empezara a tener fiebre el 10 de febrero pasado, y rechazara, por dos ocasiones, hacerse la prueba del coronavirus alegando que no había estado en China.

A pesar de sentirse mal, esa persona siguió asistiendo a las ceremonias de la llamada "Iglesia de Jesús del Templo del Tabernáculo del Testimonio" (o algo así). Esa secta sostiene que su líder espiritual, el octogenario Lee Man-Hee, llevará pronto al Paraíso a 144,000 personas antes de que ocurra el día del Juicio Final. De acuerdo con la prensa internacional, muchas personas de la secta se encontraron con esa mujer durante las ceremonias y desde entonces se ha confirmado la infección de otros 42 asistentes a esos eventos.

Tras ese brote, el número de casos de COVID-19 confirmados en Corea del Sur se elevó dramáticamente de una semana a la otra, lo que situó a esa nación como el país con más casos registrados después de China. El alcalde de Daegu, Kwon Young-Jin, calificó esa erupción de coronavirus como una "crisis sin precedentes" y conminó a sus ciudadanos a no salir de sus casas. La situación era, describió un habitante de Daegu a la prensa internacional, "como si alguien hubiera lanzado una bomba en medio de la ciudad... Parece un apocalipsis zombi".

Por fortuna, Corea del Sur, un país conocido por su tesón y unidad, poco a poco se ha ido recuperando, tras resultar efectivas las políticas públicas (y científicas) de contención de la epidemia.

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