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El Siglo de Torreón Domingo 8 de feb 2004, actualizada 11:22am ... Anterior El Siglo 1 de 6 Siguiente ... El Siglo

Las corralejas: sangrar por la gloria

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SINCELEJO, Colombia (AP) .- Esta vez Sergio Hernández salió del ruedo con una sola herida profunda después que el toro lo persiguió hasta las tablas. Después de recibir una curación de la Cruz Roja e ingerir media botella de ron, estaba de regreso en la arena.

Hernández atiende un almacén, no es un torero. Pero cuando llega enero, este hombre de 44 años sueña con poner a prueba su coraje al lado de cientos de aficionados que saltan a la arena para jugar con toros de 500 kilos. Lo hacen en las corralejas, fiestas folclóricas del norte de Colombia, sin las reglas ni la pompa de las tradicionales corridas de toros españolas.

"No le temo a la muerte", dice orgulloso, mostrando cicatrices en el estómago, un brazo y la ingle donde los cuernos de la bestia lo lesionaron hace unos años. "Ajá, si yo muestro miedo, ninguna hembrita (mujer) va a querer venir conmigo", dice con picardía.

El evento de seis días, que terminó el martes en este polvoriento pueblo del Caribe, es explosivo --a veces letal-- por la mezcla de alcohol, música, violencia y machismo.

Un promedio de 20 participantes mueren cada año en varios festivales, conocidos como las corralejas, que se han realizado anualmente durante más de un siglo y medio en pueblos de las sabanas del norte colombiano.

Aunque nadie murió este año, casi 40 personas resultaron corneadas y otras doce sufrieron heridas y cortadas menores, de acuerdo con la Cruz Roja colombiana. Cuatro caballos de los picadores terminaron despanzurrados.

Los únicos sobrevivientes son los toros mismos, ya que no está permitido que mueran, a diferencia de las tradicionales corridas con toreros profesionales que son populares en España, el sur de Francia y América Latina.

Las corralejas colombianas hacen recordar el festival de San Fermín en Pamplona, España, donde turistas y aficionados temerarios corren asustados al frente de las poderosas bestias por las estrechas calles hasta la plaza de toros.

En la ciudad ganadera de Sincelejo el juego empieza cuando los toros son llevados al estadio, uno a la vez, para encontrarse con una multitud de cientos de personas, la mayoría alentada por el licor, gritando, agitando capas, palos y sombrillas.

Si el toro se lanza contra la multitud, lo persiguen docenas de personas montadas a caballo lanza en ristre. Una vez que la bestia está débil y sangrando, se le lanza otra vez contra la gente, que incluyó un travesti con una falda brillante amarilla con papel higiénico saliéndosele del sostén.

En un momento, un adolescente encogido en un barril de gasolina vacío a pocos pasos de la entrada del toro fue golpeado en la cabeza, antes de emerger entre una ovación de la multitud puesta de pie.

Cuando el toro estaba muy cansado para continuar embistiendo fue llevado al corral y se soltó otro para continuar la fiesta. Más de 40 toros compitieron cada día. Después que termina el encuentro, los toros pasan por un largo periodo de recuperación. Por lo general, al año siguiente se les vuelve a utilizar.

Algunos de los más experimentados toreros ganan dinero apostando con los ganaderos ricos que pueden hacer peligrosas maniobras, como ensartar banderillas de colores en el lomo de los toros o saltar sobre ellos cuando vienen embistiendo. Media docena de hombres encendieron una fogata en la plaza para hacer café y luego brindaron con la gente.

"La multitud me adora y puedo ganarme fácilmente unos 150.000 pesos al día (55 dólares)", dijo Luis Ramos, o "Kaliman", apodo tomado de una popular tira cómica sobre un temerario indígena guerrero.

Los miles de espectadores, que incluyen desde bebés hasta viejos vaqueros, lanzan dulces y algunas veces billetes a la arena para animar a la gente a ser más atrevida. Cada embestida exitosa por un toro era saludada con frenéticos gritos y aplausos.

En 1980 hubo una tragedia en las corralejas en Sincelejo, a 535 kilómetros al norte de Bogotá, después que se desplomaron las graderías de madera y murieron unos 200 espectadores. Las fiestas se cancelaron durante 16 años.

"Fue una tragedia de tal magnitud que se convirtió en tabú hablar de las corralejas", dijo Inis Amador Paternina, quien encabeza el comité organizador este año. "Pero es la fiesta más antigua de Colombia, por lo que nos sentimos obligados a revivirla".

Este año, el piso de la sede de la Cruz Roja fuera del estadio, donde los temerarios son atendidos, estaba embadurnado de sangre. Había tres ambulancias estacionadas cerca.

"Todos los que terminan acá sólo quieren una cosa, volver al ruedo lo antes posible", dijo Luis Fernando Gómez, el jefe de enfermería del centro.

"Yo realmente no los entiendo", dijo de los participantes. "Pero las corralejas son una parte de la herencia, de la tradición".


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