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Urbana

Una apasionante incógnita

Hace 56 años Óscar Galindo quedó fascinado por la lucha libre y sus máscaras, y hoy es el coleccionista número uno de México y posiblemente del mundo entero

Por: Genesis Prezas
martes 09 de abril 2013, actualizada 11:33 am

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Todos tenemos algún recuerdo entrañable de nuestra niñez. Un viaje, una mascota, un amigo, un programa de televisión. La Lucha Libre es quizá para Óscar Galindo Villareal el recuerdo más impactante que marcó de una forma definitiva el rumbo de su vida. “Fue el 14 de abril de 1957. Ese día luchaban Blue Demon y Joe Marín contra El Espectro de Ultratumba y El Verdugo. Antes de la lucha estelar, las luces de la Arena se apagaron. Cuando la luz regresó había un féretro en medio del ring. Un hombre vestido de frac subió al cuadrilátero y abrió el ataúd para darle de beber un “elixir” que regresó a la vida a El Espectro de Ultratumba”.

Óscar tenía apenas seis años cuando vio por primera vez un espectáculo de Lucha Libre. Dos días después de haber conocido aquel mundo de guerreros enmascarados corrió hasta la Casa Colonial donde se hospedaban los luchadores durante sus caravanas por Torreón, Gómez Palacio, Durango, Parral y San Pedro. “Corrí hasta el patio y fue cuando me encontré con Blue Demon. Estaba lavando su máscara y sus mallas.” Esa fue la primera máscara con la que inició su colección. Hoy suman 1,158, cifra que convierte a Óscar Galindo Villareal en el coleccionista número uno de México y posiblemente del mundo entero. “Todas han sido regaladas. Si las comprara posiblemente tuviera más de 10,000”.

Una apasionante incógnita. Así define Óscar Galindo a este elemento tan particular en la indumentaria de los luchadores. No es de extrañarse que 56 años después de que este inquieto coleccionista iniciara con su odisea, las arenas sigan atiborrándose de enmascarados que han optado por recubrir su rostro con una nueva identidad. “Su máscara es como su vida misma. Es parte de su piel. Cuando la usan se convierten en otra persona. A través de ella sienten el misticismo de su personaje, adoptan sus poderes. Por esta razón, perder su máscara significa también perder parte de ellos mismos”, comenta Óscar Galindo mientras los cien ojos de su impresionante colección nos observan detrás de las vitrinas de su casa.

La cita anterior nos remite a las historias de los grandes guerreros mexicas del México Prehispánico que utilizaban máscaras que hacían alusión a animales sagrados. Su uso les otorgaba las cualidades de aquellas bestias y los volvían seres poderosos e indestructibles. Este misticismo es similar en otras culturas, en donde el uso de la máscara estuvo asociado a la magia y a la adquisición de poderes sobrenaturales.

La maravilla de enmascarse

La máscara hace su aparición por primera vez en las arenas de la Lucha Libre el 7 de noviembre de 1933. Jim Atts lucha contra Joe Hurka en Forth Worth Texas usando un raro antifaz muy similar al del Llanero Solitario. “Un mes después, en el Madison Square, […] surgió 'La Maravilla Enmascarada', Masked Marvel, un tipo que tenía pintada una muerte en la máscara y vestía de negro”, escribe Óscar Galindo en uno de sus coloquios sobre la Lucha Libre. Este personaje fue el primer luchador en utilizar una máscara que cubría por completo su rostro.

Aquellas dos luminarias de la Lucha Libre americana fueron los pioneros de los futuros enmascarados alrededor del mundo e hicieron de aquella innovación en su vestimenta, una tradición que ha llenado de color las arenas y los cuadriláteros dedicados a este apasionante deporte.

En México comenzaron a surgir también los primeros enmascarados. Luis Núñez, “El Estudiante”, apareció en el ring de la antigua Arena México luciendo por primera vez una máscara fabricada quizá por él mismo. Se presentó el 22 de abril de 1934 con el nombre de El incógnito. De acuerdo con Óscar Galindo, este primer enmascarado mexicano abandonó su identidad secreta después de varias presentaciones, pues la máscara le resultaba demasiado incómoda a la hora de los golpes.

El primer luchador de categoría que eligió ocultar su identidad detrás de una máscara fue Gordon “Ciclón” Mckey. Proveniente del extranjero, participó en las primeras funciones de Lucha Libre traídas a México por Don Salvador Luttherot en 1933. Apareció en el ring el 22 de noviembre de 1934 utilizando el nombre de La Maravilla Enmascarada. Es preciso mencionar que esta celebridad de la Lucha Libre no era la misma que hizo su aparición por primera vez en el Madison Square Garden. El “Ciclón” Mckey se enmascaró utilizando este mismo nombre, el cual abandonó tiempo después cuando regresó a los Estados Unidos.

Fue hasta 1938 cuando el país conoce a El Murciélago Enmascarado, la primera gran máscara mexicana de la Lucha Libre. Con el nacimiento de esta leyenda del pancracio mexicano, “[…] surge por primera vez un combate de máscaras contra cabelleras celebrada en la arena México el 14 de julio de 1940”. Óscar Galindo narra la muerte de El Murciélago Enmascarado, cuando esta luminaria del deporte es despojada de su identidad secreta por Octavio Gaona. “Nos quedó Jesús Velázquez Quintero”, que tiempo después se dedicaría a escribir películas, algunas de ellas de El Enmascarado de Plata, mejor conocido como El Santo.

El arte de ocultar la identidad

A partir de entonces, los cuadriláteros han sido pasarela de miles de máscaras de todos colores, tamaños y formas. En los inicios de la Lucha Libre, las máscaras eran aún muy rudimentarias. Los primeros mascareros utilizaban materiales muy burdos y ásperos. “Tenían que tomar 26 medidas de la cabeza para que la máscara quedara exacta a la forma de cada luchador.” Las máscaras más primitivas estaban hechas de loneta y carnaza, lo que representaba grandes inconvenientes para los luchadores. Quizá uno de los más terroríficos era la pérdida de cabello y cejas, esto debido a la poca o nula transpiración de los materiales. “Era como traer un zapato en la cabeza”, afirma con humor Óscar Galindo al recordar las peripecias de los primeros luchadores enmascarados.

Fue hasta 1947, aproximadamente, cuando al señor Antonio Martínez, fundador de Deportes Martínez, comenzó a utilizar la gabardina de seda en la fabricación de máscaras. Esto representó literalmente un respiro para los luchadores que buscaban resguardar su identidad detrás de un antifaz. “Era una tela muy resistente; difícilmente se rasgaba. El único inconveniente era que con cada lavada se encogía”, afirma Óscar Galindo señalando la máscara de “El Jíbaro” que luce notablemente más pequeña que sus vecinas.

Después de la gabardina de seda llegó el tuil, utilizado hasta principios de los años setenta. “Puedo decir con orgullo que mi trabajo de músico me permitió introducir la tela metálica al mercado dedicado a la fabricación de máscaras. Yo compraba este tipo de tela para mis trajes de músico. Me gustó una que era elástica. La compraba en Laredo y en 1970 la traje a México”. ¿El “pero”? Su elevado costo. Hasta la fecha es una de las telas más caras y por lo mismo inaccesible para muchos luchadores que no tienen los recursos para adquirir un equipo costoso.

Poco después comenzaron a fabricar máscaras de terlenka, una tela muy resistente y lavable, que respeta la forma y el color de las máscaras no obstante el paso de los años. Con el transcurso del tiempo, los materiales fueron diversificándose. Los mascareros utilizaron telas más frescas y cómodas procurando siempre el bienestar de los luchadores a la hora de subirse al ring. Actualmente existen 1,500 mascareros en México, 26 de ellos pertenecen a La Laguna.

Magia ancestral

Hablar de la máscara en la Lucha Libre significa también hablar de personalidades memorables que se hicieron leyenda bajo el anonimato de sus máscaras. Asimismo, nos permite referirnos a la afición que ha permanecido fiel, ocupando semana a semana su butaca dentro de la arena, gritando a todo pulmón los improperios más inimaginables para levantar de la lona a su héroe caído.

Es viernes y como cada semana en el Centro Deportivo Gran Markus hay función de Lucha Libre. Antes de que el espectáculo de comienzo, un montón de niños brincan sobre el cuadrilátero imitando las hazañas acrobáticas de sus guerreros enmascarados. No puede faltar la cerveza y, por supuesto, la clásica de Chicos de Barrio: “Lucharán de dos a tres caídas sin límite de tiempo…”.

La afición aplaude cada golpe, cada salto mortal hacia la muerte. Pero detrás de este gran espectáculo en el que los luchadores “se juegan la vida en el campo de batalla” para satisfacer el morbo de su afición, hay seres humanos de carne y hueso muy similares a nosotros.

“Me llamo Luis Ángel Córdova, tengo 25 años y soy Ingeniero Bioquímico” comenta el hombre detrás de Baby Marvin, luchador profesional desde hace 7 años. Su particularidad: no usa máscara. “Cada uno de nosotros se siente identificado con su personaje. A mí nunca me llamó la atención enmascararme. Yo quise mostrar otro tipo de imagen al público.”

La máscara en la Lucha Libre tiene mucho de esta magia ancestral asociada con las utilizadas por las primeras civilizaciones del mundo. Como bien lo afirma Óscar Galindo, apasionado acérrimo de su colección, los luchadores que han optado por enmascararse se han comprometido plenamente con la personalidad que su máscara les confiere. Cualquiera que sea la razón por la cual un luchador decide esconder su identidad detrás de una máscara, esta incógnita representa hoy una tradición que le ha dado rostro al Bien y al Mal, a la Vida y a la Muerte y ha significado el triunfo o la derrota para cualquier guerrero enmascarado, protagonista de esta pasión llamada Lucha Libre.

1,158 máscaras tiene Óscar Galindo Villareal y todas han sido regaladas.

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