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Cultura

Alberto Robledo: dialogar con el jazz interior

Estará en la segunda fecha del Ciclo de Jazz y Música del Mundo

SAÚL RODRÍGUEZ / EL SIGLO DE TORREÓN
TORREÓN, COAH, domingo 30 de junio 2019, actualizada 11:26 am

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Alberto Robledo Cervantes (West Covina, California, 1994) llega por la mañana a una cafetería en el centro de Torreón. Carga un estuche negro que resguarda su saxofón. Sonrisa a bordo, saluda al encargado. Toma asiento y bromea: "Ando dizque trabajando".

Pide un vaso con agua y un café late. En la espera comenta que el fin de semana anterior tocó una sesión de free jazz en ese mismo lugar.

Tras afirmar que existen muy pocas oportunidades artísticas en Torreón, hurga en su pubertad.

Narra que, una madrugada de 2008, vio actuar a Metallica tras el cristal de su televisor. Las estridencias de The day that never comes se adentraron en su oído, rodearon su cerebro y accionaron un punto en él. Aquella velada fue el inicio de una travesía sonora que no ha terminado.

Días después, consiguió una guitarra y comenzó a estudiar música. Autodidacta, como desde pequeño le ha indicado su voz interior, aprendió a leer partituras. Notas redondas, blancas, negras y corcheas le permitieron zarpar en una exploración personal.

"Ni yo mismo sabía qué era, pero había algo que quería conocer ahí".

Como un rest empleado por un compositor, hace una pausa en sus recuerdos. Toma su taza de café y adentra sus labios en la espesura del late. Crea un nuevo compás con cada sorbo. El tacto de la taza contra la mesa de madera da el aviso de otra pieza narrativa-musical. Reanuda.

"El jazz fue otra cosa similar a lo que me pasó con la música. Pensamos que el ocio es malo, pero ayuda a descubrir cosas; me ha permitido conocer todo lo que he encontrado. Al jazz lo descubrí así. Cuando estás de ocioso estás completamente abierto a recibir lo que pase".

DIÁLOGO

Su primera cita con el jazz resultó similar a su autodescubrimiento musical. El lugar del suceso no fue un restaurante ni un teatro ni un bar especializado en el género, sino el umbral del ocio al que tanto se refiere.

"Veía Film&Arts en el televisor y estaban pasando un concierto de Paquito D'Rivera. Y ahí me quedé, enganchado. Simplemente lo escuché y me cautivó".

El joven aclara que nadie es músico en su familia, así que no conoció ese lenguaje por imitación. Piensa que tiene qué ver más con un instinto enraizado en una memoria generacional, tal vez antepasados de los que desconoce su historia.

Sin dejar de ejecutar su narrativa irónica, cuenta que su relación con el saxofón también se ha tildado surrealista.

Recuerda que, en su época de estudiante, pidió de regalo a uno de sus tíos el pago de un viaje universitario. Su familiar le preguntó que si realmente quería eso o un saxofón. Robledo optó por lo segundo.

"Yo no le había comentado que me había interesado el jazz, simplemente lo hizo y claro que le dije que sí".

Alberto tomó el instrumento y comenzó a recorrerlo de punta a punta. Todo fue por instinto. Primero intentó dialogar con él, pero el resultado fue un sonido malo, inarmónico e inexpresivo. Había que comprenderlo y conocer implica tiempo, espacio y dedicación.

"Empezó a haber una conexión muy personal con el instrumento. Fue ponerlo ahí, verlo, decir: '¿Tú qué? ¿Cómo tienes que sonar?'. Entonces el saxofón casi me preguntaba lo mismo: '¿Tú cómo tienes que sonar?'. Un diálogo bien loco. Sí es un objeto inanimado y lo que quieras, pero es una extensión de mí. Lo que suena a través del saxofón no es el saxofón, soy yo".

Robledo describe su amistad con el instrumento, al que ve como un camarada que lo acompaña y del que percibe su vibración.

Explica que la música es algo natural y que el instrumento sólo es un vehículo que le da color. Que únicamente existen 12 notas en el mundo (siete tonos y cinco semitonos), de cuya retórica depende el arte de Orfeo. El lenguaje de la creación, hacia donde sea llevado, siempre se repite y el autor debe ser sensible a las combinaciones.

Cita a Miles Davis. "Todos pueden tocar notas, pero él dice que sólo un porcentaje mínimo tiene actitud. Es decir, lo que tú le imprimes a esa nota. Y lo que le imprimes es tu vida, la forma en la que la has vivido, la has visto, la has interiorizado y la has buscado; improvisar".

VIAJE PERSONAL

En un pasaje de la novela Las lágrimas, del escritor francés Pascal Quignard, se cuenta la historia de un monje que se perdió en el bosque tras escuchar el canto de un pájaro. El devoto regresó a su monasterio y nadie lo reconoció, pues habían pasado 300 años. La frase de Quignard dicta: Cuando uno escucha un canto, el cuerpo no está sometido al tiempo que pasa.

En el caso de Robledo, el canto de su saxofón le instó a irse de Torreón.

A principios de 2017, decidió renunciar a su empleo como periodista y dejó la ciudad para convertirse en músico profesional. No estudió en ningún conservatorio, su academia fue la calle; sus maestros, músicos que disfrutaban tocar en ella.

"Yo aquí no pude ser músico, me tuve que ir a descubrir lo que hay afuera, lo que hay en la vida para plasmarlo. Fue conocer personas, conocerme a mí, verme en el espejo y saber quién soy".

Primero llegó a Puebla, menciona, siendo nadie. Sin un plan, tuvo que improvisar como jazzista. Después vago en Ciudad de México y San Miguel de Allende, para volver temporalmente a Torreón, convertido en un músico que no teme.

"La palabra miedo no debería existir, porque eso nomas es una cosquilla. El miedo no es muy diferente a sentir amor. Es un instinto que dice que debo hacer algo, no que tengo que privarme de hacerlo".

Actualmente, Robledo participa como saxofonista en el Ensamble de Jazz Pablo C. Moreno, que abrirá el concierto de King Edi K el próximo 11 de julio en el Teatro Isauro Martínez, en marco del primer Ciclo de Jazz y Música del Mundo.

"La música es entregarse. Toco mis experiencias".

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