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Siglo Nuevo

El sublime encanto de los musicales

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sábado 12 de noviembre 2011, actualizada 6:42 pm

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Hablar de musicales es hablar de un universo mágico creado por fascinantes obras, artistas integrales involucrados en su realización y millones de personas que a lo largo de todo el orbe trabajan de manera puntual para conservar en lo más alto este género teatral. No es fortuito que algunos montajes se mantengan por décadas en cartelera: detrás de cada puesta en escena hay algo intangible, capaz de cautivar a quienes la presencian, y seduciéndoles siempre como si fuera la primera vez.

Las luces se apagan. La orquesta comienza a ejecutar una música oscura que poco a poco inunda el recinto mientras el telón se alza y deja ver a un grupo de hombres que realizan trabajos forzados, cantando a una sola voz: “Mira hacia abajo, no los veas a los ojos, mira hacia abajo, estarás aquí hasta que mueras”. Aparece el inspector Javert y su melódica y grave voz llama a Valjean; le dice que es su hora de partir y quiere saber si comprende qué significa. Él responde que ahora es libre. Javert lo corrige: “No. Significa que tienes tu boleto de salida. Pero eres un ladrón”.

Con esta escena comienza Los Miserables, uno de los musicales más representativos de todos los tiempos, basado en la novela homónima de Victor Hugo (para muchos su obra cumbre). Lo cierto es que la descripción no plasma lo que se vive en el teatro, porque no es posible relatar un musical: es necesario presenciarlo, sentirlo, para captar todo lo que genera y transmite. Acudir a una sola función puede cambiar la vida; la experiencia perdura más allá del momento en que se abandona la butaca.

Los musicales seducen. Son muchos los que gustan de este género teatral que ha trascendido fronteras y épocas. Y aun quienes no se sienten atraídos por ellos, si por cualquier razón terminan frente a una puesta en escena de nivel profesional, es probable que salgan del teatro transformados en adeptos.

Hoy lo invitamos a levantar el telón para descubrir lo que hay detrás de los emblemáticos musicales, además de intentar encontrar el secreto de su magia. Esta es la tercera llamada, tercera...

DO RE MI

La historia de los musicales es de bordes borrosos. Se sabe que ya en la antigua Grecia algunas comedias representadas tenían escenas que incluían música, coros y coreografías. En la Europa del siglo XVI fueron muy populares las mascaradas, un tipo de espectáculo escénico que involucraba asimismo números de canto y baile.

Para muchos especialistas la semilla de la que germinarían los musicales que hoy conocemos se remonta a 1728 con La ópera del mendigo (The Beggar’s Opera); se dice que esta obra del dramaturgo inglés John Gay fue la primera en mezclar de manera homogénea diálogos con canciones (y una de las primeras en montarse en Broadway luego de estar en el West End de Londres).

El vodevil surgido en Francia a finales del siglo XVII, el burlesque londinense de la época victoriana y las operetas de mediados del siglo XIX también se cuentan entre las bases del género, especialmente las creadas por el compositor Arthur Sullivan y el libretista W. S. Gilbert, dupla británica que diversos autores contemporáneos citan entre sus influencias.

Asimismo se considera que The Black Crook (1866) fue ‘oficialmente’ la primera comedia musical, al ser pionera en tener un libreto que hilvanaba formalmente números de danza y canto interpretados por los protagonistas de la obra y no por un cuerpo de baile como era habitual. El libreto fue escrito por el estadounidense Charles M. Barras y tuvo casi 500 presentaciones en el aún naciente imperio de Broadway.

De Broadway al West End

A fines del siglo XIX Nueva York comenzó a distinguirse por la construcción de numerosos teatros en el área de Times Square, dando origen al distrito teatral que hoy conocemos como Broadway.

Entre los primeros musicales ahí representados están A Trip to Chinatown (1891), Irene (1896) y Florodora, de exportación inglesa: su debut fue en el West End en 1899 y llegó a Broadway en 1900, siendo uno de los pioneros en cruzar el océano y sentar las bases para el ‘intercambio’ de musicales de Londres a Nueva York (y viceversa) que hoy es habitual en este género teatral.

Es preciso señalar que cuando Broadway emergía el West End ya contaba con una vasta historia; el primer teatro del lugar data de 1576. Sin embargo fue hasta los primeros años de 1800 que los musicales contribuyeron a la consolidación del distrito. Obras como Chu Chin Chow (1916) marcaron hitos al superar las 2,000 presentaciones.

Puede decirse que la consagración del West End como el foro por excelencia para el teatro musical en Europa coincidió con la de Broadway para América. Y a partir de entonces comenzó a reflejarse la reciprocidad entre los dos sectores.

Aunque en ambos continentes los primeros musicales tenían un argumento enfocado en divertir a la audiencia, pronto comenzaron a producirse aquéllos con temáticas más profundas como Show Boat (estrenada en 1927 en Broadway y en 1928 en el West End), cuyas canciones abordaban el racismo.

Los años cuarenta marcaron la llamada ‘época dorada’ del musical, con montajes como Oklahoma! (1943) y South Pacific (1949), originadas en Nueva York y rápidamente replicadas en Londres. El mismo caso se daría en los cincuenta con West Side Story (1957), icónica adaptación de Romeo y Julieta con música de Leonard Bernstein, líricas de Stephen Sondheim y libreto de Arthur Laurents. Otra puesta paradigmática fue My Fair Lady (1956), protagonizada por Julie Andrews.

Los sesenta fueron igualmente de peso para los musicales. Se estrenaron Hello, Dolly! (1964), Cabaret (1966) y uno de los primeros fenómenos del distrito teatral de Off-Broadway (nacido también en esa década): Hair (1967). Con el tiempo este ‘anexo’ de Broadway cobró un lugar propio y ha sido semillero de grandes musicales.

La siguiente década trajo también nuevos bríos para el género, con obras como A Chorus Line (1975) con música del legendario Marvin Hamlisch y Chicago (1975). Además hicieron su debut las obras de una mancuerna legendaria...

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