Siglo Nuevo

Arte y violencia

Andrés Orjuela, Corona de la serie Eden, 2012.

Andrés Orjuela, Corona de la serie Eden, 2012.

Yohan Uribe Jiménez 17 de agosto de 2013

Para que el ser humano conozca su entorno tiene que estar presente en la literatura o en alguna manifestación artística, y la violencia es un horror, pero también un entorno.

Escenas de muerte, decapitaciones, violencia, víctimas y victimarios que se reproducen en el imaginario de una sociedad, como si se tratara de un menú de aberraciones que catalogan el grado de deshumanización alcanzado por el hombre, dejaron de ser exclusivos de las páginas de diarios y revistas especializadas en la nota roja. Ahora se abren espacio en museos, galerías o foros urbanos, invitando al público a reflexionar sobre el papel de cada persona en ese charco de sangre llamado «realidad».

A lo largo de la historia de Occidente, pensadores como Lacan, Freud y Vattimo, han estudiado el vínculo entre arte y violencia, no sólo como la reproducción de una realidad, sino como una traducción estética capaz de impactar por la crueldad con la que es decodificada. El arte con responsabilidad social, vehículo de denuncia, o lo que procuraron las vanguardias del siglo XX, la eterna invitación para dejar de lado su neutralidad.

Palabras como narcotráfico, sicario, levantón, ejecución o ajuste de cuentas, hicieron que México coincidiera de manera fraternal con Colombia. Esos fenómenos que desviaron la atención del mundo al país cafetero durante más de dos décadas, empezaron a reproducirse en la tierra de José Alfredo Jiménez y Octavio Paz, consiguiendo a la par un eco en el trabajo de artistas aztecas como Teresa Margolles, quien ha llevado el actual panorama de muerte y llanto, a su obra.

Estos conceptos que se han reproducido principalmente en el lenguaje de medios de comunicación y sectores del gobierno, también se han transformado en objeto de reflexión de una gran cantidad de artistas contemporáneos, quienes a través de intervenciones, instalaciones, videos víricos, o arte urbano, buscan el rostro humano del conflicto, ya que según la mayoría, sólo así se logrará entender ese cáncer social, para encontrarle un tratamiento.

HACIA EL ORIGEN

Una mujer sin brazos y en estado de gravidez yace muerta en posición horizontal, una herida en su vientre trasforma todo en una desazón de colores grises y negros, un espacio donde no cabe la palabra «futuro». El título de la obra “Violencia”, pintada en 1962 por el artista colombiano Alejandro Obregón, es quizá el referente obligatorio que muchos creadores sudamericanos tienen como detonante de un movimiento que impulsó a los pintores a poner color a esa oscura realidad.

Para el artista colombiano Andrés Orjuela, candidato a doctor por la Universidad Nacional Autónoma de México, la violencia es un tema recurrente en el arte desde hace siglos. Existen referentes directos como el aragonés Francisco de Goya, pintor de cámara de los reyes de España, quien desde la clandestinidad trabajó series como los 83 grabados de “Los Desastres de la Guerra”, con escenas infernales que retratan el dolor de la barbarie durante la Guerra de la Independencia.

Como suele suceder en todo acto violento, en la Guerra de la Independencia la ambición, los intereses creados y el ansia de poder, dejó un panorama de cadáveres esparcidos en campos, caminos y sembradíos. Como respuesta a tan desolador paisaje, Goya creó su más reconocida serie de estampas, que a la postre significó un grito contra la violencia que no entiende razones. Combinado con la destreza del artista y su dominio de la técnica, lograron universalizar un discurso plástico, para mostrar el resultado de toda guerra.

Artistas colombianos como José Alejandro Restrepo, llegaron a atraer la atención de galerías internacionales por haber denunciado las masacres desde 1930 en las zonas de las bananeras colombianas, donde además de grupos al margen de la ley, participaban explotadoras internacionales de banano. Su obra, una instalación titulada “Musa Paradisíaca”, elaborada entre 1993 y 1996, que muestra unos racimos de plátano colgados en un cuarto cerrado, incluye una serie de pantallas que contienen imágenes de medios de comunicación que registran esos actos violentos.

“De cierta manera los artistas que reflexionamos en torno a la violencia, tanto en Colombia como en México, tenemos que estudiar la relación de este fenómeno no sólo con el arte y la historia, sino con los medios de comunicación, para no caer en la simple representación de una escena grotesca, sino buscar que la obra trascienda, a través de un diálogo con el espectador”, comenta Andrés Orjuela, quien fue integrante del seminario Zonas de Disturbio del Museo Universitario de Arte Contemporáneo, MUAC-UNAM (2009-2011).

Según explica el colombiano, en su obra siempre buscó alejarse de la representación, no pintar un decapitado, mutilado, o una escena de sangre, porque esto no le permitía generar niveles de reflexión con el espectador, ya que además la sociedad termina por anestesiarse de ver tantas reproducciones violentas que son trasmitidas en los medios de comunicación, más ahora con el internet y la facilidad que existe de grabar, editar y subir un video a la red.

El sociólogo Fernando Escalante, considera que la violencia en México fue un reto sumamente desafiante, complejo y confuso de relatar, a pesar de que la prensa de todo el mundo se ha dedicado a narrar la lucha de los cárteles y su pelea por el control de las rutas de la droga. Sin embargo, lo que se ha hecho es reproducir la imagen que existía sobre el crimen organizado, en una mezcla del padrino, Al Capone y otras películas, eso creó la ilusión de que se entendía algo, y en el fondo fue esa ilusión de entendimiento el principal factor de incomprensión.

Para el arte, más allá de los acontecimientos cronológicos que desatan la violencia, o quiénes y cuáles son las razones que conducen a los actores en este proceso, es la dimensión del dolor, su significado y alcance, las razones para la reflexión. Reconociendo sus efectos no sólo en las víctimas, sino en el colectivo al que éstas pertenecen, de ahí la necesidad de reflexionar, como parte de un camino cuya primera parada se da en la estación del entendimiento.

LA CRUDA REALIDAD

En varias ocasiones la artista mexicana Ambra Polidori, quien a través de la fotografía y el video, ha logrado llevar el drama actual de las víctimas de la violencia a varios países, explica la forma en la que los medios de comunicación están neutralizando la violencia por los formatos de presentación que le dan, y recurre al campo del arte, como un espacio activo, minado, que finalmente busca exorcizar no la violencia, sino la neutralización que le dan los medios masivos.

Conscientes que el arte contemporáneo, al igual que el arte en sus diferentes géneros y épocas históricas, no va a cambiar nada, ni mucho menos impedir que se presente la violencia, muchos creadores han comprendido que su discurso sí puede llegar a penetrar al espectador, vencer su indiferencia y buscar los mecanismos que obliguen a la sociedad a revisar las fallas que han hecho de países como Colombia y México un caldo de cultivo.

Un ejemplo es la obra “Justicia infinita”, del artista poblano Alfredo Salomón, una instalación robótica con arma de fuego. Con la réplica de un rifle AR 15 a través de una cámara sensible a la luz infrarroja, capaz de seguir al usuario mientras proyecta desde la mira del rifle la imagen del espectador, se convierte en una metáfora que presenta en un mismo espacio, el punto de vista del agresor y la víctima. Un escenario que traslada al público a dos realidades de lo violento, relacionado con el poder que da un arma.

TERESA LA MEXICANA

Si bien es cierto que el arte tiene una función social, que no siempre significa dar voz a las víctimas, los lenguajes del arte contemporáneo, se han presentado como una gran opción para reflexionar en este proceso de entendimiento. A través de sus instalaciones y performance, la artista mexicana Teresa Margolles, ha puesto en el escenario internacional como denuncia política, los estragos que el narcotráfico está dejando en México.

En la obra de Margolles no hay víctimas, tampoco cuerpos, ni escenas grotescas de violencia; desaparecieron las imágenes de mutilados, madres llorando, o automóviles destrozados. Durante la edición número 53 de la Bienal de Venecia en 2009, la mexicana se llevó los elogios con su obra. Tomando como base la guerra emprendida por el Gobierno Federal contra el narcotráfico.

Durante la apertura de la bienal repartió entre los asistentes diez mil tarjetas de crédito para picar y elaborar rayas de cocaína, en cada una estaba impresa la foto de una de las personas muertas en la demencial lucha contra el crimen organizado. Causando todo tipo de reacciones entre el público, que además fueron registrados por la propia artista mexicana.

Bajo la interrogante ¿De qué otra cosa podríamos hablar? Margolles interrumpió los románticos paseos en góndola por Venecia, al ubicar en uno de los balcones de la sede de la bienal -el Palacio de Rota Ivancich, obra de Jacopo Sansovino, uno de los máximos arquitectos del Renacimiento- la bandera de México manchada con sangre. Con una serie de telas impregnadas de lodo y sangre, recogido de escenas reales donde ocurrieron narcoejecuciones, la artista además hace alusión a las narcomantas.

“Antes, para poder estudiar e investigar sobre la muerte tenías que estar en la morgue, ahora el cuerpo está en la calle, los últimos trabajos que he hecho han sido en la calle, con los restos, que están en la calle. Es lo que me ha llevado a Venecia con la pregunta ¿quién limpia la sangre de las calles? Fue cuando empecé este trabajo. La bienal son las siete mil personas asesinadas. Lo que estamos haciendo con esto es absorbiendo lo que hay”, dijo la propia artista en entrevista con Conaculta.

Durante muchos años la artista originaria de Sinaloa, ha tomado los elementos propios de la fotografía, la instalación, el performance y el video, para entablar un diálogo con la muerte orgánica, desde el lenguaje plástico. Con su trabajo, Margolles además cuestiona realidades como la violencia, la desigualdad social y el narcotráfico en México. Aun cuando ha sido objeto de críticas, por el uso de elementos como sangre, restos descompuestos, telas con residuos de piel, la artista contemporánea ha sido invitada a varios foros internacionales, donde su trabajo ha sorprendido.

DORIS LA COLOMBIANA

Para la artista colombiana Doris Salcedo, el buen arte siempre es político. No sólo porque está siempre abriendo espacios desconocidos, sino porque el arte es marcadamente ideológico. Sin embargo, en sus discursos la colombiana ha manifestado que le interesa el arte político, porque toda su obra está centrada en la violencia política, en lo que significa que quienes detentan poder puedan destruir vidas de otros seres humanos.

“Al inicio de cada obra siempre hay un testimonio, yo parto de un testimonio y a partir de eso estoy construyendo algo que ya no es tan preciso sobre esa víctima, sino que lleva a una memoria que es más amplia”.

Para Salcedo, en este tipo de manifestación artística no se puede hablar de impacto y mucho menos de impacto social, político y casi tampoco de impacto estético, pero considera que todas las obras tratan de definir una situación específica de la víctima, ya sea el desplazamiento, la tortura, ese terrible glosario de horror que ha tomado el lenguaje diario de países como Colombia, por lo que siempre ha buscado mostrar esa marca específica que el crimen deja sobre la víctima, en un intento por mostrar la textura de la violencia, más allá de narrar un acontecimiento.

A Salcedo le llega el reconocimiento internacional gracias a las constantes referencias de la violencia política en su obra, casi siempre en formatos monumentales. En 2011 la colombiana presentó en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo de la UNAM, la instalación “Plegaria Muda”, comisionada a la artista por la Fundación Calouste Gulbenkian de Lisboa y el Museo de Arte Moderno de Malmö en Suecia.

La muestra presentaba dos mesas invertidas y unidas por una estructura de tierra que permite el crecimiento de pasto. Cada unidad tiene aproximadamente la longitud y ancho de un ataúd promedio. Los asistentes al MUAC pudieron ver más de 96 piezas como ésta.

Como escultora o hacedora de objetos, la artista buscó un símbolo que narrara la realidad de Colombia, el objeto fue la fosa común, el vínculo los desaparecidos y el dolor de las madres por la ausencia, la traducción de la obra en sus propias palabras es un campo santo, de donde emerge el pasto a través de la madera, como un símil de que la vida prevalece, a pesar de las masacres y el horror.

“La violencia crea imágenes, de manera permanente, nosotros tenemos imágenes terribles, de las personas descuartizadas, de la motosierra que dejan los paramilitares, una cantidad de imágenes que le está integrando la violencia a la sociedad; yo pienso que la función del arte es poner una imagen a esas imágenes, y en esa medida crear un balance a la barbarie que ocurre en un país”, explica en sus entrevistas la creadora.

Con un ejemplo, Salcedo recalca la función de su trabajo frente a la violencia: “Existió el bombardeo a Guernica, y muchos otros, sin embargo el que recordamos es ése, porque tenemos una imagen que humaniza ese acto totalmente inhumano que fue el bombardeo. La imagen no narra exactamente lo que ocurrió, ni consuela o le ayuda a vivir el duelo a la víctima, pero sí nos dignifica a todos como seres humanos, una memoria que es diferente, se vuelve un memorial”.

UN MUNDO PARA LA CREACIÓN

Resulta difícil entender cómo de las semillas de la maldad y su demencial resultado de violencia, pueda cosecharse toda una variedad de ideas y posibilidades creativas. El narcotráfico incluso ha inspirado a artistas visuales como Roberto de la Torre, quien en un cuarto cerrado colgó una serie de ramas que se asemejan a la marihuana, de la misma forma en la que se procesa y empaca en un laboratorio real, una instalación a la que puede acceder el espectador en recorrido turístico con música de banda de fondo.

Sin tocar el tema de manera directa, como lo abordan los medios de comunicación, el creador en su obra “Harina y epazote”, hace una crítica a la industria de la droga, donde también se presentan fenómenos como la explotación, la especulación y el control de precios. En la muestra además usa el epazote, una planta que es utilizada como condimento y desparasitante, en un juego que busca «procesar» una limpieza del sistema social.

UN FORO PARA LA REFLEXIÓN

La muestra internacional de arte contemporáneo “Visible Invisibilización. Aproximaciones en torno a la violencia”, es un proyecto que explora diversas expresiones artísticas que abordan el tema de la violencia en México y Latinoamérica, como una experiencia actual ineludible, a través de la exposición de arte multidisciplinario con 27 artistas nacionales e internacionales, y la realización de actividades paralelas como talleres, una clínica, seminarios y conferencias con invitados y académicos especialistas en la materia, buscando crear un foro itinerante de reflexión.

La muestra recién inaugurada, actualmente se presenta en el Museo de la Ciudad de Querétaro, en el Centro Educativo y Cultural del Estado de Querétaro Manuel Gómez Morín, en la Plaza Constitución y en la Explanada de Rectoría de la Universidad Autónoma de Querétaro.

Esta exposición y sus actividades tienen la finalidad de contribuir al desarrollo del arte contemporáneo, generando un campo de reflexión y discusión pública sobre el tema de de la violencia tanto en México, como en otros países de América Latina. La muestra permanecerá abierta al público hasta el próximo 15 de septiembre, además ya cuenta con varias invitaciones para itinerar por diferentes partes del país.

El objetivo es abrir las posibilidades de diálogo entre comunidad, especialistas, académicos y artistas, para analizar las circunstancias actuales de la experiencia estética y su relación con la producción, recepción y representación de la violencia, entendiendo la naturaleza de los discursos visuales y las prácticas artísticas como zona de cruce multidisciplinario que permite pensar, cuestionar, evidenciar y responder a los aconteceres del mundo contemporáneo desde diversas perspectivas.

Los participantes

La exhibición cuenta con obra de los artistas:

Teresa Margolles / Enrique Ježik / Pedro Reyes / Miguel Ángel Rojas / César Martínez / Lorena Wolffer / Fernando Llanos / Miguel Rodríguez Sepúlveda / Artemio / Ximena Labra / Joaquín Segura / Adela Goldbard / Rubén Gutiérrez / Sayak Valencia / Taniel Morales / Isaac Torres / SDMR / Edwin Sánchez / Óscar Salamanca / Andrés Orjuela / Enríque Hernández / Fausto Gracia / Los Rayos / Yury Forero / Hilo Rojo / Víctor Pérez-Rul / Yorchil Medina.

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