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Gómez Palacio y Lerdo

Crónica lerdense

Villa Nazareno, Primera Parte

José Jesús Vargas Garza
domingo 07 de abril 2019, actualizada 12:11 pm


Antiguamente en los inhóspitos apastados de la sierra y cerros fueron lugares donde nacieron los pueblos de Nazareno y Picardías. Mismos sitios fueron habitados por los indígenas naturales en las cuevillas que existían en los variados cañones de la sierra de España, conocida como Jiménez o a la de Jimulco. Éstos disfrutaban las aguas cristalinas en las orillas del Aguanaval que rodaban en su viaje a depositarse a la laguna de Viesca. Fue el padre Juan Agustín de Espinoza, quien era acompañado por un grupo de familias indígenas de los zacatecos ya domesticados denominadas, fundando con ellos el 6 de mayo de 1598, la segunda Misión lagunera llamada San Juan de Casta. Los zacatecos ya habían sido bautizados por los franciscanos en 1596, los que llegaron a merodear por un gran territorio que comprendía casi todo el actual estado de Zacatecas. El sacerdote jesuita hizo relatos referentes a ellos; ubicándolos en una porción del territorio lagunero mucho más extenso, abarcando lo que hoy son las riberas de los ríos Nazas y Aguanaval. Los documentos escritos por los religiosos afirman que ya en 1601 había cuatro lugares poblados por zacatecos: Uno en la entrada del río Nazas ¿boca de Calabazas? con 400 o más personas en el Municipio de Lerdo. El otro, en un lugar llamado Santa Ana, estaban como 300.

El 20 de agosto de 1731 Adriano González Valdez Cienfuegos, reguló las medidas de las tierras ante el denuncio que de ellas había hecho el colonizador de origen español Joseph Vázquez Borrego, correspondientes a lo que hoy forma el municipio de Lerdo. A estas tierras realengas y mercedadas, se les dio el nombre de San Juan de Casta, que representaron 77 sitios y ¾ de ganado mayor que resultaron en jurisdicción de Cuencamé; comprendidas entre la ribera del Río Aguanaval, Boca de Jimulco, Llanos de Ledesma, Boca de San Diego, San Juan de Casta, Río Nazas y terminaban en el desierto llamado Bolsón de Mapimí. El valle de Jesús Nazareno y Picardías, nació de acuerdo con el testimonio documental signado en la letra B. veinte sitios de ganado mayor por todo el río Aguanaval, que sale por la boca de Picardías hasta llegar al puerto que está abajo del Jaral, lindero del señor Márquez de San Miguel de Aguayo, dándole de largo al dicho río, que es el que sale por Saín, diez leguas y de ancho dos, una de cada banda.

Ya desde ese año 1731, existía la emigración del real de Cuencamé hacía Ximulco, pues en el siglo XVII ya tenía una población de casi 100 familias dedicadas exclusivamente a la minería. Cuando se midió la parte occidental de la ribera del Aguanaval por Adriano González para adjudicarlo a Joseph Vázquez Borrego, los vecinos Ximulquenses, hicieron airados reclamos en el sentido de tener derecho a dos leguas y media por cada viento, por razón de ser mineral; encabezando al grupo reclamante Juan de Campo y Simón Rojo Coronel.

Vázquez Borrego traspasó los derechos el 22 de enero de 1732, a Fernando de Mier y Campa recién ejecutadas las mediciones. Al tener los terrenos en su poder Mier y Campa en abril de 1739, habiéndose hecho postura a todos los 77 sitios y ¾ a razón de cinco pesos por cada sitio de ganado mayor; pero en la puja, varias veces recombino el Señor Juez y el Abogado fiscal para que se esforzase más su postura por ser sumamente ínfima y no correspondiente a la calidad de las tierras, era muy corta, de lo contrario suspendería la Almoneda. A este efecto, mejoró en cinco pesos más, o sea a $ 10.00 cada sitio. En ese remate Mier pagó a la Real Hacienda de la Corona Española, 777 pesos y cuatro reales por 77 sitios y tres cuartos de ganado mayor, cada sitio representaba el de 1,755.6 hectáreas. Fernando de Mier y Campa.

La medición de los terrenos no fue nada fácil, por lo embarazoso del terreno, ya que se carecía de veredas y caminos. Al mismo tiempo la presión de que eran objeto los pequeños contingentes de medidores, ejercida por la presencia de indios no sometidos. El contingente que midió el valle citado estaba formado por los representantes del gobierno, los interesados y 17 hombres con pertrecho. De esos veinte sitios que le correspondieron a lo que fue el valle de Nazareno y Picardías, pagó 200 pesos, de ahí tenemos que compró 35,112 hectáreas que le costaron algo así como un poco más de medio centavo la hectárea. No había pasado ni ocho meses de la adquisición cuando el señor Mier falleció, dejando instrucciones a su hermano en el sentido que lo comprado pertenecía a Joseph Vázquez Borrego, en virtud de que los había costeado con su dinero desde la primera diligencia, hasta la última de la consecución de los Reales Títulos.

Fray Juan Agustín de Morfi, nos describe la aventura en la travesía del Real de la hacienda de San Juan de Casta, plasmando en su libro que le llamó "Diario y Derrotero, 1777-1781", elemento importante donde pormenoriza su peregrinar de esta hacienda a los terrenos de Nazareno y Picardías. El Padre Juan Agustín relata que el día 10 de noviembre salió de esta hacienda, a las siete y 45, dirigiéndose por el camino al oriente, con inclinación al sur. Pasó el río (Nazas) como a una legua, en dos brazos, uno que va al norte y otro al poniente, la caravana que encabezaba tomaron el rumbo al sur hasta arrimarse a la sierra, (tal vez se encontraron con el rancho de San Juan de Avilés) a cuya falda recorrió como una legua y luego entraron en un cañón que llaman de Flores. Luego siguieron como una legua, (más de 5 kilómetros) era pizarra colorada, blanda y grandes indicios de mineral. (Cañón de Avilés).

Continuando casi al sur por unas lomerías y observaron dos venados; bajaron inclinando al poniente y dejando a la derecha la sierra de Aguanaval y siguieron por un hermoso llano hasta las once y media que pararon al pie de una loma a comer, dejando andadas como siete leguas. En el cañón había también pizarra negra, en capas perpendiculares, y alguna piedra blanca veteada de encarnado y otra parecida perfectamente al metal de avinito. Había muchos magueyes y la tierra de gran migajón en el llano, especialmente donde pararon a comer, sitio que es ciénega o laguna, aunque seca. A poco trecho pasaron los cerritos y entraron en un llano que continúa desde el cañón de Flores hasta la boca de los Álamos. Después salieron a la una y a una legua pasaron el río de Aguanaval, seco, por un cerro de peñascos que era una especie de jaspe color de plomo, veteado de encarnado.

Siguieron el llano dejando a la derecha unas sierras cortadas horizontalmente, semejantes a otras de enfrente, que distaban entre sí una legua donde hallaron muchos cenzontles. El llano es de toda la pernada y la madre del río era grande y sus riberas tendrán cinco varas de profundidad. Continuaron su recorrido por los cerros cortados hasta un peñasco donde se pega tanto el río al cerro, que hace muy difícil el camino. Este peñasco, era de la misma especie que el de al pasar el río. La caravana llegó a las cuatro y media a la boca y se pasaron, la tropa y el capitán los alcanzo, fueron catorce leguas del recorrido, el cañón estaba norte-sur. En noviembre 11 salieron hacia las sierras y continuaron hasta los Hornos.

Por esta tierra lagunera pasa una gran parte del río con el nombre de Aguanaval por donde corre poca agua, con avenidas escasas; pero grandes. Este nombre ha sido utilizado como referencia geográfica y política a través de los años; la real cédula la convirtió la línea divisoria entre el Virreinato y las Provincias Internas el 31 de mayo de 1755 y en el cual se tomó como referencia importante el puerto de Picardías, el cual cruza la Sierra de Jiménez, hasta unos 12 kilómetros al este. Comúnmente a esa sierra se le conoce como España y, cruza al mencionado puerto de noroeste a sureste internándose en los municipios de Torreón y Viesca, siendo estos puntos los límites del Municipio de Lerdo, y por consecuencia entre dos Estados, Durango y Coahuila.

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La imagen antigua nos muestra las sierras de España, Las Noas, de Jimulco y la Boca de Picardías, entrada del Río Aguanaval al valle de Nazareno.-

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