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Manuel Muños Olivares Domingo 27 de oct 2002, 11:22am ... Anterior 9 de 21 Siguiente ...

REFLEXIONES DE ATARDECER / Algo para meditar


Ya pronto se cumplen 3 años que no visitamos el Museo D’orsay, que está en los márgenes del río Sena, frente al Puente de Alejandro II.

Hemos admirado con incredulidad el lugar apropiado que ahora ocupan las obras de Henri Julich Rousseau, que llamaron “El aduanero”.

Rousseau fue un autodidacta en el arte, sin embargo está considerado como el más famoso de los pintores ingenuos, nos preguntamos ¿hasta qué punto, era ingenuo? Su obra era rechazada por las tradiciones académicas del realismo ilusionista.

Sumamente respetuoso de la habilidad académica, su obra es predecesora notable de los esfuerzos generalmente más torpes de los surrealistas. Pero al final de su existencia fue admirado por sus amigos y el Gobierno de su patria, Francia.

Rousseau fue sencillo en su manera de ser y rayaba en la humildad, su padre un hojalatero, no contaba tan siquiera para proporcionarle lo necesario para cursar su escuela elemental y para lograrlo desde niño tuvo que desarrollar una habilidad para aprender los más humildes e increíbles empleos.

Desde niño dibujaba y de pronto decidió ser pintor y para tal fin muy joven marchó a París. En uno de los barrios más pobres de París (en esa época) es un pequeño cuarto que tenía una sola ventana y situado sobre la vivienda de un yesero, allí fue su hogar, allí empezó a dibujar y a pintar después de inspirarse y aprender visitando los museos.

Para sobrevivir, desempeñaba todos los oficios que mal aprendió en su aldea. Pintaba muebles, paredes y en ocasiones hacía dibujos para publicidad de tabernas y rótulos para comercios pobres (en una taberna de Montmartre, guardan como joyas, tres de estos rótulos que llevan la firma de Rousseau al calce, algunos con faltas ortográficas y letras con medidas en desorden).

En una ocasión en que apremiaba la necesidad económica, se autonombró Maestro y vivió de gentes más ingenuas que él. Daba clases de recitación a los hijos del yesero a cambio de la vivienda, daba clases de violín a las hijas del tendero, a cambio de víveres, también daba clases de cornetín, de dibujo y pintura para los que querían aprender, “algo de arte”.

Rousseau, pintaba y pintaba sin descanso en los pocos minutos que le dejaban sus muchos “empleos”. Sus cuadros eran obras ingenuas que más se identificaban como infantiles, de un individuo sin escuela y que desde luego no vendía, pues los que las veían sonreían y con burla festejaban lo que creían era una broma.

Henri Rousseau era regordete, bajo de estatura, de hombros caídos y voz chillona, propia de su cultura y que lo identificaba con la aldea de donde provenía, pero tenía algo a su favor, era sencillo, humilde y el fervor, la dulzura de su sincera mirada irradiaba luz, la que le atraía la buena voluntad y el respeto del vecindario y de los grandes amigos que después de años cultivó, entre los que se encontraron: Picasso, los influyentes críticos y escritores, Apollinaire y Jules Romains, los pintores y escultores Braque, Vlamick, Webeer, etc., etc. Su vestir era de lo más humilde y a leguas denotaba su aire de pobreza, sin embargo vibraba de alegría y a borbotones desechaba el enorme deseo de la comunicación y de la limpia y sincera amistad, quería convivir con todos, como si en su interior, llevara el secreto de la felicidad.

Cuando por primera vez se atrevió a exponer su obra, exhibió su cuadro “Gitana Dormida” (129x200 cm) los espectadores veían con asombro la obra, unos sonreían, otros sarcásticamente lanzaban risotadas de burla, sin embargo, el pintor que anónimamente se mezclaba entre la concurrencia, las tomaba como muestras de afecto y de aceptación. Tanto le llenó de orgullo su primera exposición, que pensó que el lugar apropiado para su “Gitana” sería su propio pueblo y su gente, para tal caso, lo donó a las autoridades. Éstas y los “ilustres” ciudadanos rechazaron y regresaron al autor su “Gitana Dormida” dando como disculpa que no podrían aceptar ni eran dignos de semejante obra. Rousseau, tomó este rechazo como un elogio a la que consideraba su obra maestra.

El tiempo le dio la razón y con el brusco cambio modernista del arte, ha dado a las obras del pintor como las perecederas del arte ingenuo y en nuestros días la “Gitana Dormida” es una de las joyas más apreciadas y admiradas del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, que lo adquirió hace casi medio siglo, en la cantidad de 25 mil dólares, suma que nunca soñó Rousseau que valdría su obra, él que raras ocasiones, tuvo en sus manos más de cien francos (14 dólares).

En una época fue tan apremiante su necesidad económica, que se enroló en el ejército y sirvió cuatro años en el Servicio Militar y fue uno de los escogidos para engrosar el ejército que Napoleón III, envió a México para la invasión francesa, defensora de Maximiliano.

Su viaje a México, lo hizo conocer la selva tropical, la que después, con sus recuerdos pintó en sus obras, incluyendo animales que veía en el zoológico parisino.

Dos años antes de morir en 1908, Picasso (quizás el amigo más sincero), le ofreció un banquete en su estudio, invitó a sus amigos que estimaban al agasajado. Muchos fueron al brindis y en su honor todos hablaron y se refirieron a su obra, como una de las más originales y de honda sinceridad. Fueron muchos los brindis y los elogios, que nunca escuchó Rousseau, pues se quedó dormido.

Henri Julieh Rousseau, murió tal como vivió su vida, serenamente, con humildad y con la pobreza que fue su fiel compañera. Fue sepultado en el Cementerio de los pobres, alejado de París.

Dos años después, sus fieles compañeros encabezados por Picasso, trasladaron sus restos al Cementerio Pere Lacheiss, a unos metros de las tumbas de Chopin y de Delacroix. Apollinaire, escribió el epitafio y Brancusi, el afamado escultor, labró la lápida con su esfinge. Allí mismo, en el acto de inhumación de sus restos, Rousseau, recibió post mortem, del gobierno francés, la Cruz de Honor, la más alta condecoración que Francia otorga a los más ilustres ciudadanos.

En el arte, nadie puede ser despreciado... ¿NO LO CREEN USTEDES?

PARÍS, AÑO 2002.


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