Nosotros Salud Salidas Conciertos

PEQUEÑAS ESPECIES

Que gratos recuerdos me traen estas fechas de pascua, cuando disfrutaba con la familia el fin de semana en la presa Lázaro Cárdenas, mejor conocida como "El Palmito". Paisajes hermosos, la impresionante extensión y cantidad de agua que almacena la colosal presa, su exquisita flora y fauna, sus noches plateadas de plenilunio, el serpenteante río haciéndole valla centenarios de encinos, fresnos, eucaliptos, álamos, sauces, la pesca de majestuosas lobinas, las opíparas comidas, y lo mejor de todo, la convivencia familiar. Un gran amigo y colega, el Dr. Arnoldo Celis, nos hacia la atenta invitación cada año para pasar los días santos en sus cabañas, conviviendo con las familias de sus tres hermanos, alegres y ocurrentes como él, y sobre todo espléndidos anfitriones. Cada familia se encargaba de preparar una comida para veinte personas durante nuestra estancia, la especialidad del mejor guiso de cada familia, y vaya que era difícil igualarlos por sus suculentos y abundantes manjares; exquisitos y enormes cortes de carne para asar, jugoso y fresco pescado frito al mojo de ajo, el suculento y picoso caldillo durangueño, y las deliciosas brontohamburguesas, un servidor no tenía opción, por mayoría de votos me tocaba hacer la discada, utilizaba los mismos ingredientes que la mayoría acostumbra; pequeños trozos de una excelente carne de pulpa de res, pierna de puerco, tocino, chorizo, morrón, jalapeño, serrano y abundante tomate y cebolla todo partido finamente, tal vez la diferencia la hacía el no utilizar salchicha y jamón, y el toque final consistía en una cocción lenta en leña. Recuerdo cuando hice la discada por primera vez, después de desayunar, el Dr. Celis me invito a pescar en lancha, me encantó la idea, pero tenía que preparar la discada, Paquita, mi señora, le dijo a Silvia, la esposa del Dr. Celis, nosotras empezamos a partir la verdura que es lo más tardado, y cuando regresen encuentran todo preparado. Nos tardamos en volver al descomponerse el motor de la lancha, era la segunda vez que me pasaba en palmito, al entrar a la cocina esperábamos ver todo preparado, pero no estaban las señoras, cuando las vimos entrar con singular alegría, habían ido al pueblo a reponer el cartón de cerveza que se habían tomado preparando la discada. La comida prácticamente era cena, la hacíamos al caer el sol, en la terraza de la cabaña, en un gran asador con la leña, gozábamos de una hermosa vista al espejo del agua de la presa, escuchando agradable música, una bebida refrescante en la mano, con una luna esplendorosa acompañada de miles de estrellas titilantes, nuestros hijos lejos de aburrirse estaban encantados, inmediatamente se identificaron con los hijos de las cuatro familias, hacían sus propios grupos, encendían fogatas, unos cantaban, otros platicaban, mientras los más pequeños escuchaban cuentos de suspenso. El encanto de palmito permaneció durante varios años hasta que se vendieron las cabañas, la amistad aún continúa, con la única diferencia que somos abuelos.

Posteriormente continuamos visitando la presa con un compañero y gran amigo de la facultad el Dr Juan Castillo, nos invitaba con su familia, cuentan con un predio y un tráiler park perfectamente equipado. Días inolvidables la pasamos como con la familia Celis. Precisamente conocí la presa Lázaro Cárdenas en 1975, mi amigo Juan, me invitó con su familia a pasar unos días en palmito, recuerdo que aún no se encontraba la carretera asfaltada del kilómetro ciento veinte al palmito. Ibamos a nadar a unas albercas naturales que se formaban en el vertedero de la presa, como nos divertíamos, era una familia de ocho hermanos la de mi amigo, al igual que sus padres maravillosas personas. En la tarde del primer día que llegamos fuimos de pesca en una pequeña lancha, Juan y Don Fidel, su padre, Don Ramón, el futuro suegro de mi amigo y un servidor, salimos de tardeada solo por un rato, sin salvavidas, ni agua y provisiones. Se descompuso el motor de la lancha cuando nos encontrábamos en medio de la presa, oscureció y era una noche nublada, no teníamos visibilidad para remar hacía la orilla, logrando llegar a media noche a la orilla de un cerro, pasamos una noche gélida, pudo más mi orgullo al no abrazar a Don Ramón, como lo hacían Juan y Don Fidel para mitigar el intenso frío, solo introducía los brazos en mi playera para protegerme. Al empezar a clarear, esparcieron la gasolina del motor en una roca y la encendían, eran solo unos segundos de calor. Al llegar al pueblo en la mañana remando en la lancha, veíamos una gran multitud de gente, pensamos que estaban de fiesta, era la algarabía por encontrarnos vivos, la hermana de Juan, Marthita, era la maestra de la escuela, nos habían buscado toda la noche y se imaginaban lo peor al no encontrarnos.

La tercera ocasión que se nos descompuso el motor de la lancha fue al siguiente año, salimos temprano a pescar el Dr Celis y un servidor, le dije recuerda lo que nos pasó la vez pasada, no te sugestiones fue una coincidencia, Al despedirnos lo pensó y le dijo a su esposa, si no regresamos a las cuatro de la tarde, le dices a Gabriel que nos vaya a buscar, era el encargado de mantenimiento de las cabañas. Regresamos faltando unos minutos para las cuatro de la tarde, ya los íbamos a buscar nos dijeron sus hermanos. ¿Se les descompuso el motor otra vez? Sonreímos afirmativamente, afortunadamente nos remolcaron en otra lancha. Fue entonces cuando dejé de ser el Dr. Núñez y de ahí en adelante la estupenda familia Celis, me bautizaron como el "Dr. Saladino"

Leer más de Nosotros

Escrito en: Raúl Muñoz de León

Noticias relacionadas

Siglo Plus

+ Más leídas de Nosotros

TE PUEDE INTERESAR

LECTURAS ANTERIORES

Fotografías más vistas

Videos más vistos semana

Clasificados

ID: 2284936

YouTube Facebook Twitter Instagram TikTok

elsiglo.mx