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Crónica de Viaje / Viejos y legendarios hoteles

FOTO 1.
Las recámaras en el hotel “Claridges” de Londres, son impecables, en el más puro estilo inglés. 
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FOTO 2.
Una leyenda y la suma de la elegancia de sus cuartos en el hotel “Plaza Athénée” en París.
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FOTO 3.
“Cipriaani”, en Venecia, es uno de los diez mejores hoteles del mundo. Es de completa elegancia y estilo.

FOTO 1. Las recámaras en el hotel “Claridges” de Londres, son impecables, en el más puro estilo inglés. —- FOTO 2. Una leyenda y la suma de la elegancia de sus cuartos en el hotel “Plaza Athénée” en París. —- FOTO 3. “Cipriaani”, en Venecia, es uno de los diez mejores hoteles del mundo. Es de completa elegancia y estilo.

Ricardo Rubín

Los viejos hoteles, dice una balada inglesa, no pueden morir.

Bien que en torno a las grandes y pequeñas ciudades se construyan hoteles gigantescos, o cómodos moteles, y que en las carreteras se puedan encontrar albergues con comidas aceptables, pero los que pueden considerarse viejos y legendarios hoteles seguirán allí. Aunque sólo sirvan para recibir a los viajeros soñadores, y mantener su prestigio de elegancia y excelente servicio.

De aquellos viejos y buenos hoteles, recuerdo al “St. Anthony” y al “Menger” de San Antonio, Texas; al “Driskill”, en Austin, y al “Gálvez” en Galveston.

Como las viejas damas, estos hoteles han sufrido remodelaciones e inyecciones de salones modernistas, con orquestas escandalosas para estar al día, pero sin perder su esencia y su sabor.

La tarde en que llegué al “Gálvez” me cautivó enseguida su sala de estar, con una alfombra bastante gastada pero aún mullida, sus grandes y cómodos sillones y la tranquilidad que se respiraba allí. Nada de aglomeraciones, gente corriendo con grandes maletas, mensajeros gritones o huéspedes hablando fuerte.

El ambiente era casi monacal, y uno tenía que luchar para no quedarse dormido, hundido en las profundidades de una vieja poltrona que dominaba una buena parte del bar.

Se daban unos pasos y desde la terraza se podía admirar el mar azul. El hotel era como una casa encantada, en la que se asegura que hay un fantasma, y en la que se antojaba descubrir pasillos secretos, quietos jardines interiores, y sus comedores, arriba y abajo, con vajilla francesa, meseros diligentes y deliciosos platillos.

Uno podía estar en ese hotel una semana o un mes, y siempre se encontraba el encanto de la tranquilidad, la comida y el buen servicio.

También recuerdo al hotel “Central” de Angouleme, que no es sino un castillo acondicionado como hotel, en el corazón de Bordeaux, la zona vitivinícola de Francia. Este hotel está frente al mercado de pescadores, y muy temprano me despertaba el parloteo de las vendedoras y las damas del pueblo que iban a comprar.

Una mañana recorrí el pequeño mercado y me maravillé con las gigantescas langostas, las truchas recién pescadas y la enorme cantidad de ostras, mejillones, cangrejos y camarones. En el mercado también se venden aves, frutas y hortalizas.

Hay hoteles que tienen su propia personalidad, como el “Atlantic”, de Niza; el “Penta” de París o el “Roussel” de Londres, en cuya pequeña cafetería disfruté de los más ricos pasteles de carne que jamás haya comido.

Fue precisamente en el viejo hotel “Sussex” de Montreal donde una tarde lluviosa se sentó a una mesa cercana a la mía un caballero con un parecido extraordinario al actor Sir Alex Guinnes. Pidió una taza de café y una copa de brandy, paseó distraídamente la mirada por el salón, y se abismó en la lectura de un periódico.

Le quise hablar pero no me atreví. No sabía qué iba a decirle. El caballero parecido a Alex Guinnes se levantó al fin y se fue, y yo me quedé con la duda eterna de si era él, o no.

Ahora, entre los hoteles realmente legendarios, fabulosos, muy caros y súper elegantes, están el “Negresco”, de Niza; el “Claridges”, de Londres; el “Cipriano, de Venecia y “El Plaza Athénée” de París.

El “Claridges” es del más puro estilo arquitectónico inglés, con el sabor y el estilo de la vieja Inglaterra. Todo allí funciona como un reloj suizo, y sus cuartos son amplios, lujosos, de camas con almohadas de pluma de ganso y colchones en los que se hunde uno al acostarse. Los huéspedes de este hotel encontrarán siempre, después que el cuarto es arreglado por la recamarera, una cesta con fruta fresca.

“Cipriani”, en Venecia, está en la llamada isla Giudecca, frente a la Plaza San Marcos. Es un hotel extraordinario, con un inmenso y bellísimo jardín, cuatro restaurantes, canchas de tenis, alberca olímpica, boutiques. Tiene 101 cuartos, más 21 suites y 33 junior suites. Sus baños son de mármol italiano. Los huéspedes de este hotel son gratamente recibidos: las damas, con un bouquet de flores: los caballeros, con una botella de vino.

En París el “Ritz” se ha puesto de moda, pero el “Plaza Athénée”, en la avenida Montaigne, sigue siendo el mejor y está entre los diez más lujosos y exclusivos del mundo. Tiene ocho pisos y una clientela sofisticada entre la que se contaba a la princesa Grace Kelly y Jacqueline Kennedy. Desde sus terrazas se tiene una vista magnífica de la Torre Eiffel. Y aunque está en el centro de París, su construcción permite que no llegue a los huéspedes el ruido de la gran ciudad. Tiene cuartos decorados al estilo Regency, otros a lo Luis 16, algunos en Art Deco, y también los hay en el más puro estilo francés. Siempre que los huéspedes llegan a su cuarto, encuentran una preciosa caja con los más deliciosos bombones.

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Escrito en: hotel, hoteles, huéspedes, estilo

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